La torpeza de Rajoy
Cuando el análisis del fútbol se convierte en el altavoz del prejuicio identitario y el nacionalismo excluyente
No deja de sorprender cómo, de tanto en tanto, la crónica de actualidad nos devuelve a un marco mental que creíamos, si no superado, al menos arrinconado por la pura evidencia de la realidad. El último ejemplo lo ha protagonizado el expresidente Mariano Rajoy en una de sus columnas para el diario El Debate. Al analizar los compases del torneo de fútbol de cara al cruce de semifinales, dejó caer una frase que no es una simple anécdota de café ni un chascarrillo futbolero: la selección de Francia tiene «una plantilla de altísimo nivel; eso sí, sin franceses».
Es una torpeza de hondo calado que trasciende el análisis deportivo y que ha desatado, de manera plenamente justificada, un conflicto político e institucional de dimensiones internacionales.
La respuesta desde el país vecino no se ha hecho esperar, y con justa firmeza. Desde el ámbito gubernamental francés, las palabras de Rajoy han sido calificadas como «absolutamente inaceptables», lamentando que este tipo de discursos no hagan sino alimentar los ataques y el odio racista contra los deportistas. Por su parte, la Embajada de Francia en España ha tenido que salir a recordar de manera pedagógica y tajante lo obvio: «Todos los jugadores de la selección francesa son franceses. De los 26 jugadores, 23 nacieron en Francia. Los 3 que nacieron en el exterior son franceses también». E incluso desde el plano de la política civil gala, líderes como Olivier Faure han recordado una lección de derecho fundamental: «Francia no es una nación étnica. Es una nación política unida en torno al lema de la República».
Esta desmesurada salida de tono ha destapado una serie de cuestiones muy preocupantes que exigen una profunda reflexión colectiva:
La asimilación del discurso ultra: Lo verdaderamente alarmante no es que la extrema derecha agite estos fantasmas identitarios; lo grave es ver cómo un expresidente del Gobierno, teórico referente de una derecha moderada e institucional, asume con total naturalidad esas tesis xenófobas que vinculan la nacionalidad al color de la piel o al origen de sus apellidos. Es la muestra de cómo se banaliza un discurso excluyente en medios de comunicación de masas.
El concepto ciego de ciudadanía: Se pone de manifiesto una alarmante ceguera civil. Quienes componen el equipo francés son ciudadanos nacidos, escolarizados y criados bajo las leyes de su país. Negarles la identidad francesa es despojar el concepto de ciudadanía moderna de su carácter legal y universal para devolverlo a un tribalismo rancio.
El racismo estructural latente: La polémica demuestra que el racismo no es un asunto del pasado. Como bien señalaban voces críticas al hilo de la polémica, resurgen las mismas obsesiones racistas cada vez que estos jóvenes saltan al campo. El fútbol actúa aquí como el espejo que destapa las costuras de una sociedad que aún mira con sospecha al diferente.
Pero como creyentes, y desde la sensibilidad que intentamos cultivar como transmisores digitales, esta declaración duele por algo más profundo. Es una flagrante torpeza evangélica. Nos habla de una mirada estrecha, incapaz de ver en la diversidad una riqueza y una bendición. El recordado papa Francisco nos insistía una y otra vez —con un eco magisterial que hoy sigue plenamente vivo— en la teología del encuentro, en la cultura de la hospitalidad y en la certeza de que el futuro será fraterno o no será. Cuando un líder de opinión reduce la pertenencia de una persona a su árbol genealógico, está levantando muros invisibles y alimentando ese nacionalismo excluyente que la Doctrina Social de la Iglesia ha denunciado históricamente como un auténtico veneno para la convivencia. Un testigo evangélico que la Iglesia actual tiene la obligación de seguir defendiendo frente al avance de la intolerancia.
Incluso el propio presidente Pedro Sánchez ha tenido que intervenir públicamente para afear que se mida la pertenencia a una nación bajo baremos xenófobos, recordando que un país se construye por el arraigo y la voluntad de contribuir a él.
La selección francesa —como tantas otras realidades cotidianas en nuestros barrios y escuelas— es el reflejo de la Europa real: un continente mestizo y complejo que avanza gracias a las aportaciones de todos. Ojalá aprendamos a mirar el mundo no con las gafas de la exclusión y la sospecha, sino con los ojos del Evangelio, que no entiende de pasaportes ni de tonos de piel, sino de dignidad humana. La verdadera torpeza no es meter un gol en propia puerta; la verdadera torpeza es negarle al prójimo el derecho a compartir nuestra misma mesa. O nuestro mismo equipo.
