La trampa de acostumbrarse al miedo: la ética del Evangelio frente a la «guerra sin fronteras»
El olvido de las Bienaventuranzas y de los grandes maestros de la paz frente al rearme de los bloques
Las recientes intervenciones del secretario general de la OTAN, Mark Rutte —durante su discurso en Alemania al recibir el Premio de la Paz de Westfalia y en sus encuentros con líderes continentales—, han puesto sobre la mesa una advertencia incómoda pero contundente: «Europa no vive en paz hoy».
En las últimas horas, la retórica diplomática ha dejado paso a una radiografía detallada de los incidentes que sacuden al continente. Rutte denunció una escalada ininterrumpida de acciones en la denominada «zona gris»: desde ciberataques e incendios provocados hasta sabotajes e incursiones de drones en el espacio aéreo del flanco oriental, llegando a señalar episodios críticos como el intento de ataque con drones explosivos contra aviones de carga en el aeropuerto de Leipzig.
A esta ya de por sí frágil coyuntura se le suma el incremento de la presión retórica desde Moscú. En una nota formal enviada al gabinete de Rutte y ratificada por su red diplomática, las autoridades rusas advirtieron de que cualquier intento de aislamiento o bloqueo sobre el enclave estratégico de Kaliningrado entrañaría un «alto riesgo de derivar en un conflicto armado directo», amenazando explícitamente con emplear «todo su arsenal, incluidas armas nucleares» y con golpear los centros de toma de decisiones de los países aliados si se interrumpe el acceso a dicho territorio.
Aunque la Alianza sostiene que no prevé un ataque militar convencional inminente y que la disuasión se mantiene firme, el mensaje de fondo es perturbador: la confrontación ya no se mide únicamente en la línea de frente, sino en la inquietud cotidiana de las ciudades europeas y en el chantaje atómico permanente.
Los peligros reales de una geopolítica en «zona gris»
Desde un análisis profundamente humanizado y ético, la proliferación de esta guerra híbrida y la escalada de ultimátums entrañan peligros que van mucho más allá de los mapas militares:
La anestesia moral de la población: Acostumbrar a la ciudadanía a vivir entre alertas “ciberseguras”, sabotajes a infraestructuras y amenazas nucleares veladas genera un desgaste psicológico profundo. El peligro no es solo la amenaza que se materializa, sino la pérdida paulatina de la esperanza en la convivencia pacífica.
El secuestro del gasto público: La respuesta inmediata de los bloques políticos ante la vulnerabilidad es el incremento sistemático de los presupuestos de defensa. Cada recurso derivado hacia la disuasión militar es una partida que se resta a la sanidad, la educación, la vivienda o la atención a los más vulnerables.
La deshumanización del «adversario»: En este juego geopolítico de provocación y respuesta, el ser humano desaparece tras los análisis de inteligencia. Se mide la resistencia de los estados y la capacidad de los arsenales, pero se ignora el impacto real sobre las vidas concretas.
El olvido de la profecía: cuando la paz se reduce a la fuerza
En este escenario de cálculo frío, parece que la historia reciente y la memoria ética de la humanidad han sido acorraladas. Hemos barrido del mapa el legado transformador de figuras como Mahatma Gandhi o Martin Luther King, relegando la noviolencia activa a la categoría de utopía ingenua o debilidad estratégica. Preferimos la seguridad basada en la capacidad de destrucción mutua antes que el riesgo profético del diálogo y la resistencia pacífica.
Más aún, en un mundo fascinado por el poder, pero paralizado por el miedo a la represalia nuclear, hemos olvidado la bienaventuranza de los mansos: «Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra». La mansedumbre evangélica nunca fue cobardía ni sumisión, sino la fuerza moral capaz de romper la espiral del odio sin recurrir a sus mismas armas. Al desterrar esta sabiduría colectiva, hemos aceptado que la única forma válida de estar en el mundo es infundir más miedo que el rival.
La trampa de la «calma instrumental»
Rutte ha instado a la ciudadanía a «mantener la calma» y evitar respuestas impulsivas. Sin embargo, cabe preguntarse: ¿qué tipo de calma se le exige o se le puede pedir hoy a la sociedad?
Si la calma significa resignación, sometimiento a la lógica de la disuasión eterna y aceptación de que la paz es únicamente la ausencia momentánea de misiles convencionales, nos encontramos ante una paz falsa. La Pacem in Terris de Juan XXIII y la encíclica Fratelli Tutti de Francisco recuerdan que la paz verdadera no se sostiene sobre el equilibrio del terror ni sobre el dominio tecnológico sobre el enemigo, sino sobre la justicia social, la verdad y el desarme de los corazones.
Un llamamiento a la conciencia colectiva
Testear la geopolítica mundial como si fuera un tablero inerte implica un riesgo inmenso: cualquier error de cálculo en la «zona gris» o en el estrecho margen de Kaliningrado puede desencadenar una tragedia incontrolable. Frente a la dialéctica de bloques, se hace indispensable rescatar una postura centrada en la dignidad humana:
Frente a la confrontación de bloques, urge adoptar un compromiso firme con la dignidad humana que sitúe a la persona en el centro —impidiendo que la disuasión militar o los intereses geopolíticos conviertan a los pueblos en rehenes del terror atómico—, que rechace de lleno la normalización de la agresión para no asumir los ciberataques, sabotajes o chantajes nucleares como dinámicas inevitables de nuestro tiempo, y que apueste por la diplomacia y la audacia noviolenta, combinando el auxilio indispensable a las víctimas con la búsqueda incansable de vías que eviten la quiebra de la paz global.
El verdadero reto de nuestra época no consiste únicamente en blindar las fronteras con más tecnología y mayor presupuesto militar, sino en impedir que la lógica de la guerra termine conquistando del todo nuestra conciencia colectiva.