Venezuela, Maduro, Trump, Derecho internacional, Guerra, Paz, Economía, Poder
LA TRAMPA DEL “BUENO” Y EL “MALO”
Venezuela, Maduro, Trump, Derecho internacional, Guerra, Paz, Economía, Poder
Hay una frase de Friedrich Hölderlin que debería estar grabada en el despacho de cada mandatario: "Lo que ha hecho siempre del Estado un infierno sobre la tierra ha sido precisamente que el hombre ha intentado hacer de él su cielo" (Hiperión, o el eremita en Grecia). Es una bofetada de realidad que nos recuerda que, cuando la política se viste de redención absoluta, lo que suele asomar por debajo es el abismo.
Hoy vemos este fenómeno encarnado en dos figuras que, aunque parezcan polos opuestos, beben de la misma fuente de intolerancia: Nicolás Maduro y Donald Trump. Seamos claros: aquí no hay una batalla entre el "bueno" y el "malo". Esa es una trampa para quienes prefieren la propaganda a la reflexión. Lo que tenemos son dos formas de entender el poder que han terminado por asfixiar a sus pueblos. Ambos han demostrado que, cuando un gobernante decide que el disenso es traición y que los Derechos Humanos son un estorbo para sus planes, el resultado es siempre el mismo: el desastre.
En Venezuela, el supuesto "paraíso" de justicia social de Maduro ha degenerado en una tragedia humanitaria que ha expulsado a millones de sus hogares. En Estados Unidos, el "paraíso" nostálgico de Trump ha socavado la verdad y ha dinamitado la convivencia civil. Ambos han roto el juguete de la democracia desde dentro, olvidando que la ética no es un accesorio, sino el motor de cualquier sociedad sana. Sin embargo, hay que poner el foco en la escala del daño. El caso de Trump supone un desagravio a nivel mundial que no podemos ignorar. No es solo la polarización que ha suscitado en su país, sino las consecuencias peligrosas de sus políticas a escala global. Cuando el líder de la potencia más influyente del mundo desprecia el Derecho Internacional y actúa sin ética, el mensaje que envía es letal: el fin justifica los medios. Esa onda expansiva de desprecio por el orden establecido y por los pueblos que lo conforman ha envalentonado a tiranos y ha debilitado la paz global de una forma que tardaremos décadas en reparar.
Al final, tanto Maduro como Trump nos enseñan que la política sin límites se convierte en una secta donde solo ganan los beneficiados directos del régimen. Para el resto de los ciudadanos, lo que queda es el infierno de vivir en un Estado, en un mundo que ya no nos protege, sino que nos utiliza. La democracia se rompe cuando el "cielo" prometido por un líder se convierte en la excusa perfecta para pisotear la dignidad del otro. Y en esa falta de ética, lamentablemente, ambos son maestros. Ahora bien, una vez que hemos procurado no satanizar a uno y santificar al otro, debemos saber dos cosas. Qué me perdonen los que se alegraron de la caída de Maduro, pero la primera es que al mandatario norteamericano “le importa un pimiento” el sufrimiento del pueblo venezolano. No es un libertador sino un oportunista sin escrúpulos. La segunda, de trascendencia mayor, es que existe una diferencia de escala que no podemos ignorar: mientras que el drama de Maduro asfixia al pueblo venezolano —pueblo al que guardo un profundo afecto tras mis seis años allá como misionero—, el fenómeno Trump acarrea un peligro de dimensiones globales: la capacidad inequívoca de arrastrarnos a todos hacia una Tercera Guerra Mundial. Como dicen en mi tierra, “Casi ná".
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