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Cuando el yugo se vuelve abrazo

De la paradoja de una fe que fatiga al secreto de caminar ligeros

Lo que se encuentra tras las nubes (Martina) | Jesús Lozano Periñán

A raíz de lo que comentábamos ayer sobre ese cansancio silencioso que a veces nos asalta en nuestras comunidades —ese peso invisible de intentar ser cristianos perfectos según los manuales—, me he quedado dando vueltas a una pregunta que me quemaba por dentro. Si nos atrevemos a confesar que estamos agotados, si decidimos soltar las imágenes asfixiantes de un Dios contable y las normas que nos ahogan la libertad, ¿hacia dónde caminamos? ¿Qué viene después de desnudarse el alma y admitir que ya no podemos más?

Da vértigo. Cuando uno decide bajarse del maratón del rendimiento espiritual y dejar de acumular rezos y tareas pastorales como quien llena un carrito de la compra, se siente de repente a la intemperie. En ese momento surge un temor muy real: ¿no corremos el riesgo de aislarnos? Es facilísimo caer en la tentación de decir: «Yo con Dios me entiendo a solas en mi habitación o mirando el mar, lejos del ruido de las instituciones y de los grupos». Es cómodo fabricarse una espiritualidad "a la carta", un Dios a la medida de nuestros días buenos.

Pero la fe no se puede conjugar en solitario. El ser humano está hecho para el encuentro y, en el fondo de nuestro corazón, todos seguimos buscando un hogar, un lugar donde pertenecer. El reto no es huir de los demás, sino cambiar por completo el modo en que nos miramos en la Iglesia.

Pasar del tribunal al hospital de campaña

El gran error que nos ha fatigado durante años es haber convertido muchas de nuestras comunidades en una especie de pasarela de perfección. Entramos al templo o a la reunión con una armadura invisible: hay que demostrar que todo va bien, que nuestra doctrina es impecable y que nuestro compromiso es intachable. Es una máscara insoportable que nos termina quebrando.

Necesitamos, con urgencia, pasar de la "comunidad de los perfectos" a la "comunidad de los heridos". Una comunidad auténtica no es un club de aprobados, sino un hospital de campaña donde la gente se reconoce por sus cicatrices. El verdadero milagro de la fe compartida ocurre cuando puedes sentarte al lado de tu hermano, mirarle a los ojos en mitad de la semana y decirle en voz baja: «Hoy no puedo con mi vida, hoy dudo, hoy me duele el alma». Y encontrar en su respuesta una mesa de acogida, un café caliente y un abrazo, nunca un examen moral o un reproche. La fe alivia cuando compartimos el barro, no cuando competimos por las medallas.

Estructuras que abran puertas, no puestos de control

Para que esto sea posible, también tenemos que mirar de frente a nuestras instituciones y estructuras. Es innegable que la burocracia eclesial y la obsesión por las normas a menudo le cobran un peaje asfixiante a la promesa de descanso de Jesús. A veces, nuestras instituciones y comunidades funcionan más como puestos de control espiritual encargados de revisar los visados de "buen cristiano" que como oasis en mitad del desierto.

¿Cómo reformar estas estructuras sin perder el rumbo? Volviendo al corazón del Evangelio: poniendo siempre a la persona en el centro, por encima de la organización. Jesús fue clarísimo: «El sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado». Es verdad que el Evangelio entraña una tensión radical y que seguir a Jesús a veces sacude nuestros lazos más íntimos; el mismo Maestro advirtió que su mensaje traería divisiones inevitables en el seno de los hogares. Pero una cosa es la intemperie profética del Evangelio y otra muy distinta la neurosis activista o el mesianismo de quien se cree una suerte de Juana de Arco espiritual, arrasando fanáticamente con sus seres queridos y allegados bajo la bandera de una supuesta iluminación personal. No se trata de buscar una paz barata a costa de camuflar el seguimiento, pero tampoco de alimentar el ego espiritual a través de una exigencia pastoral ciega que destruye la convivencia familiar o el núcleo de amistad. Las instituciones de la Iglesia deben dejar de ser fábricas de ritos y eventos para convertirse en protectoras del silencio, de la escucha y de la sanación. El valor de una comunidad o institución pastoral no debería medirse por cuántas actividades organiza en su agenda y cuántos seguidores o participantes tiene, sino por cuánta paz encuentran en ella las personas (muchas o pocas, esto da igual) que sienten la llamada, muchas de ellas rotas por la vida.

El secreto de la madera compartida

Al final, todo se reduce a entender bien aquellas palabras del Maestro que nos sabemos de memoria: «Llevad mi yugo sobre vosotros... porque mi yugo es suave y mi carga ligera». A nosotros la palabra "yugo" nos suena a castigo, pero en los campos de Galilea el yugo nunca era individual. Era una pieza de madera diseñada para unir a dos bueyes. Cuando un animal estaba cansado, débil o herido, el labrador lo unía al buey más fuerte para que este arrastrara casi todo el peso. El más débil solo tenía que aprender a caminar al mismo compás, sintiendo el roce de la madera, pero sin dejarse la vida en el intento.

Ese es el tierno secreto de la fe. Jesús no te está tirando una carga sobre la espalda para que la lleves tú solo a base de fuerza de voluntad. Te está diciendo: «Mete tu cuello aquí, a mi lado. Camina a mi ritmo, déjate llevar, que del peso grande ya me encargo yo».

No tengas miedo si tus viejas certezas se tambalean o si sientes que caminas a la intemperie. Es ahí, en la verdad de nuestra vulnerabilidad, donde el Dios real —y no el muñeco de escayola que a veces nos han vendido— sale a nuestro encuentro para sanarnos. Busca lugares que huelan a hogar y gente descalza que sepa abrazar tu contradicción. Y cuando sientas que la mochila de la vida vuelve a pesarte demasiado, respira hondo y recuerda que en el otro lado de la madera hay Alguien que camina contigo, sosteniéndote el paso. Pasa, siéntate. Descansa. No tienes nada que demostrar.

Un mensaje para el corazón

Para profundizar en este descanso del alma, nos hace bien recordar unos versos del obispo y poeta de la liberación, Pedro Casaldáliga. Él entendió mejor que nadie que el Dios de Jesús no lleva un libro contable de méritos, sino un registro de rostros amados. Escribió:

«Al final del camino me dirán:

—¿Has vivido? ¿Has amado?

Y yo, sin decir nada,

abriré el corazón lleno de nombres».

El Evangelio nunca fue una aduana de requisitos cumplidos ni una maratón para ver quién es más santo o eficiente de cara a la galería. Al final del día, lo único que se nos pedirá es cuánto amor dejamos pasar a través de nuestras propias grietas. Que tu mayor alivio hoy sea ese: saber que tu corazón, con todo su barro, sus dudas y sus nombres queridos, ya está completamente a salvo en las manos de Dios.

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