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Barbaridades decorosas si son religiosas.

Humanismo sin credos
27 nov 2018 - 01:53

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Leí en algún sitio que si Jesús hubiera sido declarado culpable en EE.UU. por los mismos delitos que cometió contra las leyes romanas, lo habrían condenado a la silla eléctrica, en cuyo caso los cristianos llevarían colgada del cuello no una cruz, como ahora, sino una silla eléctrica. Y en otros lugares una guillotina o una horca.

Colgantes raros se ven pero ¿una silla eléctrica? La cruz es de lo más natural. A fuerza de oír, ver, venerar, adorar, contemplar y reproducir cruces a diestro y siniestro, no caemos en la cuenta de lo terrible que fue tal tormento y de las concomitancias que tal castigo tenía en aquellos tiempos. Mucho más que hoy la silla eléctrica o la guillotina. Que sepamos, ninguna otra religión tiene como fetiche primordial un instrumento de tortura. Y menos que sea venerado.

Resulta paradójico y hasta sadomasoquista, para quien caiga en la cuenta de ello, que un instrumento de tortura sea el símbolo primero de los creyentes cristianos. Es lo que tiene, entre otras muchas contradicciones, la credulidad.

Pero, en fin, es lo que eligió el mismo Dios. Vayamos al porqué de tal sinrazón. Fue San Pablo el que propaló a los cuatro vientos el efecto redentor de la cruz esparciendo una doctrina que más que redentora es esencia refinada del sadomasoquismo.

Partiendo de un “hecho incuestionable”, el pecado de la humanidad, Dios se encarnó en el humano Jesús para un destino no tanto de predicador o profeta, sino en una víctima para salvar a la humanidad por medio de su tortura y ejecución. Eso es lo que dice Pablo de Tarso. Repelente doctrina que convierte a Dios en un monstruo, un dios sacado de los arcanos griegos, romanos, vikingos, aztecas, incas, sumerios, guanches... dioses que sólo eran propicios o calmaban su sed con la sangre.

Parece ser que, dado que todas las religiones circundantes practicaban los sacrificios humanos para aplacar a sus dioses, el dios de Israel no iba a ser menos, aunque en el A.T. sólo consta el frustrado sacrificio de Isaac. Y con la explícita condena de los sacrificios humanos en otras religiones, no tanto por humanismo cuanto por adorar a dioses falsos. San Pablo rescata esa antiquísima tradición, encarnando en Jesús la práctica de aplacar a Dios con sangre.

Un dios, además, impotente por no disponer de otros medios para salvar a la humanidad. Menuda forma de perdonar a los hombres por tal mísero pecado. Más parece que Dios no perdona, se venga. Y se venga lacerándose a sí mismo.

La muerte cruel de Jesús limpió a la humanidad del pecado primero y de los futuros. Ahí es nada. Pero a despecho de tal megalomanía y confirmando que la muerte de Jesús fue el medio necesario para ello, dice la Iglesia que es preciso bautizarse para limpiarse del primer pecado y confesarse para los demás.

Y desarrolla toda una teoría descabellada, teología de los sacramentos, afirmando que los mismos son la efectiva aplicación de la muerte de Cristo. Claro, algo tenía que poner la Iglesia de su propio peculio, no fuera a ser que los fieles creyentes se sintieran salvados “porque sí” y prescindieran de la Iglesia en forma de óbolos, donaciones y legados.

Dando por supuesto todo lo anterior, la realidad viene a poner las cosas en su sitio: ni los humanos se sienten pecadores en el vientre de su madre ni han dejado de pecar a troche y moche a lo largo de los siglos y a lo largo de la propia vida.

Incluso aquellos que han sido redimidos por el agua y por la penitencia sacramentales han vuelto a las andadas a la menor ocasión. La pregunta lógica es “dónde está la redención”, de qué ha servido y para qué seguir sosteniendo teorías tan peregrinas.

También por pura lógica uno inquiere una y otra vez por qué motivo se condena la conducta de Judas Iscariote y se castiga por los siglos de los siglos a los judíos, que apenas si tuvieron que ver en la muerte de Jesús, por más que ciertos Evangelios pregonen su culpabilidad. Respecto a Judas, bueno sería que se diera a conocer el apócrifo “Evangelio de Judas” para saber lo que determinadas comunidades cristianas pensaban de él en el siglo III o IV.

Y respecto a los judíos, en primer lugar si tal proceso y muerte se produjo, fueron los romanos quienes tenían la facultad de aplicar la ley y la muerte. Si tal proceso y muerte se produjo, fueron los romanos quienes tenían la facultad para ello. Otra cosa fue que interpolaciones o añadidos evangélicos los exoneraran de tal "crimen".

Eso en cuanto a los aspectos legales y exegéticos del asunto. Pero si de teologías se trata, ¿no fue Dios Padre el que decidió, por supremo amor de la humanidad, que su propio Hijo cargara con la culpa de todos para resarcirle del demérito recibido? ¿No caen en la cuenta los fieles creyentes de esta bochornosa contradicción?

Todo esto no queda en el mero pensamiento o en revolver doctrinas o en diatribas de foros digitales, que vendrán. Todo lo dicho se ha traducido a lo largo de la historia del cristianismo en hechos y conductas. Hechos deplorables que no viene al caso resumir aquí porque están en la memoria de todos. En el nombre de tales principios la humanidad se ha hartado de imposiciones, destrucciones, persecuciones, ejecuciones, despojos, malversaciones, engaños y mentiras, exacciones, etc. etc.

A la vista de lo visto, preciso hubiera sido una nueva salvación “de la salvación”.

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