¡Qué gran tontería la de Nietzsche al afirmar que Dios había muerto! No porque no tuviera razón, sino porque, a fin de cuentas, su rotunda afirmación era tan gratuita como cualquiera de los otros: argumenta en el mismo plano que los brujos y los sacerdotes cuando afirman que ellos conocen la voluntad y los deseos de Dios.
La educación, base del humanismo. Para el más elemental de los humanismos, es preciso que la persona haya adquirido una instrucción educativa algo más que básica. Sin ello resultará difícil hallar personas con criterio, con capacidad para juzgar e, incluso, suficiencia personal para desarrollar valores acordes con lo que la sociedad demanda.
Traemos anecdóticamente a este foro la fábula de Tomás de Iriarte que allá hace siglos nos leían en el Colegio. Quizá a alguno le resulte novedad editorial. Copio: “Los dos conejos”.
Preguntas finales de la anécdota que voy a referir: ¿de qué madera son algunas monjas? ¿Por qué criterios se rigen? ¿Cómo asimilan las gracias y desgracias ajenas? ¿Alguien que vive en este mundo puede entender los criterios “humanos” –si es que les queda alguno—con que miran la realidad? ¿Por qué se imponen en su mente los criterios sagrados?
Las historias que cuentan los Evangelios sobre Jesús y que, con San Pablo, trascienden a otro nivel doctrinal, tienen unos destinatarios muy concretos, aquellos que admiten la fe en un Dios que es Trinidad y que es Salvador.
Todos somos conscientes de los ardides de los políticos cuando las cosas les van mal dadas. En México sucede lo mismo. La Sra. Sheinbaum muestra trampantojos a sus ciudadanos para desviar la atención de su ineficacia como gobernante.
Muchos hacen la pregunta de si la religión ha sido beneficiosa para la humanidad o no. Aparte de que puede ser una pregunta capciosa, lo cierto es que no hay respuesta unívoca. Capciosa porque la religión es un “producto” humano más y no algo que viene de las esferas celestiales impregnando a los hombres de divinidad. Y la respuesta no puede ser unívoca porque la religión supone sociedad humana y corpus doctrinal a evangelizar.
Hace siglos, en mis primeros escarceos en Religión Digital, aporté mis TREINTA RAZONES para no creer. He vuelto sobre ellas y creo que podría añadir bastantes más, después de veinte años acudiendo a esta cita digital. Pues bien, a pesar de mi convicción, encuentro algunas objeciones a mis razones que me desazonan.
Preguntas sin respuesta. ¡Qué difícil es admitir lo poco que somos! Cuanto más sabemos, más humildes nos sentimos. Y conforme vamos cumpliendo años, más entendemos la finitud de todo y lo exigua o insignificante que es nuestra existencia.
Estaremos de acuerdo en que tanto para creer como para no creer existen motivos. Motivos que pueden ser de índole muy diversa: vitales (relacionados con el sustento personal o familiar), existenciales (que se refieren a la realización personal de cada uno), racionales, sentimentales, de afinidad social, incluso materiales...
Hago un recuento de festividades anuales dedicadas a la Virgen María. Aparte de las “vírgenes locales”, muchas y numerosas, la Iglesia celebra a lo largo del año estas veinte: Madre de Dios, Lourdes, Anunciación, Fátima, Mater Domini, Visitación, Madre de la Iglesia, Corazón de María, Virgen del Carmelo, Sta. Mª la Mayor, Asunción, María Reina, Natividad, Nombre de María, Virgen de los Dolores, Virgen del Rosario, Presentación, Inmaculada, Virgen de Loreto y Virgen de Guadalupe.
Hace más de sesenta años, un hombre, aún joven, criado en el catolicismo y viviendo en un entorno católico practicante, educado en colegio religioso, deseaba profundizar en su fe. Y, además, por aquel entonces, estaba de moda en los seglares.
Toda religión presupone dos, incluso tres elementos en mutua relación: el individuo, la comunidad y el referente universal, el Ser Supremo, llámese como se llame, Dios en la cultura occidental. En todas las civilizaciones y en todos los tiempos se ha dado este conglomerado asociativo. Dada su universalidad, parece que no puede haber sociedad si no existe religión.
Algo se nos quedó en el tintero ayer, es decir, en el conjunto de ideas que a uno le vienen a la cabeza cuando piensa en lo que hoy es o cómo se manifiesta la Iglesia española. Parecería a cualquiera, ajeno a la sociedad española, que la Iglesia es todavía una sociedad encastrada de tal manera en la sociedad civil que ésta no se entendería sin aquella. También lo pensamos nosotros. España no se entiende sin la Iglesia católica, pero no tanto por su presente “humano” cuanto por su pasado “glorioso” (y menos glorioso) y por su presencia pétrea, monasterios, catedrales, etc.
Es de suponer que dirán, como San Pablo cuando se dirigía epistolarmente a alguna de las iglesias en formación, “a confirmar la fe”. Pues quizá consiga frutos abundantes, aunque mucho nos tememos que, dado el ritual previsto, será similar a las visitas anteriores de JP2 y B16: boato, folklore, turismo de masas, donde refulgen con él las autoridades adyuvantes.