El imposible camino de los cuentos infantiles

¡Y mira que eran truculentos los cuentos de nuestra lejana infancia! Hoy todos son excesivamente edulcorados, de tal modo que las angustias infantiles nunca quedan canalizadas por relatos escalofriantes. Aquello de “Ana, hermana mía, ¿no ves a nadie?” en el de Barba Azul ponía los pelos de punta. ¿Y cuando el lobo se come a Caperucita Roja?También recordamos Los Siete Enanitos, El Sastrecillo Valiente con el cual nos identificábamos… Y Pinocho, excesivamente elaborado…

Junto a estos cuentos, aunque de otra manera, nos embebíamos con la saga del Niño Jesús que nacía como nacía y a poco de nacer tenía que huir para no ser degollado… Este relato –no decimos ni leyenda ni cuento—venía enriquecido con cantos de tema almibarado y en extremo pueril (impropiamente llamados villancicos), representaciones, belenes, pesebres, estampas, cuadros, libritos, retablos, bombillas… Toda una invasión de estímulos y sensaciones referidos a algo que para el niño entraba en la misma consideración de los otros cuentos.

El niño crece; algunos cuentos desaparecen pronto de su contexto emotivo e imaginativo; los detalles van desapareciendo de la memoria: pronto sabe el niño que ni Caperucita existió ni Blancanieves ni incluso los Reyes Magos, que son los padres... No sucede lo mismo con el relato del Nacimiento de un Niño Dios. Por la repetición “usque ad náuseam” nadie desconoce el modo como el niño fue concebido; el extraño viaje para nacer en Belén, a 146 km de la residencia familiar; el pesebre; el buey y la mula; los ángeles que bajan del cielo; los pastores que dormían al raso en una noche gélida de diciembre…

¿Por qué no se olvidan los detalles? Se da por supuesta la Anunciación, la Concepción virginal, el pesebre, la matanza de Inocentes, la huida a Egipto y todo el paquete navideño. Fácil es entenderlo: la mamá y en su defecto la abuela lo recuerdan todos los años; luego viene la catequesis; los curas del colegio se encargan de añadir más nutrientes y afianzar tales elementos con ritos; en las misas se hace referencia a tales “hechos” …

Y se llega a la madurez sin ni siquiera plantear si todo eso es verdad o mentira, si todo ese tinglado increíble sucedió o no sucedió, si el sentido común puede decir algo… Pues no. La razón no tiene cabida en algo que se nutre de otros condicionantes. Y encontramos personas instruidas que siguen y seguirán siendo católicas por y para creer tales fruslerías que nada tienen que ver con la vida real ni, incluso, tendrían que incidir en el fondo de la credulidad.

Quizá sea cierto lo que dicen algunos creyentes, que Dios ha insuflado la semilla de la fe en los corazones infantiles de los hombres para que ese corazón radiante admita cualquier cosa que acreciente la semilla plantada en la infancia. Como dijo el gran “teólogo” americano Mark Twain, “fe es creer lo que se sabe que no existe”.

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