Sobre la Semana Santa vivida con "pasión".

La TV2 aprovecha de vez en cuando cualquier “retal” para llenar espacio. Eso se vio en TV el viernes día 3 de abril. Una remembranza ritual de la Pasión consta de catorce pasos que reviven el “camino de la cruz” en latín. ¿Alguien pudo seguir la ceremonia de Viacrucis del Viernes Santo celebrado en Roma? Sí, alguien sí, aunque, casi con seguridad, una exigua minoría. Y precisamente a la hora de la cena.

Pasaron los festejos de Semana Santa, pero no pasaron las dudas que las cuatro narraciones de la Pasión plantean, que no son pocas. El cómo, el porqué, la realidad de la secuencia, los personajes anejos… todos plantean interrogantes, unos imposibles de responder, otros no creíbles y otros verdaderos, que para muchos son prueba de la existencia y realidad del personaje Jesús, que algunos historiadores “se atreven” a poner en duda porque no hay vestigio alguno de su paso por la Tierra.

Los cristianos, por supuesto, dan crédito histórico a los Evangelios, como “la vida de Jesús”. Pero ya es sintomático que ningún historiador les conceda solvencia alguna como textos fiables. Sin embargo, la mayoría deduce la existencia de “un tal Jesús”, precisamente por los relatos de la Pasión, con dudas fundadas y teorías varias sobre la veracidad de muchos pasajes.

La Semana Santa comenzó, según dicen, un 2 de abril del año 33, con la entrada de Jesús en Jerusalén, narrada de forma exagerada. Es seguro que si hubiera aglutinado una gran multitud, como narra Lucas (19, 35-38), los soldados romanos de la Torre Antonia la habrían disuelto, para precaver que la cosa no fuera a más. Los romanos ya tenían conocimiento del ambiente tenso, hostil y levantisco que se respiraba entre los judíos. Y más en las fechas en que se conmemoraba la salida de Egipto, la Pascua o Pesaj, que se celebraba en la primera luna llena después del equinoccio de primavera.

Jerusalén se llenaba de peregrinos, dicen que la ciudad llegaba en esas fechas a los 400.000. Lógicamente los romanos no las tenían todas consigo. En esas fechas el procurador de Judea, que habitaba en Cesarea, se trasladaba a Jerusalén y se reforzaba la guarnición.

Jesús acudió a Jerusalén, después de unos años de predicación por Galilea, Samaria, Caná, Perea, el lago de Genesaret y Judea; y también por Nazaret, Cafarnaúm, Betsaida, Corozaín, Betania… como leemos en los Evangelios. No era la primera vez que acudía al templo, como dicen los sinópticos. El evangelio de Juan cita varias más, antes de su última (Juan 11,55): Purificación (Juan 2,13), Tabernáculos (Juan, 7), Dedicación (Juan 10).

Destacan los evangelistas la última Pascua por las implicaciones previas a su pasión. En el tiempo anterior, Jesús se había mostrado como un regenerador de la vida espiritual del pueblo judío; se había mostrado prudente y no había hecho hincapié en su carácter mesiánico. Sin embargo, su entrada en Jerusalén montado en un burro, seguido de una pequeña tropa de discípulos, sí hace alusión a ese mesianismo profetizado por Zacarías (9,9) con otras referencias bíblicas: Gn 49,11; Jc 5, 10; 10, 4; 12, 14; I Ry 1, 5.38.

El otro incidente también influyó para exacerbar la ira de los sumos sacerdotes, el tirar las mesas de los vendedores y cambistas del templo, aunque todos dicen que es también un dato exagerado por los evangelistas: lo más probable es que chillara contra ellos y que incluso diera una patada a alguna mesa. Si hubiera sido más, seguro que los vigilantes le habrían detenido y expulsado o habrían intervenido los romanos. El negocio que suponía la Pascua no toleraba rigoristas como Jesús. Pero sí resulta un hecho significativo para los gerifaltes del Templo.

Hay otro dato muy presente en la mente de los sumos sacerdotes que aparece tras la “resurrección” de Lázaro (por cierto, si resucitó, no estaba muerto): la fama creciente que iba cobrando la figura de Jesús, que socavaba su autoridad. La religión judía se había convertido en algo ritualizado, superficial y vacío, algo opuesto totalmente a la predicación de Jesús, centrada en la conversión y el trato directo con Yahvé. Y lo tienen allí cerca, en Jerusalén. Era el momento de poder eliminarlo, acusándolo de revolucionario político, de agitador, incluso de blasfemo. Por cierto, la acusación de blasfemia era bien fácil de sancionar, sacarlo al exterior y lapidarlo, como hicieron más tarde con Esteban. No fue así porque Jesús era muy popular.

¿Y qué decir del juicio de Jesús ante las autoridades judías y ante Pilato? No hay por donde cogerlo, por la cantidad de irregularidades contrarias tanto a la propia ley judía, la Misná, como a la romana. Ante esto, los historiadores buscan otros motivos más rigurosos que justifiquen una crucifixión, muy claro en la inscripción de la cruz.

El motivo por el que fue crucificado queda especificado en el “títulus” de la cruz: “Jesus Nazarenus Rex Judeorum”, que responde a una de las causas por las que se condenaba a cualquiera a “mors aggravata” de cruz. Curiosamente, según los evangelios, de ello protestaron las autoridades judías. Proclamarse rey de los judíos era un atentado contra la autoridad de Roma, una “laesa maiestas”, punible con la cruz, como es de suponer que también fueron acusados los otros dos malhechores crucificados con él.  

Y respecto al doble juicio, el de las autoridades judías y el de Poncio Pilato, es bien clara la voluntad de los sumos sacerdotes de eliminar a este personaje tan contrario al status religioso en ese momento. Pero no encontraban causa suficiente para ello que respondiera a lo establecido por la Misná, por lo que no tuvieron más remedio que traspasar competencias a los romanos. Sin tanta parafernalia como aparece en los evangelios, éstos lo tuvieron claro: Jesús era un sedicioso contra el poder romano.

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