Recuerdos nostálgicos de la Semana Santa
Seguí parte de la celebración del Domingo de Ramos, bendición y procesión, celebrada en Roma por televisión. Impresionante parafernalia. Pero la audición corrió por las sendas del recuerdo propio: los cantos me inundaron de nostalgia. Suponían un zambullido en el acervo de mis remembranzas.
Luego me trasladé a la colegiata de San Isidro de Madrid, en otros tiempos catedral, a poner algo de esplendor a la música ritual. Ya no era lo mismo. Los ritos solemnes de otros tiempos habían prescrito, por más que las palabras del rito quisieran revivir el pasado.
Mi infancia y primera juventud se educaron entre los muros escolares del Colegio de los SS.CC. de Miranda de Ebro. Desde los 8 años fui miembro “preclaro” de la Escolanía. Quiero decir, con “preclaro”, que yo era el solista de la escolanía. Mis recuerdos son música, canciones todavía recordadas y alguna que otra foto, como aquella en que aparecíamos revestidos del hábito de los Sagrados Corazones. Recuento treinta y ocho cantores.
Su actividad principal eran las misas solemnes en las festividades consabidas del año litúrgico así como las propias de la congregación. La Semana Santa era especial, un hito en el año, cargada de simbolismo, de contenido dramático y realidad sacra. Como digo, eran otros tiempos, hoy sin repuesto y que sólo la memoria nostálgica resucita. Quizá en algún recoleto monasterio femenino los cantos sean los del Liber Usualis, incluso quizá los del rito mozárabe.
El acontecimiento con que la Semana Santa inicia su periplo es el Domingo de Ramos. En nuestra celebración de aquellos luengos años, la procesión tras la bendición de los ramos tenía una duración de más de media hora, tiempo suficiente para agotar los cantos gregorianos del Officium Majoris Hebdomadae.
Lo cierto es que la Semana Santa se vivía con hondura emocional, desprendía un halo de misterio, de pena inducida, de actos a realizar obligatoriamente y visitas que hacer, siempre relacionadas con el hecho que los ritos pregonaban: glorificación en Jerusalén, institución de la Eucaristía, prendimiento, juicio, condena y muerte del Salvador del mundo.
La televisión ha hecho presentes procesiones de lo más campanudo, hoy “de interés turístico”, que ya es tergiversación, concusión o confusión de lo que realmente eran y debieran ser. En algunos lugares, de hasta ocho mil euros semanales sólo por verlas pasar. Otro absurdo más que contraviene la verdadera celebración sacra, donde los fieles debieran integrarse y vivir lo que tales procesiones celebran.
Y antes de lo que es hoy la Semana Santa, el tiempo se detenía, quedaba fijado por el triduo de Jueves, Viernes y Sábado santos, especialmente en los pueblos, alejados del boato andaluz o castellano, y entre los escolares cuyo periplo de asistencia escolar quedaba cortado por las esperadas vacaciones primaverales.
Cualquier otro fasto civil quedaba a la espera de su específica resurrección: paraban los teatros, en los cines únicamente se proyectaban películas de contenido evangélico, la radio únicamente emitía motetes y polifonía sagrada. Y ahí estaba yo y ahí me sentía yo, hormiga cantora que ponía su grano musical para mayor boato de días tan excelsos. Quizá el momento más sobresaliente fuera la pasión del Viernes Santo, cantada por cronista y celebrante, éste en tono grave, en gregoriano y donde el pueblo, la escolanía, interpretaba la Pasión de Tomás Luis de Victoria.
¿Qué decir del Jueves Santo, con el anecdótico “lavatorio de los pies” y la procesión final al monumento con Pange lingua primero y Tantum ergo al final? Quizá su esencia la expresaba la escolanía con el canto Ubi cháritas et amor. ¿Y qué decir de la visita a los monumentos en la mañana del viernes? Todas las iglesias de la ciudad competían en suntuosidad y magnificencia, en luminarias y flores y los escolares acudían agrupados por cursos a arrodillarse ante ellos y rezar no recuerdo qué retahílas.
Y qué tétrico el comienzo del Sábado, en tinieblas, a media noche, donde el mejor cantor de la clerecía entonaba “Exultet iam angélica turba caelorum” y resonaban todas las campanillas del templo presuponiendo que el Salvador había resucitado. Es cierto que los escolares más que adolescentes echaban sus cuentas sobre aquel “al tercer día resucitó”, ya que apenas si había pasado un día y unas horas desde el final del Viernes Santo hasta primeras horas del Sábado.
Todo eso era algo esperado, sentido y vivido, algo que apenas hoy es recuerdo de unos y desconocimiento de la mayoría.