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Lo que estamos padeciendo por iguales en maldad

El pensamiento humanista no es un pensamiento de componendas y de medias verdades. Puede parecerlo por ese sentido de respeto a la persona, respeto que es cancela de entrada y atmósfera que envuelve el ámbito de actuación del pensamiento racional y humanista.

En estos últimos días estamos sufriendo en nuestras vidas olas y andanadas de odio que no son sino manifestación de una concepción de la vida radicalmente enfrentada a otra, aunque lo triste para dicha concepción vital sea ver cómo dicha filosofía la llevan a cabo personajes y personajillos que, humana, política y socialmente dejan mucho que desear.

¿Y qué implica tal pensamiento? En titulares y sin entrar en mayores consideraciones el occidente avanzado –en cultura, innovaciones, vitalidad, libertad, educación, progreso económico, ideas— hace suyos postulados como:

  1. La condena de la superstición, pues todas las creencias son pura superstición.
  2. La recusación de la intolerancia: histórica, sí, pero posible.
  3. La abolición de la censura: imperante hasta hace bien poco. Podrían pensar que tan condenables son sus ideas como cualquiera otra.
  4. El rechazo de la tiranía, de cualquier tipo, desde la política hasta la laboral.
  5. La oposición frontal al absolutismo político, aliado siempre con la credulidad.
  6. El fin de la religión del Estado.
  7. La proscripción del pensamiento mágico, sólo superable por la cultura, por la enseñanza, por la verdad científica.
  8. La ampliación de la libertad de pensamiento y de expresión.
  9. La aplicación de derechos que, gracias a ellos, todos somos iguales.
  10. La consideración de que la ley atañe a la inmanencia contractual. Todos y en todos los casos sometidos a leyes que reduzcan la posibilidad de que unos se impongan a otros, desideratum para el que queda todavía mucho camino por recorrer.
  11. La voluntad de la felicidad social aquí y ahora: no hay mundos “más allá”
  12. La aspiración a la universalidad del reino de la razón.

No son asuntos de menor calado. En los subterráneos por donde se mueven Iglesia y Estado, se dirimen cuestiones trascendentes. Trascendentes en términos políticos, filosóficos, históricos, económicos y sociales, donde nada tiene que ver la trascendencia tal como la pregona la Credulidad Organizada.

Si extractamos y apuramos el asunto , una única idea trata de imponerse: la de que un Sistema de Creencias Organizado es incompatible con la sociedad que queremos construir. Para quien piensa, la Iglesia es, eso, un conglomerado de creencias, acrecido a lo largo de la historia, de credulidades que están en abierta oposición a la inteligencia. De ahí la lucha frontal contra “todo eso”.

Ellos, por su parte, esgrimen que, en términos puramente humanos, la preservación de la fe garantiza la moralidad personal y pública, da otro sentido a nuestros actos, hace a las personas más responsables y preserva la cultura del pasado. Evidentemente, todo esto es admisible y hasta admirable, pero es que el fondo o los cimientos de todo eso, son otra cosa.

Hoy día la faz de la Credulidad Organizada se presenta de dos maneras distintas:

a) la del Islamismo, inconciliable con cualquier sistema político y social democrático. Es un rostro bárbaro a nuestros ojos de occidentales que han bebido en las fuentes de la Ilustración y en los postulados e incluso en las formas de la Revolución francesa. Es algo impresentable, pero, lógicamente  no para ellos, los crédulos islamistas.

b) la del Cristianismo, sumisa a la organización actual del Estado y respetuosa con sus valores democráticos. En el fondo y en las formas, inocua para el Estado. Ha perdido su rostro fiero, pero no el veneno que infecta la inteligencia.

El Islam, a nuestros ojos, es la manifestación actual de un cristianismo arcaico. Está en contradicción frontal con el occidente europeo, que creía haber dado un paso de gigante en los albores del s. XVIII, siglo de las Luces, siglo de la Ilustración, siglo de los filósofos humanistas...  

El pensamiento occidental todavía se encuentra en lucha franca contra la Credulidad Organizada y quiere imponerse por vías acordes con sus principios, uno de ellos el respeto a la persona. Por eso no aplica medios drásticos para terminar con la credulidad. De ahí que cuando un gobierno ha tratado de apretar las clavijas a la Iglesia ante sinecuras y prebendas seculares, la credulidad ha lanzado tal chillido que ha herido los oídos de las personas normales. Sólo por no oírlos, el Estado ha dado marcha atrás.  

Es la contraposición, de facto, entre Democracia y Teocracia. Y no se olvide lo que no olvidamos quienes gozamos de este sistema racional de vida en la sociedad occidental adelantada, que la Teocracia cristiana también ha sido forma política durante muchos siglos.

Nadie trata de echar por tierra ni su labor asistencial, ni sus valores éticos, ni la reconocida honradez de sus miembros, ni la vida honesta y respetuosa de casi todos ellos... Ni menos denostar a las personas. Lo que está en juego es únicamente el “corpus” de creencias en que todo eso se basa. Teología, Credo, Dogma, Enseñanza... están de más en nuestra sociedad.

Fuerte, pero las cosas son así.

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