Pensadores del XIX que más han influido en el nuevo espíritu crítico

Hacíamos referencia, al final del artículo anterior, a personajes de la cultura española que han impregnado el pensamiento de nuestro siglo, como novelistas, ensayistas, filósofos o científicos. Son de sobra conocidos, pero quiero regresar a ellos incluso como incitación a la lectura de sus obras.

Renuevo lo dicho sobre la distinción que hacía en el artículo anterior sobre las dos Iglesias, la predicadora de una moral digna, humanista y distinta, frente a la Iglesia dogmática y catequética; y la distinción entre Iglesia conjunto de fieles frente a la Iglesia jerárquica y burocrática acaparadora de poder y riquezas. Todos los autores que siguen se refieren a esta dicotomía eclesiástica.

Benito Pérez Galdós (1843–1920). No se consideraba ateo militante, por supuesto, ni nunca se manifestó en ese sentido. Sin embargo, sí fue un crítico feroz de la hipocresía religiosa y del poder clerical. Citamos como ejemplo dos obras suyas, Doña Perfecta, donde denuncia el fanatismo y la intolerancia y Electra (1901), obra de teatro que provocó un escándalo nacional por su ataque al integrismo católico (sugiero visitar Wikipedia: impresionante). Dice de ella el autor:

  • En Electra puede decirse que he condensado la obra de toda mi vida, mi amor a la verdad, mi lucha constante contra la superstición y el fanatismo, y la necesidad de que olvidando nuestro desgraciado país las rutinas, convencionalismos y mentiras, que nos deshonran y envilecen ante el mundo civilizado, pueda realizarse la transformación de una España nueva que, apoyada en la ciencia y la justicia, pueda resistir las violencias de la fuerza bruta y las sugestiones insidiosas y malvadas sobre las conciencias.

Fue esta obra la que influyó en que no le concedieran el premio Nobel, para el que estaba nominado, por la visceral oposición tanto del estamento eclesial como de buena parte de la sociedad creyente.

Miguel de Unamuno (1864–1936). 36 años en el siglo XIX y 36 en el XX. Leer a Unamuno es entrar un pensamiento realmente complejo, difícil de discernir. Lo que sí es claro es que combatió la credulidad y la religión como institución. Aparte de los artículos y discursos en que arremete contra el clericalismo y la superstición popular, destacamos su obra principal, Del sentimiento trágico de la vida donde fustiga la fe acrítica. Otra obra de lectura obligada es San Manuel Bueno, mártir.

Pío Baroja (1872–1956). Puede decirse que fue el más abiertamente anticlerical de la Generación del 98. La religión para él era un freno intelectual y moral. Se manifiesta como escéptico radical en su libro El árbol de la ciencia, así como en otros muchos textos.

Emilia Pardo Bazán (1851–1921). Nunca dejó de considerarse católica, pero sí fue muy crítica con la superstición y la credulidad. Citamos dos obritas suyas, cuentos, El indulto o La resucitada, donde denuncia el fanatismo y la manipulación religiosa.

Ramón Mª del Valle-Inclán (1866–1936). Su anticlericalismo es ácido y teatral. Fue el creador de una estética literaria nueva, los esperpentos, para denunciar la realidad española como algo grotesco, deformado y profundamente criticable. En Luces de Bohemia ridiculiza la alianza entre poder político y religioso. En Tirano Banderas tilda la religión como instrumento de dominación.

José Martínez Ruiz, “Azorín” (1873–1967). Es menos agresivo que Valle-Inclán, pero todavía más escéptico que él. En sus ensayos desmonta la religiosidad rutinaria y la superstición rural. Sugiero la lectura de su libro “La voluntad”: el protagonista, Antonio Azorín, atraviesa una crisis intelectual que lo lleva al escepticismo religioso, a la duda permanente y a la sensación de vacío espiritual. Hay otro libro, Antonio Azorín, crisis espiritual y mirada crítica a ciertas instituciones.

 Santiago Ramón y Cajal (1852–1934), quizá el mayor científico español. Fue abiertamente anticlerical en su juventud y siempre defensor del pensamiento crítico. En Charlas de café y El mundo visto a los ochenta años critica la superstición y el dogmatismo religioso.

Leopoldo Alas “Clarín” (1852–1901). Se consideraba a sí mismo católico, bien que heterodoxo, pero fue muy crítico con el clero. La mejor novela del siglo XIX, La Regenta es una de las críticas más demoledoras al poder eclesiástico en España. Destacó también como articulista. En muchos de sus escritos periodísticos fustiga la credulidad y el fanatismo.

Federico García Lorca (1898–1936). Es cierto que no fue un autor “contra la religión”, pero sí contra el moralismo religioso opresivo. Critica la moral rígida y su papel autoritario en la sociedad rural. Sin embargo, está impregnado de simbología religiosa, de imaginería popular y de una sensibilidad casi mística. En La casa de Bernarda Alba muestra cómo la religiosidad social puede asfixiar la vida. En Yerma y Bodas de sangre aparece también esa moral religiosa represiva.

Vicente Blasco Ibáñez (1867–1928). Es, como Galdós, uno de los grandes narradores españoles. Su postura no es suave ni simbólica como la de Azorín o Lorca: es frontal, combativa, militante, heredera del republicanismo y del anticlericalismo político de finales del XIX. Destacamos: La catedral, un ataque directo al poder eclesiástico. En La bodega fustiga la complicidad de la Iglesia con el caciquismo. En La horda (1905) crítica a la ignorancia y la superstición popular. También debemos citar otras dos obras, Arroz y tartana (1894) y Flor de mayo (1895)

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