De cocinero a fraile o viceversa

Uno no puede por menos de sonreír ante tanto artículo de Religión Digital, especialmente los que insisten en la emoción estético-crédula, con la pretensión de algunos de ver un catecúmeno en cada posible lector. Y así encontramos artículos sentimentaloides que parecen copia rediviva del último sermón de cualquier fanático de Kiko Argüello.

Hay mentes infantiles –la mía lo fue durante treintaytantos años— que sienten haber crecido en su fe cuando les impresiona un bello amanecer como “obra de tus manos”; que vislumbran un especial aporte de gracia cuando el sentimiento se asocia a un descubrimiento novedoso en la Palabra de Dios; o que, al profundizar en el mazacote doctrinario de Pablo, el de Tarso (y hasta metatarso), se hace vida en ellos la parusía, el kerigma, la epíclesis, la anámnesis, la patrología y la escatología, el opus operatum, los cien mil símbolos de rebaño, viña, alianza, esposa, cuerpo místico…

En Semana Santa fue “La Pasión de Cristo”, con la salida de pata de banco de que yo no podré entender el amor inmenso de Dios por nosotros, por rechazar la unión cruz-redención y por el desperdicio que hago de las fuentes de la gracia. Lógicamente aquellos que o no han tenido oportunidad o no han querido saber nada o han crecido en un ambiente hostil a esas fuentes de gracia son objeto de lástima.

Dicho el proemio, vayan ahora estas TRES acotaciones impregnadas de “mica salis”.

PRIMERA: Supongo que a todos esos que así piensan –oh, agnósticos y ateos que no sois capaces de- se les caerán los palos del sombrajo crédulo al pensar en tantos y tantos que recorrieron el camino de la fe ¡¡y, antes de llegar a la vejez que todo lo acepta, tuvieron tiempo de decir FALSO!!

Porque somos muchos lo que, con estudios de Teología, fuimos buenos creyentes, sentimos –y nunca mejor dicho lo de “sentimos”—que la gracia nos inundaba, que el amor de Dios era la única justificación de nuestras vidas… Pero un buen día la inteligencia nos dijo que tan verdad es la muerte de Cristo por nosotros como la de Osiris por los egipcios. Y no es menester decir más.

Quien sea capaz de poner detrás de cada dogma un gramo de inteligencia, una pizca de raciocinio, una migaja de cordura –no de sentimiento— sepa que está por encima de cualquier crédulo que acepta, como sustento de su vida, esas amalgamas mitológicas. Y que salvarse (las más de las veces me pregunto de qué) no depende de creer o no creer en todo eso con tinglado añadido. Crédulo que sientes conmiseración, al menos admite el hecho de que pensemos así, precisamente tras haber vivido “asau”.

SEGUNDA: Seguro que Dios Padre, sabiendo el dramón que era una muerte en cruz, se habría pensado muy, pero que muy mucho, el haber enviado a su Hijo muy amado a padecer por los hombres. ¿No estaba en su mano perdonar “porque sí” su maldad (de nuevo se pregunta la monjita de clausura sobre qué maldad a la altura de una crucifixión)? Al menos ¿no podía haber hecho que Cristo muriera de un accidente laboral o de circulación? ¿No perdonó Dios a “su pueblo” anteriormente sin tener que enviar precisamente tal día y tal hora al que los muy interesados “fellows” llamaron “el Hijo”? Recapacite el crédulo en lagratuidad y carencia de toda lógica del tinglado soteriológico.

TERCERA: A los que se hacen cruces mentales y sentimentales con la emotividad también crucificada –eso sí, en la confortable butaca de un cine viendo aquella película de Mel Gipson— sólo les puedo poner delante un hecho: la sublevación esclavista de Espartaco, seguida de la correspondiente derrota, generó un espectáculo visual y oloroso de hasta seis mil cruces, lógicamente con su correspondiente crucificado, ornando los caminos de Roma. Creo haberlo leído en S.Kovaliov.

Ninguno de ellos sufrió menos que el “melgipsoniado” Jesús. Y si voy a ver ese bodrio sanguinolento, no pensaré sólo en el supuesto Jesús, sino en los miles de crucificados que generó la culta Roma. Seguro que después rezaré con más fervor a San Andrajos o a San Gladiator.

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