Las brisas de la desafección

No deja de ser contradictorio, extraño quizá, el largo proceso de construcción de un mundo, un estatus, una situación social, un nivel profesional, etc.  que se pueden considerar sólidos cómo se desmoronan súbitamente y desaparecen en horas o en días. Un ejemplo nimio: ¡lo que costó construir las “torres gemelas” de Nueva York y cómo se desplomaron en apenas unas horas!

Lo estamos viendo en los últimos días: nuestro mundo de felicidad y de suspiradas vacaciones, recién estrenada la primavera, mientras ese mismo mundo se resquebraja en zonas no tan lejanas a nosotros y, sobre todo, que tanto afectan a nuestro diario sustento.

Lo hemos visto en regímenes y estados que parecían sólidos... quizá, más bien, solidificados: el Movimiento Nacional del régimen franquista se hizo trizas cuando se consiguió el voto libre en 1978 tras 40 años de fraternidad forzada. El régimen comunista de la URSS, pétreo, berroqueño... saltó hecho pedazos por consunción en 1991 después de 71 años de opresión y tiranía.

Igual sucede con el tinglado de la fe. ¿Cuánto esfuerzo y cuántos rodrigones para mantenerlo, alimentarlo, sostenerlo y soportarlo, vivirlo, vivenciarlo, comunicarlo...?

Para afirmar y perseverar en la fe, muchos hemos necesitado de la diaria lectura espiritual –-recomendada por todos los “doctores” como alimento necesario del espíritu—; hemos leído cientos de libros sobre exégesis, vida interior, espiritualidad en general, cada cual más lleno de virtud balsámica; hemos realizado estudios teológicos profundos y continuados; hemos aprendido de memoria catecismos y perícopas bíblicas...

Hablan de la oración y comunicación con Dios de tantos y tantos religiosos, conventuales de clausura sobre todo, que ha salvado al mundo durante dos milenios…  Pues respecto a la fe, ¿no hubiese bastado con esa oración que procura la gracia, como lo único necesario para, al menos, mantenerla? Sin embargo, esto de la oración no deja de ser otra de las ficciones tan bien construidas por el mundillo de las vivencias: la maldad humana no ha disminuido en veinte siglos de orantes por la paz, la justicia y el progreso. Y la fe de muchos…  

La paradoja, la ironía, la curiosidad incluso, está en que, después de tanto castillo interior construido, sólido como los tratados de San Juan de la Cruz o Santa Teresa, después de tanto esfuerzo mental realizado, después de tantas horas de meditación, después de tanto sacramento recibido, después de tanta gracia acumulada, después de... con un solo destello de la razón el tinglado se ha venido abajo. Es testimonio personal de muchos que han logrado desasirse de los tentáculos de la fe inducida.

¿Alguien puede explicar el porqué? Los que perseveran en sus credos, los fieles creyentes, no son capaces de encontrar argumentos que expliquen de manera convincente la verdadera causa de tal quiebra espiritual, las razones que esgrime el que cambia de “fe”. Sólo dicen, y con pena, que "han perdido la fe". ¿Perdido? ¿Por qué no admiten la razón que el propio “afectado” formula y siente?  Que simplemente dice: "Ha ganado la persona", “me he ganado a mí mismo, “soy yo ahora el que decide”.  

No es sólo el edificio, cada uno de los elementos que lo conformaban tenía dentro de sí la carcoma de la contrarréplica racional. Sólo bastó un poco de aire fresco, el empuje de decidir por uno mismo.

Póngase en parangón el convencimiento de la fe, en permanente lucha contra sí mismo, frente a lal seguridad  y convicción acerca del valor que tiene la práctica de la virtud o, con otro nombre, de la honradez personal y profesional: nunca ha sucumbido al proceso de iluminación de la razón. Todo lo contrario. Cuanto más piensa el hombre en sus actos buenos, más aviva su conciencia para practicar el bien.

Eso sí, tal decisión o cambio de rumbo presupone juicio crítico, examen de conciencia de la propia vida, caer en la cuenta de los motivos que inducen a determinada acciones y resoluciones diarias. Lo otro es propio de mostrencos mentales, que se da tanto entre quienes afirman su propia fe como entre quienes la abandonan o niegan.

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