O.N.Ges productivas.
Condición es de algunas personas alzarse intelectualmente a contracorriente de lo que es dogma de actuación en determinado tiempo y sociedad. No suele ser sano hacerlo, a veces ni prudente, pero qué le vamos a hacer.
Yo pudiera en este momento parecer uno de ellos por decir que tengo mis dudas sobre la verdadera efectividad de las ONGes.
Hoy en día dichas instituciones biempensantes y bienintencionadas proliferan si no como hongos sí como sucedáneos. En el siglo pasado surgieron por doquier congregaciones religiosas nacidas como subsidiarias del poder civil para paliar deficiencias bien del Estado o de la misma sociedad: educación y sanidad principalmente. Poco significó su labor frente a la otra más efectiva --¿lucha? -- de las fuerzas sociales, alianzas de obreros, políticos comprometidos, gobernantes con visión de futuro, etc.
Las unas ponían vendas en las heridas y los otros erradicaban las causas de las mismas. Dichas Congregaciones, hoy día han devenido multinacionales de la educación o simples O.N.Ges tintadas de religiosidad con patrimonio consolidado del que dependen sus miembros y que, necesidad obliga, hay que controlar, conservar y si es posible aumentar.
Las ONGes actuales también han surgido para servir de cauce propicio a las inquietudes de muchas personas bienintencionadas y deseosas de ayudar. Yo mismo pertenecí durante quince años a “Voces para la paz-músicos solidarios”, ONG formada por músicos profesionales. Sin embargo, muchas dudas me genera la existencia de tales entidades. ¿Contradicción?
Con “tal” lactuación zarzuelera pasada –me decían-- se va a alzar un hospital. El año anterior se construyó una carretera en Nepal. Y así otras tantas obras buenas. ¿Y por qué tales dudas? Porque estas realizaciones no dejan de ser una gota en el océano de las necesidades del mundo pobre. Querámoslo o no son actuaciones testimoniales que muchas veces sirven como capa de pintura ocultadora de la rapiña, voracidad o carencia de cualquier tipo de ética en aquéllos que deciden sobre vidas y haciendas en esos países.
Una simple palabra del Sátrapa de turno o una decisión del Parlamento del mismo país podría decidir la creación de cien hospitales como ése. Un cargamento menos de armas supondría... ¿cuántas escuelas? ¿cuántos hospitales? ¿cuántas toneladas de comida? ¿cuántos proyectos agrarios? Y, por otra parte, por la vertiente de la irracionalidad, el paso de un grupúsculo de energúmenos provistos de un tubo maléfico podría convertir en “falla” humeante el hospital nacido de las corcheas.
Parece que estamos en la sociedad del grito: un grito bien dado salva la vida de una persona; hace cambiar decisiones de políticos asustadizos; agría una cena real; priva de votos a políticos de cuerda floja; mantiene la residencia de una anciana desahuciada... Habría que constituir ONGes gritadoras; luego otras ONGes asesoras del grito bien dado; luego otras que indicaran dónde, cuándo y con qué intensidad gritar; ONGes protectoras de los gritadores (porque habría que ir a gritar ante políticos dictadores e incluso asesinos). Conste que no hablo de gritos metafóricos: hablo de gritos físicos, reales.
Propongo la creación de miles de ONGes dedicadas a gritar. El grito es más productivo. ONGes dedicadas a plantarse frente al reyezuelo dictador y gritar en sus propias narices (sí, alta tensión, peligro de muerte). Gritar contra la política de armamento de esos países menguados. Gritar para favorecer políticas agrarias serias. Gritar contra las fortunas amasadas con sangre. Gritar contra los bancos que acogen y negocian esas fortunas. Contra los porcentajes del comercio. Contra la especulación sobre las materias primas esenciales. Contra el despilfarro del mundo rico. Contra esas mega fortunas “legalmente” amasadas…
Entiéndaseme esta postura radical, que no pretende echar por tierra la labor de tanta gente bien intencionada sino, sobre todo, dirigida más contra “esas” ONGes que surgen para provecho “espiritual” de quienes las mantienen.