Crean el vacio para luego llenanarlo

Humanismo sin credos
16 sep 2010 - 01:10

Para “hacer sitio” a la fe, debe salir del entendimiento la capacidad de razonar. Ya hemos insistido bastante en esto y hasta yo mismo siento el hartazgo.

Hay, empero, otra hendidura en lo humano por donde se cuela el agua putrefacta de la creencia: la salvación. Salvarse de la angustia, salvarse de la infelicidad, salvarse del pecado, salvarse, en definitiva, de este mundo ¡que es malo!

Crean un ambiente "vacío": para conseguir la salvación que prometen, evidentemente debe haber un vacío total de felicidad previo. Y si no lo hay, se convence al semiconvicto de que necesita salvarse. A veces de lo que sea, "in génere".

¿Pero cómo le pueden hablar a uno de felicidad si ya la tiene? ¿Cómo pueden hablar así de este mundo, si lo que el hombre occidental percibe es una relativa suma de "felicidades" que "le llenan"? Felicidad que la mayor parte encuentra en su trabajo, su familia, sus amigos, pero también un pequeño mundo lleno de satisfacciones, que son también felicidad:

--el que ha hallado la complacencia personal en aficiones nunca antes satisfechas, sus paseos, sus lecturas;

--el que disfruta con sus viajes y descubre paisajes y sociedades donde lo humano se funde con su propio sentido de lo humano;

--el que suspira, cavila y proyecta negocios salidos de su personal esfuerzo;

--el que escribe, el que garabatea, el que remeda a van Gog, el que trueca pentagramas por valses de acordeón;

--el que goza con el amanecer lluvioso pegado al cristal de su estrenada jubilación;

--el que ve pasar los días en revoltijo festivo entre el reír bullicioso los nietos;

--el que llena de imaginación amuebladora el piso que le van a entregar;

--el que encuentra la eternidad en los ojos amorosos de su novia;

--el que corretea perdido entre encinares haciendo sudar de contento a su perro;

--el que rompe las carreteras con su diario "tour" ciclista;

--el que inclina el lomo en su huerta pletórica de tomates y judías;

--el que, con su magro currículo, llena folios de ilusión y sobres de esperanza;

--el que entre risas de aprecio, perdona la vida al vecino ayudándole a colocar una persiana;

--el que, al comprobar el Décimo no premiado, pasa de la ilusión a la sonrisa frustrada y se queda con el sempiterno consuelo de la salud;

--el que, convaleciente en el hospital, mira el búcaro henchido con las flores de la amistad...

Cualquiera de ésos, ¿por qué va a tener que buscar la felicidad en ritos que le aburren, en oraciones que no entiende, en dádivas que sabe donde caen, en actos y pensamientos a los que no da sentido alguno, en consuelos que terminan con el cura ascendido a vicario?

La salvación prometida es una de esas “grandes palabras”... ¡que sólo tienen traducción en las pequeñeces antes citadas! No existe "la felicidad" sino momentos felices.

Pues aún así lo consiguen: Ésta no es la suprema felicidad, la felicidad de este mundo es incompleta, sólo “tu salvación eterna” te procurará la felicidad. Y se lo creen.

Las religiones, todas, generan la necesidad de salvarse, para, así, poder liberar al hombre de esa necesidad. A partir de ahí, se sucede una recua sin fin de costumbres, signos, oraciones, ritos, festejos, letanías, tiempos de recogimiento, visitas, lecturas, prácticas... que, muchas veces, ni se sabe qué relación tienen con el motivo que generó tales ataduras, la salvación, pero que consiguen encadenarle a la organización.

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