¿Y QUÉ DECIR DE LOS INICIOS DEL PUEBLO JUDÍO?


Si bien para nosotros los occidentales tanto los orígenes como el pasado cristianos son mal que bien conocidos, eso sí con grandes lagunas, no lo son tanto los detalles que ornan inicios y pasado del Islam y del Judaísmo.

Acerquémonos a algunos detalles del nacimiento del pueblo judío, haciendo hincapié en que fue el pueblo elegido por Dios.
(Cómo no va a ser el elegido de Dios si ellos mismos se auto asignan tal elección. Es lo que han venido haciendo otras religiones y hasta soñadores, visionarios, excéntricos y locos de cualquier ralea que han suplantado la figura de Cristo y se han erigido en salvadores. Entre los más excéntricos un tal José Luis de Jesús Miranda o el que disparó contra la Casa Blanca Óscar Ramiro Ortega-Hernández, nacido en 1990 que decía ser reencarnación de Cristo).


Son esos detalles que aparecen principalmente en dos de los libros de la Torá, Génesis y Éxodo los que echan para atrás a cualquiera que piense que Dios –Yahvé o Elohim— pueda ser algo más que una encarnación de los deseos de hombres decididos a todo. Eso no es un “dios”, es un monstruo.

Los judíos inventaron el monoteísmo, aunque previamente ya Akenaton había hecho el mismo intento con poco éxito. Los judíos consiguieron que la idea monoteísta perdurara. Pero el monoteísmo tenía sus consecuencias: un único dios que impone sus leyes sin oposición alguna; el pueblo elegido estará por encima del resto de los pueblos; dios otorga a ese pueblo la fortaleza necesaria para imponerse a otros menos poderosos o tan débiles como él; este pueblo se considera a sí mismo el brazo armado del “dios verdadero y único”...

Dios habla, dicen, pero, como no se le entiende, son sus profetas, sus jueces y sus sacerdotes los que interpretan su discurso. El pueblo llano es incapaz de oír directamente a Dios. Surge una casta escogida que transforma el mensaje de Dios en consignas. Dado que no todos pueden ser sacerdotes, sí pueden ser soldados que defiendan dichas consignas.

Son eficaces contra pueblos desprevenidos, apenas defendidos o con peor armamento. Más tarde, en nuestro tiempo, serán tropas bien entrenadas, armadas hasta los dientes, terriblemente eficaces para sostener el “ius occupandi”. Pero en nuestro tiempo los motivos serán bien distintos y el dios monoteísta no será aceptado obligatoriamente por todos.

El monoteísmo, asimismo, es en cierto modo origen de civilizaciones más adelantadas, con las tres castas tradicionales. Según la doctrina judía el máximo elegido por Dios para regir el pueblo, el Príncipe, el Rey, será el representante de Dios en la Tierra. Su autoridad es de origen divino. Los Sacerdotes, por su parte, proveerán de fundamento ideológico al Señor que rige la nación. Y en esta división de estratos sociales, el Ejército, los soldados, serán la fuerza bruta que sostenga la ideología. Todo esto, como algo lógico, es mantenido por el Pueblo, el que siempre paga a cambio de protección y palabra vivificadora. Y así seguimos. La Tierra, trasunto de la organización celestial.

La democracia, la separación de poderes, la oposición, la crítica intelectual, la soberanía nacional... conceptos inconcebibles, aunque tímidos avances se hubieran dado en Grecia y en algunos momentos de la historia de Roma, con un Senado efectivo.

Allí, en el desierto, en la penuria, en la desesperación, en la falta de tierra donde asentarse nace un pueblo unido bajo la égida de un guía, intérprete de un Dios nuevo, que habla directamente con él. En ese momento el pueblo judío era débil e incapaz de someter a nadie, empujado de un lado a otro por pueblos ya asentados. Pero se hicieron fuertes.

Y de esa situación nace el dios belicoso, militar, implacable; un dios que dirige sus acciones heroicas sin piedad, capaz de aniquilar a cuantos se enfrenten a él, es decir, a su pueblo. ¿Un dios o quizá un jefe militar victorioso? Da lo mismo porque son lo mismo. Lo mismo que Mahoma sostenido por Alá.

Tendemos a pensar que en ese tiempo todos los pueblos, naciones y tribus obraban igual, pueblos belicosos y dados al pillaje depredador. No lo creemos. Al norte del Sinaí habitaba otro pueblo. Podemos imaginar que era un pueblo modesto, donde la gente cultivaba sus campos. Un pueblo formado también por niños y ancianos, donde los que podían trabajar, cultivaban la tierra o criaban sus ganados. Un pueblo donde las mujeres traían niños al mundo y cuidaban de ellos.

Y tuvieron que enfrentarse a los hebreos, que portaban un mensaje divino escrito en sus libros:
“Te daré a ti y después de ti a tu descendencia la tierra en que andas como peregrino, todo el país de Canaán, en posesión perpetua, y yo seré el Dios de los tuyos” (Génesis 17.8)
“Ahora, pues, si de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza, vosotros seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la Tierra; seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa.” (Éxodo 19, 5.6)

Cierto que adoraban muchos dioses... y esto no fue sino un motivo, más bien pretexto, para hacer desaparecer a todo un pueblo. Y todo ello alentado por un “dios” fuente de amor (hacia su pueblo). Llegaron los monoteístas, con un invento recurrente que retomarán los genocidas de siempre, “la guerra total”. Dios ya había decidido aniquilarlos como ya había hecho con los primogénitos egipcios (también los “primogénitos” de los animales domésticos).
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