Los Evangelios desfiguraron a Jesús.

Decíamos días atrás que medio siglo es mucha distancia para escribir sobre alguien del que sólo referencias orales quedaban. Añádase, para entender el contexto en que fueron escritos los Evangelios, que el Maestro, el Mesías esperado, el Profeta, sufrió un espantoso castigo, crucifixión, que hubo una destrucción terrible de la ciudad que lo aclamó, que el pueblo de sus ancestros sufrió la mayor masacre padecida en siglos, que muchísimos patriotas iluminados terminaron colgados de idénticos maderos y que se produjo una diáspora que disolvió el espíritu de pueblo elegido que era lo que mantenía la unión comunitaria.

España goza de un periodo de paz desde hace 80 años, 36 años bajo la égida de Franco y 44 de monarquía parlamentaria. Nunca había habido periodo tan largo sin conocer guerras, aunque, cansados de tanto sosiego, el cáncer de la discordia social se ha apoderado del cuerpo hispano.

Es curioso que la época en que vivió Jesús tenga ciertas semejanzas con nuestro momento: la llegada de Octavio Augusto al poder propició un largo periodo de paz, la llamada Pax Romana o Pax Augusta, que algunos hacen durar hasta doscientos años.

Vencidos cántabros y astures, año 19 a.e.c., Augusto cerró las puertas del templo de Jano, que sólo se abrían en periodos de guerra. En esa etapa de paz aparece Jesús, el predicador galileo. Y fueron precisamente los judíos los que removieron las aguas de la independencia a la que creían tener derecho por imperativo divino.

En los Hechos de los Apóstoles se cita a dos revolucionarios, Teudas y Judas el Galileo, los cuales, es de suponer, esgrimirían motivos religiosos para enfrentarse al poder romano. Fue el mismo Dios, Yahvé o Elohim, el que había entregado esa tierra a los israelitas y éstos debían preservar su independencia. ¿Cómo no pensar, a la vista de su trágico final, que Jesús, también galileo, de alguna manera pudiera alborotar al pueblo poniendo en el mismo recipiente la autonomía divina y la política?

Al igual que las auto denominadas comunidades históricas de nuestra patria, la Palestina sometida a los romanos gozaba de gran autonomía, en un principio gobernada por el rey Herodes, que murió el año 4 a.e.c. Pocos lustros después de su muerte, y a la vista de las rivalidades dinásticas, los romanos asumieron el control total del territorio, dando autonomía a la burocracia religiosa, regida por normas propias.

De lo dicho, lógicamente, no dan cuenta directa los Evangelios, que, como venimos insistiendo, no tratan de hacer historia sino convencer a prosélitos y dubitativos de que Jesús tenía un proyecto universal de salvación y manifestación del poder de Dios (primero, desde luego, sobre su pueblo).

Los Evangelios, como es obvio, hablan de Jesús. Lo hacen a la manera habitual como se solían escribir en Grecia y Roma las biografías de personajes célebres dignos de ser tomados como modelos por la sociedad. Interesaban poco los detalles biográficos. Si el personaje tenía relevancia social o política, dominaba la propaganda; si tal individuo había destacado por sus cualidades humanas y por sus virtudes, interesaba resaltar su ejemplaridad moral. Es el caso de Jesús que, al tal grado llegó el enaltecimiento, que terminó siendo divinizado.

Es lógico pensar que en tales pseudo biografías se incrustaran elementos artificiosos, panegiristas, siempre favorables al personaje. Desconociendo lo que originalmente escribieron los cuatro evangelistas, con el paso de unas a otras copias y redacciones dichos elementos se incrementan. El Marcos original es corregido y aumentado en Lucas y Juan, sobre todo en este último.

Cuanto más se alejan en el tiempo, mayores son las distorsiones que sufre el personaje homenajeado, biografiado o santificado. A muchos de los que convivieron con santificados de nuestro tiempo se les nublan los ojos de estupefacción, pensando cómo no fueron capaces, en vida, de darse cuenta de la enorme valía del personaje y de las virtudes y milagros que se les adjudican. Son los efectos mágicos de la distancia temporal y local. Y, como dicen los especialistas, eso sucedió con Jesús. Es de suponer que la madre que lo parió sí reconocería, al menos, su cara tras el tamiz de los evangelistas.

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