Los Evangelios no son de fiar.

Entiéndase bien: no son de fiar como documentos históricos a los que acudir para descubrir a un personaje real, de enorme influencia en la historia subsiguiente de la humanidad, en el caso que nos ocupa aquel judío que bautizaron como Jeshua ben Yosef, Jesús hijo de José, y que todos conocen como Jesús de Nazaret.

Pablo HERAS ALONSO
07 jul 2019 - 12:00

No es que sean manías o azares intelectuales de nuestros días. Ya desde hace al menos dos o tres siglos autores que trataron la figura de Jesús excluyeron de sus fuentes documentos por considerarlos “mitológicos”. La historia debe corresponderse con la vida real, no con la ideal: sólo así se puede llegar a la verdad.

La misma palabra griega (eu-aggelia) ya dice mucho respecto al carácter de los Evangelios: eu, bueno; aggelia (pronunciado “anguelia”), anuncio, noticia, mensaje, embajada. Nombre tan genérico puede llegar a no decir nada respecto a su condición, género o carácter, aunque, por lo mismo, expresan algo muy alejado de biografía o historia.

Cierto es que hablan de un personaje, Jesús de Nazaret, pero poco más se puede considerar como cierto, aparte de elementos intrascendentes relacionados con Jesús. La mayor parte de lo que ahí aparece, haciendo abstracción de doctrinas morales, son datos artificiosos, fabulosos e irreales y por tanto inventados. Es la fantasía al servicio de necesidades coyunturales.

Pero sucede que no sólo en los inicios se dan estos efluvios de la fantasía crédula: prácticamente todo lo que hoy se escribe sobre Jesús de Nazaret lleva la impronta de lo fantasioso. No hay ya persona o individuo de nombre Jesús, hay piedad, devoción, veneración, misticismo, en suma. No hay ni siquiera un “quizá”, es un hecho que el personaje que pisó el suelo galileo ya no existe. No interesa. O da igual que existiera. Lo de “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” no tiene contenido alguno.

Sólo queda “el Verbo”. Pero si aceptaran que “habitó entre nosotros”, los datos que proporcionan los Evangelios debieran ser creíbles en el sentido racional de la palabra. Sí, lo que dicen los Evangelios “se cree”, pero no es verosímil, y por lo tanto es inadmisible. Se cree dando de lado a la inteligencia, con absoluta falta de crítica de lo que la misma puede asimilar.

Y si lo que dicen los Evangelios de la vida y obras de Jesús es pura fantasía, no digamos nada del enorme montón de obras pretendidamente históricas que se han escrito sobre él. Sobrevuelan el Imperio Romano, pasean sus ocios literarios por las hoy rutas turísticas que llaman “tierra santa”, profundizan en personajes de los que sí hay constancia histórica y concluyen que todo cuanto se dice sobre Jesús es cierto y real, como lo es todo lo anterior.

No les falta a estos autores erudición y títulos académicos para ello, pero ¿cómo se van a enfrentar a lo que la Iglesia ha transmitido e inculcado durante siglos? No, no puede ser entelequia o fábula cuanto los Evangelios encierran; sería temerario, atrevido e incluso imprudente para el porvenir de uno mismo. Por lo tanto, lo que procede es hacer erudición sobre la concepción virginal de Jesús o sobre la posibilidad de que calmara las tormentas del Tiberíades.

Jesús se convirtió desde los inicios del cristianismo en objeto de veneración (a la fuerza ahorcan, si querían subsistir como grupúsculo) donde la devoción religiosa ofuscó las mentes de quienes aceptaron con la mayor [sobre]naturalidad que había resucitado. Es una de las mayores “huidas hacia delante” que la historia ha proporcionado. Y así hasta hoy.

Dice el prólogo del Evangelio de Lucas:

Muchos han tratado de relatar ordenadamente los acontecimientos que se cumplieron entre nosotros, tal como nos fueron transmitidos por aquellos que han sido desde el comienzo testigos oculares y servidores de la Palabra. Por eso, después de informarme cuidadosamente de todo desde los orígenes, yo también he decidido escribir para ti, excelentísimo Teófilo, un relato ordenado, a fin de que conozcas bien la solidez de las enseñanzas que has recibido.

Podría esperarse de esa “información cuidadosa” que relatara hechos ciertos y no fantasías. Uno no puede imaginar qué pasó por la cabeza del evangelista Lucas, cuando afirme al inicio de su Evangelio lo que afirma y luego, pocos versículos más adelante, manifieste que un ángel se le apareció al sacerdote Zacarías para prometerle descendencia siendo ya su mujer de avanzada edad; o que en el capítulo 2º describa cómo fue el nacimiento de Jesús con toda la parafernalia de apariciones y cánticos celestiales.

¿No caía en la cuenta de que lo que estaba relatando era del todo increíble y además copiaba relatos fantasiosos que circulaban como leyendas referidas a dioses de su entorno?

Pues dígase lo mismo de los creyentes de hoy.

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