Falacias sobre el alma - II
Hoy en día, se conoce bastante acerca del funcionamiento cerebral, de la evolución de la consciencia (distíngase de conciencia) y de las interacciones neuronales y las respuestas que éstas producen ante las diferentes situaciones a las que se ve sometido el individuo.
Sin embargo, aún no se conoce todo, por lo que muchas cosas siguen pareciendo asombrosas, y aún son objeto de estudio. Pero, como dijimos ayer, muchos hechos apuntan hacia una sola dirección: el “yo” como producto de millones de complejísimas reacciones producidas en el cerebro humano.
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Esta capacidad que tenemos de analizar nuestro mundo, autoanalizarnos y filosofar hasta de cuestiones que van más allá de la imaginación común, es lo que nos hace ser humanos.
El “yo” construido gracias a estas complejas interrelaciones neuronales es algo quizás difícil de entender para muchos, pero también algo mucho más cimentado en pruebas y experimentos que cualquier otra hipótesis que trate de explicar este fenómeno.
Es más fácil pensar en algo relativamente simple como el alma como único candidato para albergar lo que llamamos “yo”, lo que nos hace seres individuales y únicos. La simplificación y las respuestas inmediatas y fáciles son, en muchos casos, las mejores respuestas aceptadas por el común de los seres humanos, y no se trata de criticar a la humanidad en el sentido estricto y negativo de la palabra, sino de entender por qué sucede esto.
Quizás este “facilismo” sea (o haya sido) una ventaja adaptativa, una adaptación darwiniana útil para nuestros antepasados y seleccionada con el paso del tiempo hasta difundirse por toda la población humana. Pero lo que nos hace diferentes, es el hecho de darnos cuenta de que somos más que nuestros genes; es decir, nuestros genes y nuestro comportamiento, evolucionados y modificados durante millones de años, tienen limitaciones como todo sistema natural.
Así que depende de nuestra consciencia y nuestra capacidad de razonar y analizar, para desligarnos de éstos impedimentos y estrechez de miras en cuanto a la naturaleza de las cosas. Aplicar la navaja de Occam es válido en muchas ocasiones, pero evidentemente, no siempre lo será. En este caso, la explicación más sencilla, que es la afirmación de la existencia del alma, no es la correcta.
Y para concluir el asunto de hoy, del que habría muchas cosas que decir, resumo mis argumentos:
- Primero están la falta de lógica y de sentido de un alma que evolucione junto con las estructuras biológicas, cuestión de la cual se desprenden preguntas fundamentales que a cualquiera se le ocurren. ¿De dónde proviene dicha alma? ¿De qué está conformada dicha alma? ¿Dónde se ubica espacialmente el alma? ¿Acaso está en cada célula, sólo en el cerebro, o va más allá de nuestro cuerpo material (a manera del famoso fenotipo extendido de Dawkins)?
Todas estas preguntas son incontestables bajo el punto de vista científico, y menos desde el religioso y metafísico, ya que estas dos últimas formas de pensar ni siquiera consideran aspectos biológicos ni lógicos.
2. Como segundo punto está la imposibilidad de tal entidad bajo el punto de vista de la materia y la energía; si no pertenece ni a una ni a otra, ¿entonces qué es? Tendría que ser una sustancia ajena a este mundo natural, pero el problema de ello es que si tiene relación con nuestro cuerpo material y está ligado a él de algún modo, entonces bien podría ser factible estudiarla y medirla; sin embargo tal cosa no ha sucedido jamás ni hay atisbo de que suceda nunca, simplemente porque la sola serie de suposiciones caen en muchas contradicciones.
3. Y, por último, la abrumadora evidencia que suponen los numerosos estudios científicos acerca del cerebro y del comportamiento humano, así como la evolución de este último y la aplicación de los conceptos de la integradora biología evolutiva en este tema.
Se podría decir que el alma existe sólo en las mentes humanas, tal como sucede con el concepto de Dios. Es el título del desaparecido Punset: “El alma está en el cerebro”. A menos que a la complejidad material que genera constantemente el cerebro se le decida llamar alma (como término práctico, más que como concepto literal), no hay justificación alguna para suponer su existencia.