El niño deja de creer en las hadas y en los "Reyes Magos" cuando vislumbra la racionalidad. Quedan ahí como señuelos de la imaginación.
De igual modo el hombre, cuando llega a su edad adulta (pleno uso de la razón, productividad intelectual y material)debiera sacudirse las creencias que adoctrinamiento y práctica, las más de las veces obligada, quedaron impresas como refugio al que acudir en las tormentas de la vida.
Debiera desterrarlas de su entramado vivencial no tanto por ser creencias, que como bagaje intelectual, simbólico o estético deben formar parte del mismo, sino por ser elementos conformantes y condicionantes de su mundo.
Es obligado el turismo intelectual de lo sacro --conocer aquello que ha conformado la historia de Occidente--, pero no puede pasar de ahí, del rincón de la imaginación, sin efectividad alguna en el devenir diario.
Resulta lastimoso ver, sin embargo, que la gran mayoría de cuantos siguen y persiguen una vida mental más digna, ya no digamos intelectual, no entrenan su inteligencia para esa función, sino para todo lo contrario, para hacer vida de sus creencias.
Y así pasa el hombre media vida, cuando no la vida entera, entre creer, olvidar, convertirse, dudar, racionalizar, volver a convertirse...