La India como ensayo.
El resentimiento también es caldo de cultivo para el rebrote criminal del fundamentalismo. Cualquier opresión social toma como pretexto la religión para cobrar venganza.
¿Cómo detener una espiral de violencia que se alimenta de opresión y represión, que recorre el camino del agravio y su venganza, que camina de la situación injusta al ansia revolucionaria?
Las religiones orientales se han caracterizado por su carácter no violento. Parece que en los últimos tiempos la inseguridad se ha adueñado de las mismas. Y de la inseguridad a la agresión, un paso.
¿Puede el estado indio, que gobierna el segundo país más poblado de la tierra aprender de Europa, legislar para las personas, imponer la justicia, prescindir de los credos, tratar a todos por igual y cortar de raíz cualquier brote de fundamentalismo?
La India encierra dentro de sus amplísimos términos territoriales todos los elementos sociales necesarios para convertirse en un polvorín que explote. Pero también puede ser un ejemplo para el mundo: sólo depende de la clarividencia racional y la voluntad férrea de sus dirigentes.
La experiencia de situaciones históricas similares en Europa debería hacerles precavidos y enfrentarse al problema en su raíz encerrando a las religiones en sus reductos, de los que no se les debería dejar salir so pena de destruir la sociedad.
Esa es la diferencia entre políticos de rebaño, políticos del apaño, y políticos de historia, políticos de memoria.
Las religiones, por su parte, siempre buscarán hacerse imprescindibles para solucionar los males que aquejan al mundo. Los grupos religiosos más progresistas de las distintas religiones organizadas tienen la convicción de que el mundo necesita otra forma de vida que se base en la solidaridad, pero aquélla que emana del sentimiento religioso.
Sin pretender cambiar la forma política, se apropian, sin embargo, de las “maneras” y métodos seculares, buscando dar a la religión ese tinte de modernidad que aprecian en la cultura mundana. Así viene siendo desde los años 70, pero en los inicios del milenio la efervescencia juvenil primera ha sucumbido ante la pujanza del integrismo, ése que preconiza que el remedio a los males de este mundo vendrá por la vivencia de la doctrina que ha dado vida a las religiones durante siglos.
Eso que vemos en el catolicismo --vuelta a “la doctrina” primera-- también se percibe, por ejemplo, en la religión judía donde asistimos al renacimiento de grupos sionistas y ultraortodoxos, o en el Islam, con el advenimiento de regímenes políticos religiosos estrictos, cuando no de movimientos sanguinarios paramilitares.
Europa ya pasó por el sarampión de las guerras religiosas y quedó vacunada. ¿Puede servir tal vacuna para otras sociedades?