Consideraciones desde la lejanía sobre el celibato
En pasados artículos abordábamos el celibato en relación con la virginidad de María y en referencia a los consejos de Pablo de Tarso en la epístola a los corintios. El Apóstol no se refería, por supuesto, a María, madre de Jesús, sino a cierto ideal de perfección donde el celibato es un medio óptimo para la unión “con el Señor”.
De esos consejos nació la vida monástica, con un desarrollo en la Iglesia católica de todo punto desmesurado y que la Reforma protestante cortó de raíz suprimiendo las órdenes religiosas y la obligación de los miembros del clero de ser célibes.
La soltería por el Reino de Dios no es, desde luego, algo que proceda de la religión judía de donde surge el cristianismo. Todo lo contrario y, en todo caso, del paganismo. Para los judíos el celibato es algo “contra natura”. Un célibe no es un hombre (Talmud.Yebamot 63a). Vivir en celibato es tan grave como cometer un asesinato (Yebamot 63b). La virginidad, por lo tanto, dentro de ese contexto, es un sinsentido inadmisible.
Aquella orden primera del Génesis de creced y multiplicaos, orden directa de Dios, revelación de su Dios, choca frontalmente con la doctrina novedosa del Testamento Nuevo en que habla de eunucos por el Reino de los cielos (Mateo 19.12) o “los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección de entre los muertos ni ellos tomen mujer ni ellas marido (Lucas 20.34). Dado que el evangelio de Lucas es posterior a las epístolas de San Pablo en cerca de treinta años, debemos suponer una cierta influencia de uno sobre el otro.
El origen de la aberración católica del celibato no es claro, pero debemos deducir que no procede del “pensamiento” de su fundador, Jesús, que era un judío convencido, sino del de su cofundador, Pablo de Tarso, cuyo psiquismo algunos han explorado sutilmente llegando a deducir que era un psicópata obsesivo. Ni vamos a estar de acuerdo con ello ni, por otra parte, importa mucho su personalidad a la hora de relacionar doctrina con persona.
Es ciertamente notorio que el Apóstol incide con mucha frecuencia en fustigar las perversiones sexuales, contraponiendo esas conductas con la situación de los célibes, que así pueden estar más cerca del Señor. Por supuesto que cualquiera que tenga un mínimo sentido ético estará de acuerdo con lo que dice, aunque no se entienda bien eso de que “Dios los entregó”:
Por eso los entregó Dios a pasiones infames, pues sus mujeres invirtieron las relaciones naturales por otras contra la naturaleza; igualmente los hombres abandonando el uso natural de la mujer, se abrasaron en deseos los unos por los otros, cometiendo la infamia de hombre con hombre… …los entregó Dios a su mente insensata para que hicieran lo que no conviene, llenos de toda injusticia, perversidad, codicia, maldad, henchidos de envidia, de homicidio, etc. (Romanos 1.26)
Ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los ultrajadores, ni los rapaces heredarán el Reino de Dios (I Corintios, 6. 9).
Asuntos de sexo, preocupación que Pablo de Tarso había dejado un tanto de lado cuando dice: “Mi deseo sería que todos los hombres fueran como yo”. Se propone como modelo célibe. Estaba ya entregado a menesteres que le absorbían totalmente, en nada distinto a cuantos son célibes por profesiones absorbentes. Su soltería es producto de una “sublimación psicológica” que recomienda pero no impone (I Corintios, 7).
En la Iglesia, por el contrario, el celibato es obligado para el clero porque, de forma perversa o quizá interesada, tergiversa conceptos: San Pablo recomienda, la Iglesia impone. Maravilloso retruécano o juego de palabras.
El hereje Joviniano le espeta a San Jerónimo: Nuevo dogma contra natura que se inventaron ciertos cristianos y atribuyeron después a Jesús y a Pablo, a lo que contesta el misántropo Jerónimo con lindezas sublimes como ésta: En cuanto a Adán y Eva, debemos suponer que antes de la caída eran vírgenes en el paraíso, pero después de pecar y ser expulsados, inmediatamente se casaron... ¡Genios de la elucubración a la medida de sus mentes enfermizas! Podríamos iluminarle a don Jerónimo diciéndole que la especie humana pervive, procrea y se multiplica por la unión física de hombre y mujer y que se atraen y unen por “culpa” de ciertas hormonas.
A partir tanto de la imposición –clérigos célibes—como de la libre elección --frailes y monjas— se produce un amontonamiento de doctrina sobre doctrina que desvela los maravillosos secretos que encierra la vida encerrada. El proceso secular es bien sabido: a partir del siglo IV, en Occidente, se percibe como algo “deseable” para la perfección, aunque tuvieron que pasar muchos siglos hasta “imponerse”. Recordemos estos hitos: papa Calixto II (1060-1124), Concilio de Letrán (1123 y 1139), imposición definitiva en el Concilio de Trento (1545).
Es opinión general que para ser perfectos no hay que encerrarse entre cuatro paredes ni el celibato añade nada en el camino de la santidad. Eso no es que sea del siglo pasado, es que lo es de hace mil años y más... No es preciso recordar cómo muchos que accedían a los monasterios lo hacían por prolongar o preservar la vida asediada por el hambre y las armas, con la salvación que procuraban los altos muros de los monasterios.
Había motivos espurios que también se dan hoy día: refugio de nobles segundones para acceder a altos cargos en la Iglesia; entrar en una orden o congregación para escapar de la pobreza familiar; medio de promoción social, como llevar a cabo estudios a cargo de la orden para, abandonado el convento, ejercer una carrera que de otro modo no hubiera podido… ¿Comprensible y justificable?
Reiteramos el hecho de que muchos optan por el celibato merced a situaciones vitales en que el oficio embebe su pensamiento y acción. ¿Sucede lo mismo en el clero y entre los religiosos? También, porque su misión les colma su vida. Ahora bien, hay hechos y situaciones que dicen lo contrario. Es el caso que en esta grey consagrada nadar contra corriente a la naturaleza lleva a estados mentales angustiosos, pervertidos o perjudiciales para la salud, cuando no a acciones punibles por la ley.