Pablo, en pleno siglo I, realiza una síntesis religiosa. Este judío gentil grecoparlante es un ciudadano romano que se autocalifica de “fariseo” y funda iglesias con alta representación de gentiles -que se organizan y comen en condiciones de igualdad con los judíos- y logra, de algún modo, que dichas comunidades sean económicamente prósperas.
Pero Pablo representaba una deformación del mensaje mesiánico y una traición en toda regla al nacionalismo judío, además de una herejía que se castigaba con la muerte.
No sólo era pecado compartir alimentos en situación de igualdad con incircuncisos que, además, no respetaban las restricciones y rituales alimentarios de la ley mosaica. Es que Pablo está predicando que Dios tiene un Hijo celestial y que éste es un Hombre-Dios que vendrá como Mesías en aquella generación, lo que es una afirmación pagana y blasfema.
Pablo fue lapidado una vez hasta que lo dieron por muerto y, en lo sucesivo, tendría que esconderse de los judíos ortodoxos. Finalmente, los romanos tuvieron que protegerlo (“apresándolo”, en condiciones muy ventajosas) de un grupo de judíos que querían lincharlo frente al Templo (el NT nos cuenta que habían jurado no probar alimento hasta acabar con su vida).
Pero cuando la I Guerra Judía finalizó, una década después de Pablo, desapareció todo: Jerusalén, el Templo, los esenios, el movimiento zelote…
Durante un siglo pervivirían fariseos en la diáspora, alguno de cuyos jefes (Akiba) aún apoyaría una nueva guerra masiva que estallaría al finalizar el primer tercio del segundo siglo. Esta estuvo aún mejor llevada que la anterior y fue sofocada por mandato del emperador Adriano, que hubo de empeñar mucha fuerza y afrontar mucho gasto en vidas, material y tiempo.
A partir de entonces, los judíos, admirados en el siglo I, fueron “sólo” tolerados y no muy populares. Se les permitió profesar un nuevo judaísmo, heredero del fariseo, aunque más retórico y exento de nacionalismo (bien que siguieron dándose revueltas ocasionales -y surgiendo Mesías- en la diáspora). Su refundación se sitúa en torno al año 200.
A la postre, los judíos pasaron a ser impopulares. En el futuro serían las autoridades romanas las que habrían de defender sus derechos.
Los nuevos evangelios del siglo IV hicieron a los judíos culpables de matar su propio mesías que, en lugar de anti-romano, ahora aparecía anti-judío, e iba a convertirse en un modelo de maestro pacífico.
Sus sermones se complementaron con frases de sabiduría (había una colección de dichos de origen en parte judío, pero parecen ser en su mayoría helenísticos) y, finalmente, Constantino impuso una fusión que contentara a todos: un Cristo mitificado que nace –más tarde se dirá que un 25 de diciembre- bajo señales celestes de una Virgen a la que un arcángel había anunciado su embarazo divino; a la cueva o pesebre acuden a adorarlo pastores y magos; un monarca reinante intentará eliminar sin éxito al Hombre-Dios(se emprende una matanza de niños –que sabemos inexistente- de la que huye milagrosamente).
Luego desaparece de la historia hasta que, niño aún, se pierde de sus padres y es hallado en el Templo, dando muestras de enorme erudición. Y llega la madurez: predicación (al principio con cierta oposición familiar y desconfianza vecinal), milagros y final (prendimiento, juicio, pasión y ejecución), que se sigue de una resurrección al tercer día.
Todo lo expresado forma parte del mito ubicuo a reproducir (aunque técnicamente Jesús tiene un calendario más apretado y no llega a estar muerto ni 48 horas). Constantino hace que se añadan otras tradiciones para contentar a los seguidores de otros credos como el del Dios Invicto (del que el emperador es Sumo Pontífice) y su versión mitraica.
De modo que el domingo pasa a ser el día del Señor, en lugar del sábado, y se introduce el rito sacrificial -y comida ritual- del cáliz con vino y el pan de trigo.
En resumen, Jesús pudo existir y llevar una vida que ningún historiador conoció. El propio Josefo nombra una decena de líderes mesiánicos, llena muchas páginas de cabecillas rebeldes, salteadores y guerrilleros, y dedica varias de ellas a procesos judiciales y ejecuciones que debieran ser menos relevantes que la de Jesús.
El hecho es que no parezca saber nada de Jesús, y un único párrafo interpolado –no creíble, mal insertado y excesivamente escueto- sirve de poco a favor de otra tesis que salve al personaje del olvido más completo.
Si fue un líder guerrillero, debió tener otro nombre (opina L. Cascioli, que propone el de Juan el Nazareo o Juan de Gamala, hijo de Judas el Galileo), porque no hay un Jesús que case con su ruta y vicisitudes y tenga menos de un siglo de distancia histórica con el citado en los evangelios.
Si fue un inadvertido rabí o maestro de sabiduría, nada casa con ello: ni el que haya sido ejecutado, ni lo poco que conocemos de él y de sus seguidores zelotes, que lo reconocen mesías y hasta discuten por su respectivo lugar en el reino, además de portar armas, entrar triunfales en Jerusalén y hasta hacerse momentáneamente fuertes en el Templo, para sufrir el varapalo del fracaso (prendimiento y ejecución de su líder), como reconocen.
Es por ello –y otros curiosos datos que nos señalan- que E. Doherty, Acharya S., F. Conde y otros varios autores negacionistas opinan que Jesús no existió y todo el personaje es inventado, tanto en su faceta mítica como en la que otros se esfuerzan en entresacar como personaje histórico creíble que vivió, predicó “la buena nueva”, intentó ser mesías y murió en la cruz.
La parte mítica del personaje (resurrección incluida) se corresponde con más de una decena de otros mitos precursores, todos ellos hijos de Dios y mujer (casi siempre virgen), que nacen un 25 de diciembre bajo señales celestes, siendo adorados por reyes y pastores en su cuevas o pesebre natal, sufren persecución y muerte cruenta, seguida de resurrección triunfal, siempre al tercer día.