Leer para no entender.


Dice Marcos en su libro (16, 17-18):

En mi nombre expulsarán demonios; hablarán nuevas lenguas; podrán coger serpientes; beberán venenos mortales y no les afectará; pondrán las manos sobre los enfermos y sanarán.


¿Lenguaje real o simbólico? Entonces, ¿pueden explicar los teólogos de modo tal que convenza a fieles e infieles, cuándo el Evangelio refleja hechos reales y cuándo simbólico-alegóricos?

¿O tales hechos milagrosos suceden entre nosotros de forma "abscóndita" sin que los mortales nos enteremos de su existencia?

¿O es que ya es pasado el tiempo en que todo eso que era necesario, necesario para la expansión de la Iglesia y, una vez asentada, no es menester recurrir a la magia?

Si hubiera que aceptar lo que dice el Evangelio como se aceptan las bienaventuranzas, en lógica exegética rigurosa no habría en la actual Iglesia creyente auténtico alguno que verdaderamente tuviera fe.

Sobre todo obispos y sacerdotes, porque, más a que a nadie, a ellos va dirigida tal perorata. Por asunción personal, ellos debieran ser los dispensadores privilegiados del milagreo, henchidos como están de fe.

Quizá no se den hoy día tales prodigios porque ni siquiera se atreven a intentarlo. Más que nada por temor a quedar como "no creyentes".

¡Qué refrán más oportuno aquel de que por la boca muere el pez!
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