Libre para ser servido.
Habría que retrotraerse a épocas prehistóricas para saber cómo se organizaban las pequeñas o grandes sociedades muy lejos de la complejidad a la que han llegado las nuestras. Decimos esto porque uno se pregunta si realmente había necesidad de llegar al exceso y a la desmesura a la que hemos llegado.
Cierto es que gracias a esas estructuras la sociedad ha evolucionado y avanzado en conocimientos y bienestar, aunque en algunos aspectos hayan estrangulado al individuo.
En el inicio de todo y hecha la salvedad a las instancias que conforman nuestro mundo, ni toda la organización y estructuras de los estados, ni la política, ni la ciencia, ni la religión han nacido para esclavizar al hombre y someterlo; están a su servicio, deben buscar y procurar su bienestar.
Desde el momento que tales estructuras exijan un "mantenimiento" que sea fin en sí mismo, en cierto modo se pierde el espíritu con que las mismas nacieron. Desde el momento en que alguien siente dentro de sí un imperativo, un mandamiento, una necesidad compulsiva de cumplir determinados dictados alejados del fin primero, en el caso de las religiones determinados ritos, ya no es libre.
La cuestión es bien clara y estriba en plantearse si "todo eso" le ayuda en el proceso de perfeccionamiento o no.
Paremos mientes en las religiones y de nuevo la pregunta de siempre: ¿es capaz el creyente crédulo de ejercitar en ellas actos de inteligencia? ¿Se da cuenta de en qué aspectos todo ese tinglado le ayuda, le libera o le esclaviza? ¿Es libre para rechazar lo que "parece" que le estrangula?
Huele a chamusquina el hecho de que, cuando un creyente inquiere sobre determinadas cuestiones, la creencia incluso tiene previstas esas "opciones de libertad" y las encuadra en el concepto "pecado": son "dudas de fe". Copio literalmente:
Un católico nunca puede lícitamente dudar de su fe. Y si alguno dudase positivamente... sería como un hereje... Todas esas dudas, las más de las veces contra su voluntad... son simplemente tentaciones.
Es decir, la actividad ¡normal! del intelecto, a la que debe responder la razón sopesando verdad o falsedad, se moraliza y se la hace objeto de pecado según la razón acepte o no su consideración: ¡qué suprema perversión!