En la prehistoria del sentimiento están los “libros sagrados”. Actas de nacimiento del horror. Son salvaguardas de clases, legalización de las diferencias: tú crees, te salvas, tú no crees, te condenas; tú perteneces a nuestro pueblo, te defenderemos con la vida, tú eres extraño que adoras a dioses extraños, eres reo de muerte.
Habían sido más sagrados que libros; más fetiches que vehículo de pensamiento escrito.
Que sean ahora, como textos que son, subproducto libresco de las culturas de la creencia y a fuer de tales, objetos de estudio y dignos de ser leídos como patrañas bellamente urdidas por la ingenuidad crédula o “consejas” de viejos al calor de la lumbre de las noches invernales.
Se tomaron el cuento de Hansel y Gretel como verdad y crearon los hornos crematorios: de la Biblia a Auschwitz sólo hay un paso que ningún hombre, en su sana evolución natural y cultural, se hubiera atrevido a dar.
Un paso que sólo Dios se atrevió a dar consintiendo que el hombre quedara sin esperanza.