Medio siglo es mucho.

En el asunto de la tradición oral, como es el caso de los hechos y dichos referenciados en los Evangelios, 50, 60 ó más años son muchos años. La fiabilidad de los recuerdos puede quedar en entredicho. 

Sigo a mis dos autores de referencia, A. Piñero y F. Bermejo, citados en el artículo de días pasados con la salvedad de que hoy ya es admitido por casi todos los que ponen fecha a la redacción a los Evangelios que el de Marcos fue escrito hacia el año 70 de la era cristiana; que los de Mateo y Lucas, bebiendo en la fuente de Marcos y alguna que otra que denominan Q (del alemán Quelle=fuente, pronunciado “kvelle”), se escribieron una década más tarde, hacia el 80 e.c.; y, finalmente, el llamado de Juan, hacia el 90 e.c. aunque hay quienes alargan la fecha hasta inicios del S. II.

Como es lógico, no se puede saber el año exacto en que dichos evangelios fueron escritos. Y se da por supuesto que las fechas corresponden a los textos originales, textos de los que sólo se conservan copias.

Hay aspectos sin importancia excesiva a la hora de valorar los Evangelios, pero las dudas respecto a la autoría son muy fuertes como para afirmar categóricamente que tales nombres corresponden a los redactores originales. La mayoría de los estudiosos afirman que los Evangelios son obras anónimas. Según eso, poco crédito se puede dar a las homilías al uso, como que el autor del IV Evangelio fuera el “discípulo amado”.

Tampoco es excesivamente relevante la lengua original en que fueron escritos. Los que se conservan nos han llegado en griego, aunque esto tampoco es un dato fiable al cien por cien. Algunos afirman que el evangelio de Marcos, el más antiguo, fue originalmente escrito en arameo, trasladándose luego al griego. Es ésta una cuestión que sólo los filólogos pueden dirimir.

Sí que es importante el hecho de que lo que se conserve sean copias y, algunos, copias de copias. Las reflexiones pueden conducir a “pensar mal” o al menos dan mucho que pensar. Si ya, de hecho, el que fueran redactados en fechas alejadas respecto a la desaparición del Fundador puede hacer pensar que hubo “elaboración”, más todavía induce a ello el que los distintos y sucesivos copistas “adaptaran” determinadas perícopas a las necesidades pastorales del momento.

Otro hecho que también importa es que el texto definitivo de tales evangelios, el “canon”, fuera fijado muy tardíamente, cuando fueron expurgados como “no revelados” tantos y tantos evangelios y escritos catalogados como apócrifos (del griego “apó” –lejos de, separado-- y “krüfos” –oculto, escondido, secreto--). ¿Por qué unos sí y otros no? ¿Por la inverosimilitud de lugares, milagros o sucesos? ¿Por discrepancias dogmáticas? ¿Por su falta de lógica interna?

Durante las décadas posteriores a la muerte de Jesús y para uso propagandístico, piadoso o pastoral se fueron recopilando o inventando dichos de Jesús, actos, sentencias, milagros… que se esparcieron por las distintas comunidades. Proliferaron abundantemente. Muchos de ellos ya fueron desechados inicialmente, en el siglo I e inicios del II; otros perduraron algo más. Según parece fue a finales del siglo IV cuando quedaron como definitivos los cuatro Evangelios.

Otro dato interesante a resaltar es que los evangelios fueran escritos para determinadas comunidades urbanas, todas en el ámbito del Imperio Romano, sobre todo la costa oriental mediterránea. El alejamiento cada vez más drástico de sus orígenes judíos contribuyó a la redacción de expresiones vejatorias hacia los judíos, a eliminar referencias cultuales y, sobre todo, a disculpar a los romanos del papel condenatorio que tuvieron en la muerte de Jesús.

La “secta” cristiana nació en el ámbito judío de Jerusalén. Debido principalmente a la diáspora tras las guerras judías el cristianismo se propagó por el Oriente Próximo, extendiéndose luego a comunidades no judías. Parece ser que el Evangelio de Mateo fue escrito para comunidades cristianas de origen judío; el de Marcos, se afirma que fue para una comunidad helenística o para los fieles de Antioquía; el de Lucas para fieles cristianos no judíos; y el de Juan parece ser dirigido a los cristianos de Éfeso. Por supuesto, nada de esto es seguro sino hipotético.

Pero vengamos al título de nuestro tema de hoy. En nuestros días se conservan datos fehacientes, legajos, registros de todo tipo, fotografías, etc. de cualquiera que haya tenido cierta relevancia social. En tiempos de Jesús el único registro de sucesos, dichos, sentencias y sermones radicaba en la memoria de quienes lo conocieron y, sobre todo, le siguieron.

Pero detengámonos en el hecho relevante de que Jesús fue condenado a muerte como malhechor o criminal o sedicioso o por lo que fuera. Los seguidores de Jesús vivieron una situación tan traumática que durante mucho tiempo no se atreverían a decir “esta boca es mía” en todo lo referente a su relación con él.

Por otra parte, ninguno de estos nostálgicos de la revolución del amor, los apóstoles, tenía capacidad alguna para consignar por escrito lo que su Maestro había dicho y hecho. Eran analfabetos funcionales y ágrafos de solemnidad. En las reuniones posteriores a su muerte sí que revolverían en el legado que Jesús transmitió. Y recordarían esto y lo otro. E interpretarían a su modo los sucesos de que fueron testigos.

Algo así como la rememoración que hacen adolescentes o jóvenes de las vivencias gratas tenidas con sus respectivos abuelos. ¿Qué queda pasados cincuenta años de las mismas? Vagos recuerdos las más de las veces engrandecidos por el efecto del tiempo en la memoria.

Otro tanto pasó con apóstoles y discípulos. Fueron pasando los años, es de suponer periodo en el que transmitieron los apóstoles dichos y hechos de Jesús, interpretados a su manera por los primeros prosélitos. Alguno habría que pusiera por escrito los recuerdos transmitidos. En un determinado momento, pocos años después de la crucifixión de Jesús, algo vino a trastornar el proceso de resurrección espiritual del Maestro: apareció un novedoso intérprete, Pablo de Tarso, que causó la estupefacción entre los que habían conocido a Jesús, propiciando con su interpretación su verdadera resurrección. Y con él llego la interpretación doctrinal de los hechos.

Recordemos que el primer escrito cristiano que se conserva es la I Carta a los Tesalonicenses. Los especialistas dicen que posiblemente fuera escrita en el año 51. Habían pasado veinte años de la muerte de Jesús y, sobre todo y por lo que hace relación a la verdad histórica, la interpretación de Pablo es pura elaboración teológica –finalista— de la figura de Jesús. Es decir, primer falseamiento.

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