Moral (IV). Razones de nuestra conducta moral (I)

Humanismo sin credos
10 may 2018 - 00:57

Muchos creyentes relacionan su moralidad con su fe religiosa. Entienden que sus creencias son la razón de su moral. Sin fe, no ven motivación para el altruismo, para no comportarse egoístamente, para evitar conductas que dañen a otros seres humanos. Sólo nos frenarían el temor al juicio de otras personas y las leyes penalizadoras.

Algunos debates dejan entrever esta preocupación sobre qué razón interna –esto es, dependiente de una conciencia moral y no de un cálculo sobre riesgos externos, asociados a un eventual castigo u ostracismo social- podría llevar a alguien que no crea en Dios a comportarse de un modo moralmente aceptable.

Recuerdo que éste fue un tema que sacaba redundantemente el arzobispo milanés Carlo María Martini en su diálogo epistolar con el profesor y escritor Umberto Eco(1); y el que aquí mismo han sacado varios comentaristas, reacios a entender que la motivación de una conducta moral pueda ser completamente ajena a la fe en una vida de ultratumba.

De algún modo, entienden, como Dostoievski, que sólo la creencia en Dios puede justificar una conducta moral y que sin ella todo nos estaría permitido.

Según este criterio, ser ateo es moralmente peligroso, ya que supone carecer de freno moral para la comisión de crímenes; por lo que en una sociedad de ateos el caos social estaría servido.

Sin embargo, nada de esto ocurre. Por un lado, los países más ateos no son menos seguros que los especialmente creyentes (2); por otro, los estudios realizados evidencian que los no creyentes no son peores personas que los creyentes. Véanse, por ejemplo, los emprendidos por Gregory S. Paul sobre robos, violaciones y asesinatos(3).

La razón es, una vez más, que nuestra conducta moral depende de nuestro sentimiento de empatía, no de nuestras creencias metafísicas. Nuestras razones para ser “buenos” y tratar bien a otras personas no obedecen a nuestras eventual creencia en la existencia de Dios, el alma o la vida post mortem. En cualquier caso, el posible efecto disuasorio que tales creencias pudieran tener en la conducta de las personas se ha demostrado poco menos que nulo. Frente a lo que pueda considerarse hipotética repercusión de nuestras acciones en vida sobre nuestra suerte en un más allá lejano e impreciso, la mente dispone de recursos justificadores de cualquier postura moral, cuya verdadera razón es ajena a este tipo de creencias. Lo que explica que tampoco la ausencia de las mismas torne más “malos” o egoístas. Lo somos en similar medida, seamos creyentes o ateos.

Mientras nos guste ver reflejada la felicidad en otros rostros y nos dañe su dolor, en tanto mantengamos esta sensibilidad propiamente humana, no tendremos motivos para causar el sufrimiento del prójimo. Por el contrario, los tendremos –porque nuestra emoción tiende a funcionar así- para ayudarlo a sentirse más feliz o menos desgraciado.

En realidad, la dimensión de nuestra entrega dependerá del afecto que sintamos por la persona con la que nos relacionamos, pero el hecho innato para la mayoría de los seres humanos es que hay gratificación interna en ayudar y sentimiento aversivo en dañar.

Alrededor de un 97% de nosotros somos sensibles al dolor ajeno, nos sentimos peor al imaginarnos haciendo lo que no queremos que nos hagan, engañando a otro o usándolo como medio para nuestros fines. Cumpliendo la denominada regla de oro.

¿Que hay excepciones, y que éstas van bastante más allá de un 3%? Claro que sí. Ese 3% es el que no detecta la inmoralidad, es ajeno al sentir del otro y entiende que tan lícito aprovecharse de otros como evitar que otros abusen de ellos.

Difícilmente su razón llegará a la conclusión de que su libertad acaba donde empieza la del otro; ni siquiera a entender cómo se siente ese otro victimizado, o aun que su sentimiento pueda ser relevante de algún modo. Pero un porcentaje adicional, aun entendiendo todo lo referente a los potenciales efectos de sus acciones, tomará sus decisiones primando su beneficio muy por encima del perjuicio causado a otras personas.

De algún modo, los miembros de las sociedades estatales modernas nos movemos en un mundo competitivo en el que algunos depredadores ágiles medran a costa de otras personas. Parte de este juego en el que se producen víctimas y triunfadores se considera “legítimo”.

Sólo nominalmente tenemos los mismos derechos –una de esas grandes mentiras usuales- y ni siquiera tenemos igual acceso a ciertas conductas inmorales.

¿No es “normal” que los ricos exploten a los pobres y que, en caso de infracción admitida a juicio, los primeros puedan pagarse buenos abogados que los eximan eficazmente de sus culpas? Aunque aquí hablamos de moral y no de justicia, la justicia puede ser “injusta” y alentar una desigualdad “inmoral”. El sistema alienta ciertas conductas y penaliza otras.

Las prácticas legales o sociales que implementan la desigualdad forman parte de nuestro ambiente y motivaciones. Incluso la hipocresía cotidiana: por muy bueno y edificante que sea el discurso que oigamos de un hombre importante y de probada fe, hemos visto que puede terminar delinquiendo a la menor ocasión en que pueda sacar tajada; e incluso mintiendo sin escrúpulos, aunque se halle bajo juramento ante un tribunal.

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(1)Umberto Eco, Carlo María Martini: ¿En qué creen los que no creen? Ediciones Temas de Hoy, 1997. Accesible en: https://goo.gl/JRFE5u. El arzobispo preguntaba: “¿En qué basa la certeza y la imperatividad de su acción moral quien no se remite, para cimentar el carácter absoluto de una ética, a principios metafísicos o valores trascendentes, ni tampoco a imperativos categóricos universalmente válidos? ¿Qué razones confiere a su obrar quien (tenga) principios morales, (para llegar) incluso a sacrificar la vida, sin creer en un Dios personal? O, dicho de otro modo, ¿cómo se puede llegar a decir, sin referencia a un Absoluto, que ciertas acciones no se pueden hacer de ningún modo, bajo ningún concepto, y que otras deben hacerse, cueste lo que cueste? ¿En virtud de qué pueden obligarnos (las leyes) a arriesgar la vida?

(2) Los más ateos: Chequia, Francia, Suecia, Noruega, Estonia, Dinamarca, Holanda, Japón, China…; los más creyentes: Tailandia, Armenia, Bangladesh, Georgia, Marruecos, Sudáfrica, Argelia, Kenia…

(3)Gregory S. Paul: National Correlations of Quantifiable Societal Health with Popular Religiosity and Secularism in the Prosperous Democracies. Journal of Religion & Society Volume 7 (2005). Accesible en: https://ffrf.org/uploads/timely/Religion%26Society.pdf.

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