Retrocedió la ciencia, retroceda la credulidad.


Lleva la iglesia católica más de cuarenta años intentando acomodarse a los tiempos “modernos” entre bandazos que van de posturas progresistas de pretendida incardinación en "este" mundo, como las emanadas del Concilio Vaticano II, hasta repliegues tácticos hacia el integrismo, como el que ha supuesto el reinado de JP-2 seguido del no menos burocratizado B-16, con sus cardenales acólitos y sectas (congregaciones) fundamentalistas.

Toda sociedad se defiende de su desintegración por los medios que considera adecuados, pero los logros conseguidos han sido más bien magros.

En los países cultos y prósperos, las Iglesias católica y protestante han sufrido un progresivo y doble arrinconamiento:

--en el ámbito de organización política, lo religioso se circunscribe a la esfera de “lo privado”, aunque todavía con parcelas públicas permitidas (en España todavía se consiente a la religión “pasear” sus lábaros y estandartes por las calles)

--en el ámbito de la creencia personal, una continua y lenta deserción, especialmente de jóvenes y personas de edad madura –el mundo de los trabajadores hace tiempo que desertó--.


Perciben fenómeno similar en el mundo judío y musulmán, incapaces como el cristianismo de luchar contra el proceso de dignificación humana. El hecho de que los fieles musulmanes pretendan mantener en suelo ajeno sus prácticas religiosas no tiene más sentido que el de conservar sus raíces y cultura: no tienen otra manera, dado que en su solar patrio la religión acaparó cualquier manifestación cultural profana.

La gran masa social no aspira a una vivencia más profunda de su religiosidad sino a un mayor bienestar personal y familiar, más cultura, más libertad...

Y como efecto sobrevenido por un lento pero progresivo conocimiento de lo que han sido las religiones en el pasado, reacción ante los desmanes religiosos, percepción histórica de que religión, ignorancia, guerras y pobreza son caras del mismo espantajo, la credulidad.
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