SECULARIZACIÓN / 3
En el calendario filosófico Prometeo ocupa el lugar más distinguido entre los santos y los mártires (Karl H. Marx)
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Max Weber describía la secularización como un proceso de “desencantamiento del mundo” (Entzauberung der Welt), que se da en la modernidad.
Con ello indicaba que el mundo deja de estar poblado de misterios y de fenómenos encantados, que la sociedad moderna se va vaciando de fenómenos sobrenaturales y que las instituciones religiosas pierden relevancia social.
La creencia religiosa abandona su carácter público y estatal para quedar recluida en la esfera privada del individuo, convirtiéndose en un asunto subjetivo de cada conciencia, en coherencia con el “politeísmo axiológico” que el mismo Weber señalaba.
“La Edad Moderna es el tiempo de la soberanía del hombre, cuando éste retrotrae a sí mismo la responsabilidad de dar un sentido a su existencia, de decidir sobre el propio destino, liquidando las formas medievales de heteronomía. El hombre es el protagonista de la historia; quien consuma un asalto incruento al poder de Dios. Las funciones que la tradición atribuía a la divinidad: creación de las cosas, dirección de la historia y redención del hombre, pasan a manos del hombre a través de la técnica, de la filosofía y del humanismo. El mundo es material amorfo puesto ante el hombre para ser modelado. El hombre expropia a Dios sectores tan cotizados como la verdad, el bien y la misma religión. El culto a la divinidad tiende a desaparecer a medida que el hombre crea una cultura y una civilización” (G. Gómez Heras, J. M.: “Religión y modernidad”, en M. Pindado (coord.): El hecho religioso. Datos, estructura, valoración. CCS).
Es precisamente el símbolo de Prometeo, tomado de la mitología griega y que el Marx humanista propone como modelo al comienzo de su tesis doctoral (“Diferencia de la filosofía de la naturaleza de Demócrito y Epicuro”), el que mejor representa este humanismo laico y antropocéntrico propio de la modernidad.
El joven Marx alaba la Fenomenología del Espíritu de Hegel por concebir la autogeneración histórica del ser humano (die Selbsterzeugung des Menschen) como el proceso y resultado de su propio trabajo.
En la antropología materialista de Marx es precisamente el trabajo, la praxis productiva, lo que constituye su actividad esencial, no el pensamiento ni las ideas de la conciencia, como sostenía el idealismo.
El fuego de Prometeo robado en la fragua de Hefesto representa la sabiduría y el conocimiento técnico puesto al servicio del frágil género humano debido al descuido y necedad de Epimeteo, tal como aparece en el Protágoras de Platón. Prometeo es el héroe trágico que desafía el poder de Zeus, padre de los dioses. Es el liberador que simboliza al ser humano convertido en demiurgo de su propio destino, que se rebela contra la tiranía de los dioses y de un mundo poblado de misterios de origen divino.
Representa de forma anticipada el sapere aude ilustrado, la mayoría de edad del ser humano que se atreve a emanciparse de su condición de esclavo, a través del conocimiento, del saber hacer técnico y de su propio trabajo, creando la cultura y la civilización.
Su actitud es la contrafigura del Cristo redentor, que se humilla asumiendo la condición de esclavo (doúlos) y se hace obediente a Dios padre hasta la muerte en cruz. La salvación humana es aquí una gracia celeste y divina.
La figura precristiana de Prometeo es al mismo tiempo un símbolo de una cultura postcristiana, cuyos valores del Reino de Dios (teocrático), al decir de algunos teólogos, se encarnan en los evangelios.
Los valores modernos de la libertad y de la igualdad son una conquista de la Ilustración y del liberalismo, no de los evangelios ni del Nuevo Testamento. La libertad e igualdad de los hijos de Dios se queda en el plano místico.
Pero ni Jesús ni Pablo se preocuparon por la igualdad social ni por la liberación de los esclavos, y mucho menos por la igualdad y liberación de las mujeres. Hubo que esperar a la vindicación de los derechos de la mujer defendida por Olympe de Gouges en la Francia revolucionaria o por Mary Wollstonecraft en Inglaterra, en consonancia con el proyecto emancipatorio de la Ilustración.
El pensamiento bíblico, en efecto, contemplaba la salvación y la vida eterna, pero no los derechos humanos:
“Ni Dios, ni Cristo, ni Biblia ni evangelios han favorecido libertad e igualdad. Estas se han aireado en teología en eco y a remolque de ideas y prácticas emancipadoras ajenas. Los valores básicos de la moderna sociedad democrática, los de la ciudadanía, derechos, garantías de libertad, aspiración a la igualdad, deben poco o nada a la tradición cristiana, sea la específica jesuádica o la bíblica en general. Deben a la Ilustración y a líderes, sean independentistas o revolucionarios, que a ambas orillas del Atlántico desde finales del siglo XVIII acometieron la empresa de cambiar la sociedad” (Cfr. Alfredo Fierro: Después de Cristo, p. 409).
Mientras tanto, los papas del XIX, en especial Pío IX, y del s. XX lanzaban anatemas contra todo lo que sonase a libertades, a liberalismo y a “modernismo”.