La administración de lo sagrado

Muchos católicos, convencidos de que la religiosidad es algo espiritual y en buena fe de querer regenerar la Iglesia, se sienten incómodos de pertenecer a una Institución que brilla más por lo contrario: rígidamente organizada, jerarquizada y regulada por leyes en nada distintas a las civiles. Es el grito continuo de tantos teólogos comprometidos con el espíritu de lo que explican y poco adictos a la letra y a los ritos a que se ven sometidos y obligados a practicar.

Todos ellos preferirían sentirse, no miembros de un cuerpo administrativo sino “miembros del Cuerpo Místico”. Quisieran otra Iglesia, humilde, servidora, despojada de cualquier relación con el poder temporal, una iglesia hecha de fieles que a sí mismos se regulan...

¿Por qué no camina la Iglesia en esa dirección? Psicología y sentido común: nadie que detente el poder va a consentir, “motu proprio”, verse privado de él.

A tal grado de institucionalización, de burocratización, han llegado que la labor de los obispos --en esencia “pastores de almas” y dispensadores del Espíritu-- se consume en gestionar el inmenso patrimonio acumulado y dar solución a los mil pequeños problemas temporales que su rebaño demanda (ya es sintomático, hoy, hablar de rebaño y de pastores). Eso sí, añoran los tiempos en que eran “algo”, en que un dicterio suyo era ley temporal o que, en un sentido plenamente pastoral, su vida era entrega a la labor espiritual de apacentar la grey.

Se añade a este grave problema interno otro extrínseco y no dependiente de su propio hacer. Hoy la inmensa mayoría de la población mundial es urbana (en España el 80% de la población vive en municipios de más de 2.000 habitantes y, de esos, el 50% en poblaciones de más de 500 mil habitantes), con todo lo que eso supone: transporte privado y público, propiedad vertical y comunidad de vecinos, supermercados, puesto de trabajo casi siempre alejado y, sobre todo, en relación a la religión, sin contacto inmediato con la naturaleza.

La dependencia e incluso referencia al mundo agrícola, a los cambios de estación, a los fenómenos de la naturaleza, a las tareas agrícolas no es determinante en su vida. La mayor parte de los urbanitas no tienen idea alguna de cosmología o astronomía, climatología, agricultura, ganadería, etc. Y la verdad es que todas las religiones, por haberse originado en pasados remotos, beben en las fuentes de los cambios climáticos y de los fenómenos atmosféricos. También su literatura.

Hoy los creyentes, al igual que las personas normales, han perdido la referencia de cuanto creen, oyen o practican. O, en todo caso, entienden los relatos en sentido bien distinto a como fueron escritos y a como los comprendían en otros tiempos.

Las fiestas solares, las saturnales de los romanos, por ejemplo, no significan nada; las brumas propias del Adviento, ni se perciben; las tinieblas nórdicas como metáfora del pecado y su cuaresma ya no asustan; los cambios de la luna --el paso, la pascua— ni se aprecian o son pura referencia cultural sin relación con la realidad, pues la realidad vital del creyente actual es bien distinta al modo como vivía la humanidad en las épocas remotas en que nacieron las religiones.

De igual manera, el "funcionariado de lo sacro", a fuer de tal, vive la letra que no el espíritu de lo que cree y de lo que practica. Su diario discurrir está regulado por un horario y se realiza en locales concretos. Las oficinas de cualquier obispado son reales, en modo alguno distintas a las de la vida civil.

Allí el sacrosanto amor de Dios “se cuece” de manera bien distinta y el sublime amor al hermano se ve salpimentado con salsas de chascarrillo, risas venenosas, vapores de silencios pegajosos; un "no pensar", un diario revolver lo humano de lo divino. Campañas de...; reuniones para...; visitas a o de...; viajes de y a...; carteles sobre...; nóminas...; destinos...; propuestas...

Lo sagrado se ha tornado burocracia. Una recomendación para sentir la realidad de lo que aquí decimos: pierda una mañana, a fuer de creyente cumplidor con los deberes sagrados cualquiera que tenga apego a lo sacro y pásese por la sacristía de cualquier parroquia. Allí percibirá cómo aterriza y se hace realidad la “excelsa vocación” sacerdotal.

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