Las chispas que inducen a dar de lado las creencias (2/2) Testimonio personal.

Leo en un autor citado en varios escritos anteriores esta rotunda sentencia:

Si un cristiano comienza a pensar -a pensar con lógica, se entiende--, y a obrar en consecuencia, el resultado será siempre un no-cristiano, o bien, concedamos, un oportunista.


A propósito no he consignado el nombre porque, en el mundo de la credulidad, el nombre es o sinónimo de falsedad (y desprecio) o garantía de veracidad.

En el escrito de ayer hablaba de "chispazos mentales". Se presentan, como en muchas ocasiones sucede, espontáneamente, sin importancia aparente, pero dejan su poso de duda, dejan su rastro ["venenoso" sería "su" calificación] en el cerebro y surgen de vez en cuando como reclamo de racionalidad: obligan a pensar.

Es mi caso y es el de muchos: para unos serán estas vivencias, para otros pueden ser aquéllas. Unas u otras conducen a reflexionar y, al final, a poner en su sitio las creencias que introdujeron con calzador en la infancia y quedaron remachadas en la juventud. Por lo general es la vida que choca contra lo que se cree.


-- Muchos de nosotros, en aquellos tiempos sin ingresos y algo semi duros, dedicábamos los veranos universitarios a trabajar. Uno de ellos lo pasé en la Central Atómica de Garoña; otro fue en la Zona Franca de Barcelona... Fue allí donde un jefecillo me espetó: ¿Y tú te crees que María y José [gesto de coito]? ¡Vamos anda, que eso de la virginidad no se lo cree nadie! Mi reacción fue de espanto. Pero ahí quedó el testimonio de "alguien", una persona.

--Fue mi última confesión. Navegaba en un mar de dudas sobre lo que sustentaba mi fe y quería dialogar, más que confesar. Me acerco y el franciscano pío me espeta: "Sí, pero rápido, que tengo prisa...". ¿Prisa ante el drama que yo estaba viviendo?

--No recuerdo ni quién ni cuándo lo dijo, pero en mí quedó grabada esta reflexión sobre los procesos de santidad que terminaban en el Vaticano: "¿No ves, no caes en la cuenta de que las órdenes más poderosas y con más dinero son las que más santos tienen?" Ah, ¿pero la santidad dependía del dinero? Más tarde, y sin mayor interés por mi parte, he visto confirmado este hecho, incluso de manera directa y personal: Teresita González Quevedo frente a José María Escrivá de Balaguer.

--Íbamos de visita a la casa de campo de unos conocidos en compañía de un amigo sacerdote, al que aquéllos no conocían. En el camino nos dice, sentado detrás, en el coche: "Oye... pero no les digáis que soy cura, ¿eh?" Se instaló dentro de mí un silencio espeso, porque yo sí me sentía orgulloso de mi trabajo.

--También fue algún verano, aquellos en los que participamos, con Santiago Amón y el arquitecto Peridis en la rehabilitación de Sta. María la Real de Aguilar de Campó, recorriendo las iglesias románicas de Palencia. El malogrado profesor de arte, con aquel verbo directo que le era tan peculiar, nos dijo de un párroco: "Es un cura muy cachono, nos lo pasaremos muy bien con él... ¡No cree en Dios, pero es lo mismo!" Ciertamente que había un punto de ironía y un todo de hipérbole en lo que decía, pero... ahí quedó la reflexión. Basta oír los sermones de muchos curas, generalmente entrados en años, para calibrar tales palabras. San Manuel Bueno de Unamuno.

--En mis tiempos de obligada, pero asumida como vivencia relevante, misa dominical, con formación suficiente como para poder emitir juicios, era bochornoso comprobar el calado de los sermones, homilías, de determinados frailes (mi iglesia estaba regentada por frailes). Poco más o menos trataban al fiel de semi imbécil o corto de inteligencia. Con menos acritud así lo comuniqué al sacerdote "amigo" en alguna ocasión: "¿No podrían tener más hondura teológica y no recurrir a tantos tópicos, siempre los mismos, etc.?"

--Otro chispazo temprano, cuando mi fe era firme como de pedernal, fue oír a un futuro contrayente esta frase: "¡Pero es que ese cura no piensa más que en el dinero...!". Se iban a casar y al entrar fue lo primero que les dijo el párroco: la boda cuesta tanto.

Son ramalazos que incitaban a cavilar. Como digo, chispas que pudieran o no provocar un incendio. Y tal incendio vino al añadir datos y más datos sobre el "cuento" de las religiones, sobre la "verdad" encerrada en sus verdades:

-- Realicé un trabajo extenso en aquellos años "comunes" de la universidad sobre "Las religiones mistéricas de Eleusis" Cuando fui cotejando datos y expresiones rituales, no me lo podía creer: la mismísima misa católica era un calco de tales ritos mistéricos.

--Una de las asignaturas "hueso" en Psicología era la que versaba sobre vías y centros nerviosos --Psicofisiología-- Allí fue donde cayó por tierra lo que después, en otros libros, titulaban "el mito del alma". Allí comprobé que esa teoría crédula de "alma inmortal", etc. etc. era un cuento sin base ni fundamento alguno. Ni siquiera bíblico.

--Podría pero me está vetado hablar de la última experiencia, confirmativa de mi alejamiento de este mundo siniestro, babeante, meloso, putrefacto y mendaz en que se mueven aquellos que rigen la credulidad, experiencia relacionada con un alto dignatario de la burocracia hispana de la fe.

Lógicamente las "excesivas" lecturas sobre estos temas han venido a confirmar lo que en su momento no eran sino leves, o gruesas, sospechas del gato que la credulidad había encerrado con mil llaves. Precisamente en estos días estoy re-descubriendo, en su enormidad y con las enormes o terribles consecuencias que en la historia de la Iglesia han tenido, datos y más datos confirmativos de cuanto el historiador de referencia ha calificado como "Historia criminal de cristianismo". Leer para conocer. Y conocer para decidir. En mi caso para "confirmar". ¡Cuidado con las "malas" lecturas!

Y no es novela histórica. Ahí aparecen datos comprobados, vistos también con perspectiva distinta, confirmados por cientos, miles de citas al pie que dan cuenta de su veracidad, y que dan fe de que no son especulaciones o invenciones del autor.

Pero, ¿quieren que les diga algo que parecería contradecir lo expuesto hasta aquí? Curiosamente eso no me llevó a dudar nunca de las personas --tengo muchos conocidos y amigos dentro del estamento--. Aquellos que yo conozco y con los que me relaciono son estrictos en su trabajo, afables, honrados a más no poder, dicharacheros incluso, de conversación profunda... Son, cuando entre amigos estamos, personas.

Otra cosa son aquellos con los que no hay relación de personas sino de oficio. O aquellos que se han recubierto de tal modo de la pátina crédula que ya no manifiestan el más mínimo asomo de humanidad [ayer supe de primera mano, suegra y cuñada, del caso de "una" numeraria del Opus que... Pero dejémoslo para otra ocasión]
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