Última hora
Que acabe ya la guerra

Las chispas que inducen a dar de lado las creencias (1/2). Reflexión

Humanismo sin credos
10 jun 2013 - 22:44

Estaremos de acuerdo en que tanto para creer como para no creer existen motivos. Motivos que pueden ser de índole muy diversa: vitales (relacionados con el sustento personal o familiar), existenciales (que se refieren a la realización personal de cada uno), racionales, sentimentales, de afinidad social, incluso materiales...

Y también deberemos estar concordes en que tales motivos tienen una justificación. Y en que, al considerar tales motivos, y obrar en consecuencia, unos y otros reciben la congrua gratificación vital.

Pero ¿quién o qué pone cordura, orden, prelación o valoración en los motivos?

Estaríamos por decir que la justificación de los motivos reside en la propia razón o en la propia conciencia, pero esto ya es presuponer demasiado.

En el caso de las creencias (digamos "políticas" para no poner en guardia a un posible interpelado) las razones --motivos-- que inducen a comportarse como un borrego no pasan por la razón. Son de otra índole: el sentimiento de pertenecer al clan, el poder gritar sin temor al ridículo, el honor de ser portador de una bandera o una pancarta bien visible, el agrado de los superiores en rango y decisión... cuando no el dar rienda suelta a los instintos más serviles.

Rara vez encontramos convicciones que hayan madurado en la intimidad, en el sosiego de la lectura, en la crítica adulta y sensata. ¿Quién lee el programa de los "partidos" y recopila datos extractados de su paso por el poder para contrastar hechos con programa?

Cuando esto se da, cuando alguien reflexiona, no procede cual vocinglero sindicalista. Utiliza los cauces oportunos para expresar y hacer oír sus deseos. No mezcla su vocerío con la masa, porque la masa, por definición, carece de cerebro. Lo ha prestado y vive por ello de prestado.

¿Sucede otro tanto en el caso de las creencias religiosas? Parecería la maduración personal lo impregna todo, porque precisamente las mismas fomentan la reflexión individual y personal, la meditación en las verdades que se creen, la serena aquiescencia reflexiva a lo que aprendieron.

Miremos las cosas bajo otro punto de vista. La verdad de las cosas está ahí, es una y única, pero es necesario encontrarla o encontrarse con ella: para ello es preciso barajar muchos supuestos y atender a muchas fuentes. Un proceso judicial podría ser imagen de lo que decimos: pros y contras; argumentos y contra argumentos; razones y datos...

Vistas así las cosas, esa reflexión sobre las creencias que preconizan --recogimiento, meditación, aceptación-- no es objetiva. Más bien no es plural. Ni toma en consideración otros elementos. Se nutre por lo general de los propios conocimientos. Encuentra razones en sus mismas razones. Medita una y otra vez los mismos misterios.

Son los sempiternos "supuestos" indiscutibles de la fe: Dios es, Jesucristo vino, Cristo murió, Jesús nos salva, María es virgen y es la madre de Dios... Tales "misterios-verdades" no son nunca objeto de examen discriminatorio ni se ponen en cuestión.

Dirán que así sucede en cualquier campo del saber: el científico, incluso el filósofo especulativo, da vueltas y vueltas sobre las mismas ideas hasta que surge la "verdad". Sí, pero esa verdad la somete a prueba, la somete al examen de los demás... hasta que queda establecida como tal. Y entonces, la entienda o no el vulgo, debe ser admitida. No tengo ni idea del cómo y el porqué de que al apretar un botón se abra la puerta de mi garaje, pero es así, la cosa funciona.

¿Es lo mismo en el caso de las "verdades religiosas"? En modo alguno. Las verdades religiosas se ofrecen a la mente como verdades constituidas, objetivadas y, sobre todo, reales y ciertas.

El proceso de aceptación de una verdad dogmática religiosa –también las “otras”, por supuesto-- se inicia en la niñez, cuando no hay bagaje mental necesario para discernir el trigo de la paja. Y pasa el tiempo y dichos axiomas se van nutriendo con otros, van “engordando”, se auto alimentan…

O van cayendo por tierra.

Consideremos el segundo caso. ¿Por qué aquello que en la niñez y juventud se presentaba y aparecía como pletórico de vida y vitalidad, se agosta, queda arrumbado, se desprecia o se impugna?

Las razones son variadas y su evolución parsimoniosa. No suele ser un proceso “fulminante”, como, al contrario, dicen que fue el caso de Pablo de Tarso. En la gran mayoría, en la gran masa que antes creyó y ahora, aún afirmando que cree, no practica, es gradual, progresivo e imperceptible. Comienza casi siempre por un alejamiento de los ritos, ésos que alimentan la fe y remachan tales “postulados” de credulidad.

Aunque ése suele ser el caso de la gran mayoría de los que, alejados de la práctica, olvidan lo que creyeron, sin embargo también hay un cambio que es consecuente a un proceso de reflexión.

Las verdades religiosas, por su profundidad cognoscitiva, no pueden cobrar valor hasta quizá el inicio de la madurez. La infancia vive el aspecto mágico de las mismas; la juventud se enardece con los ejemplos y se entrega a ellas con ilusión y ardor. La infancia, por su parte, se entrega al rito piadoso por un efecto de mímesis que extrae de los adultos, pero sin tener "consciencia" de lo que eso representa. Hace una traslación de sus vivencias materno-paternas a aquello que se le presenta más como símbolo que como supuesta realidad.

Es la madurez la que pone las cosas en su sitio. Y precisamente uno es maduro porque es capaz de verter sus criterios sobre sus vivencias. También porque se da cuenta de cómo han de ser las cosas y tiene voluntad para obrar en consecuencia. Y es en este momento cuando opta por esta o esotra singladura, vivir más en profundidad lo que cree o bien poner en cuestión todo ese mundo.

Decimos todo esto para salir al paso de aquellos que hablan de "pérdida de la fe", de "poner la mano en el arado y echar la vista atrás", de "rebotados"... ¿Y no admiten ese proceso de reflexión?

El mundo de la religión no es distinto de cualquier otro que tenga relación con la propia persona, con el yo --al margen del "otro"--. Y el conocimiento siempre es progresivo. Y, como he dicho arriba, no suele ser una transformación fulminante sino por grados. Son pequeñas grietas --chispazos mentales-- que van resquebrajando la gran presa que contiene las aguas de la credulidad.

Como testimonio personal --que también tiene su validez-- ya he escrito aquí en repetidas ocasiones vivencias primerizas y puntuales que me condujeron a reflexionar y, a fin de cuentas, poner en su sitio las creencias inculcadas en la infancia y, sobre todo, en la juventud. Seguiremos mañana.

También te puede interesar

Lo último

stats