La contaminación religiosa.
La religión es lo puro, lo espiritual, lo sublime... Lo humano se cuela en los palacios de la fe y todo lo contamina, lo llena de pecado, de debilidad, de imperfección. ¿Todo en la religión está contaminado por lo humano?
Más bien es al revés, todo lo impregna y contamina la religión. La religión envuelve, abarca, “comprehende” las acciones, las omisiones, los pensamientos, las emociones, los actos y los “no actos”, todo.
Dice preocuparse de lo pequeño con el propósito de elevarlo a lo grande, a lo sublime. Más bien lo que hace es ramonear en todo lo que ella considera pequeño hasta dejar el pasto hecho un erial.
La religión no es una piel, es la carne entera. Nada escapa a su contaminación cancerosa. Suplanta al individuo, se lo traga, lo engulle, lo fagocita.
No pueden convivir vida humana y religión porque la vida se torna religión... si la vida se deja. Es el tornado del existir.
El crédulo sólo aprecia la grandiosidad que encierra el viento huracanado del Espíritu que lo atrae y lo embaba, hasta que se encuentra sumergido en el torbellino y ya no puede salir.
Y allí, en la aspiradora de la vida, se encuentra luego con la miseria de lo que encierra lo religioso, polvo, nada, briznas, sequedad, basura. Eso es lo que encuentra el creyente.
Pero tornan a embutirse de nuevos ritos, por ver si encuentran algo... y uelta a comenzar. Allí dentro, dicen, refulge lo espiritual pero obnubilado por las debilidades humanas.