Sobre creencias (III). Las creencias de los españoles (II)
“Nuestro país –continúa D. Antonio Cantó (1) - aún se halla en la zona media-alta de la religiosidad europea, con Francia y varios países nórdicos y bálticos en la parte inferior, mientras que Italia, Polonia, Portugal, Grecia, Chipre y Malta (y Turquía, si entrara en la Unión) son los más creyentes.
España, pues, sigue inmersa en la tendencia general de secularización, sincretismo y pérdida de religiosidad organizada que viene caracterizando a las sociedades europeas. (…) Esta tendencia se ha plasmado claramente en la última década. Más allá de la denominación que se dé, los españoles están abandonando los templos a millones. Cabe reseñar que 2004 fue el primer año en que el número de ateos y no creyentes superó al número de católicos que participan en los oficios todos o casi todos los domingos y fiestas de guardar o más a menudo”.
Por otro lado, decrece el número de sacerdotes y religiosas, cuya edad media superó los 60 años hace mucho. El número total de sacerdotes diocesanos descendió de 24.300 en 1975 (uno por cada 1.441 habitantes) a 19.307 en 2005 (uno por cada 2.285 habitantes), y en ese plazo de tiempo al menos 6.000 de ellos contrajeron matrimonio.
El científico se pregunta por la razón de este descenso. Y trata de responderse (2).
El declive progresivo de las creencias religiosas de los españoles no es sino parte del que se está operando en los países de Occidente.
“Se oye con frecuencia en los ámbitos más ultras del catolicismo –reflexiona D. Antonio- que este retroceso de la fe organizada se debe a la pérdida de referentes claros (queriendo decir duros), al aggiornamento de muchos sectores religiosos que ellos perciben como tibieza, cuando no traición. También acusan de la caída a un percibido anticlericalismo sociopolítico "que juega a la contra" y que tiende a repetir los clichés de otros tiempos: masonería, comunismo, izquierdismo, homosexualismo, judaísmo... Inevitablemente, disiento con ellos. Ese es un análisis facilón e interesado, acomodaticio, que obvia numerosos hechos históricos, filosóficos y sociológicos a gran escala.”
Entre estos, D. Antonio resalta los siguientes:
-Cosmovisión. Los dogmas inamovibles y la autoridad doctrinal, esenciales al hecho religioso organizado, son fundamentalmente incompatibles con las sociedades democráticas abiertas. Una sociedad que fomenta la individualidad, la pluralidad y el libre pensamiento difícilmente aceptará, al menos de forma mayoritaria, un conjunto único de verdades reveladas establecidas por un grupo único de individuos elegidos a quienes no se puede discutir.
-El extraordinario progreso de la ciencia y la técnica a lo largo de los últimos siglos ha ido ocupando muchos espacios que anteriormente regentaba la religión. Aunque ninguno de estos avances resulta devastador para la creencia tradicional, en conjunto ofrecen explicaciones cosmogónicas y beneficios materiales que diluyen las explicaciones y beneficios de la fe.
En la sociedad actual, muchas personas sólo consideran válido el conocimiento obtenido por métodos análogos al científico –datos, pruebas, razonamientos, aunque sean más o menos sesgados–.
En sociedades así, las búsquedas de la verdad por fe, por revelación o porque lo diga un libro o un hombre antiguos carecen de credibilidad. Pueden funcionar en circunstancias muy emocionales o de aislamiento, pero después se van debilitando ante el predominio del pensamiento racional.
-Pérdida de liderazgo. Se deriva de las dos anteriores. En el pasado, las religiones organizadas tenían a los principales creadores de pensamiento, opinión y filosofía. Pero los tiempos de Santo Tomás de Aquino o Guillermo de Occam pasaron hace mucho, y hoy esos creadores se hallan en otros ámbitos: las empresas, la política, los medios de comunicación, el mundo científico. Y las religiones organizadas van a rastras, ya no poseen las cabezas más brillantes, y se adaptan mal y lentamente a las innovaciones.
-Valores desadaptados. En otros tiempos, las sociedades evolucionaban muy lentamente. Las sociedades modernas se transforman a gran velocidad. Poco a poco, los valores tradicionales pierden su sentido conforme las personas se adaptan a nuevas formas de vida y pensamiento. Una buena parte de esos valores ya no sirven y sus proponentes van perdiendo audiencia, interés y respeto.
-Pluralidad de oferta. Desaparecidas para bien las religiones de Estado en el mundo occidental, y existiendo sociedades abiertas y plurales, las creencias organizadas convencionales tienen que competir constantemente con otras ofertas que para la mayoría del público resultan más agradables y adaptativas.
-Conflictividad sociopolítica. La frecuente asociación de las religiones organizadas con determinados ámbitos del poder u opciones políticas específicas aleja a los sectores sociales que no están de acuerdo con las mismas.
-Pérdida de crédito social y distorsión perceptiva. Como consecuencia de todo lo anterior, el abismo entre amplias capas de la sociedad y las religiones organizadas se amplía cada vez más, y las vías de comunicación se van cortando. Por razones de psicología grupal, la gente religiosa va perdiendo sensibilidad sociológica y no comprenden, o les cuesta aceptar, lo que millones de personas piensan o desean de ella. En el proceso, dejan de comprender qué mueve a la gente, y poco a poco, a veces por escándalos y a veces a la chita callando, pierden crédito y respeto. Todo lo cual refuerza los demás elementos, en un círculo vicioso sin fin que termina generando, por un lado, un núcleo de partidarios duros entre los duros, y, por otro, una creciente animadversión o indiferencia.
“Pienso que las religiones organizadas, en su forma actual, no tienen la capacidad de superar estos problemas en el medio y largo plazo. Con altibajos, como todos los procesos históricos, seguirán languideciendo. Estos procesos son lentos, y pueden tomarse generaciones, con avances y retrocesos.”
“Pero observando lo ocurrido en los últimos 250 años y particularmente en el reciente medio siglo, el proceso parece irreversible. En las sociedades contemporáneas, las religiones tradicionales están atrapadas en una trampa mortal: o mantenerse fieles a su doctrina con el apoyo de un grupo de incondicionales cada vez más reducido y una animadversión social cada vez mayor, o abandonar sus dogmas y entonces dejar de existir para transformarse en otra cosa. Yo no sé si Dios habrá muerto o no, como dijera Nietzsche. Lo que sí sé es que, a este paso, las religiones tradicionales terminarán desapareciendo en las sociedades abiertas. Quizás, lo último en perecer serán sus formas y apariencias externas. Después, nadie sabe qué ocurrirá, ni si surgirán nuevas formas de espiritualidad, quizá mejores, quizá peores.”
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(1) http://lapizarradeyuri.blogspot.com (El estado de la religión en España 2009).
Aunque sean, precisamente, los países de Europa y los EEUU los que han liderado esta transformación moderna, la explicación no debe ser de índole paradójica. (Pienso en aquella hipótesis de que el cristianismo incluye el germen de su superación, vía humanismo, Ilustración, ciencia y derechos humanos… Lo que, en cierto modo, suena a desvarío. ¿Conduce al ateísmo? No lo creo...
(2) http://ec.europa.eu/public_opinion/archives/ebs/ebs_225_report_en.pdf, y reproducido por Yuri (el científico Antonio Cantó y bloguero de: http://lapizarradeyuri.blogspot.com (El estado de la religión en España 2009. Secularización e indiferencia generalizada, diversidad, sincretismo y lento ascenso del escepticismo caracterizan a la sociedad española del siglo XXI.)