Y no digamos los musulmanes...

Hablábamos aquí, hace días, de las abundantes contradicciones que aparecen en libro sagrado de judíos y cristianos. Faltaba citar el libro de los libros del Islam, el Corán.

Sírvanos la ironía para precisar conceptos: si los fieles de la religión “verdadera”, la católica, no son capaces de hincar el diente en las suyas, menos los prosélitos de religiones mucho más ancladas en la "perversión doctrinal" como pueden ser los musulmanes. Inútil sería convencerles de las contradicciones en que están sumidos.

Y si de afinidades contemporáneas a ideologías abyectas hablamos, en algún artículo anterior hemos citado la complacencia que Hitler mostraba hacia el Islam, religión de triunfadores, viril, guerrera, conquistadora y, en el fondo, militar. Ese amor fue generosamente recompensado. No sólo el gran muftí de Jerusalén fue su gran aliado en el Oriente Próximo, también lo fueron quienes se declaraban positivamente antisemitas y anti sionistas. Ambos tenían en común el odio hacia los judíos.

Finalizada la guerra, reputados dirigentes nazis consiguieron protección en Siria, Egipto, Arabia Saudí y Palestina . Muchos de ellos ocuparon cargos relevantes en los servicios secretos de estos países. Pero esto también es otra historia. Ahora hablamos de contradicciones doctrinales

Como en la Biblia (Antiguo y Nuevo Testamentos), idénticas y mayores contradicciones se aprecian en el Corán. Lógicamente y en su medio cultural, no se ven como tales, sino fragmentos aislados unos de otros para acomodarse y responder al lugar y momento que convenga.

Dicen los “entendidos” que El Corán procede de forma directa de Alá (sura IV, 50).

“Vosotros que habéis recibido Escrituras, creed en lo que Dios ha hecho descender del cielo para confirmar vuestros libros sagrados...”

Y la máxima prueba, para ellos, es que, según dicen, no contiene contradicciones (¡).

Por cierto, y en relación a la celebración del pasado día 8 en nuestro ámbito occidental pretendiendo “algo” para las mujeres, bueno es recordar, de esta misma Sura IV, el versículo 38:
“Los hombres son superiores a las mujeres, a causa de las cualidades por medio de las cuales Dios ha elevado a éstos por encima de aquéllas. Las mujeres virtuosas son obedientes y sumisas... Reprenderéis a aquellas cuya desobediencia temáis: las relegaréis en lechos aparte, las azotaréis...”


Dicen que no contiene contradicciones por lo que el propio Libro afirma de sí mismo: lo que expone es con inteligencia (VI, 115: “Las palabras de tu Señor son el colmo de la verdad y de la justicia”); lo que explica lo hace con claridad (XXII, 16: “Así es como te hemos revelado el Corán con signos [versículos] evidentes); contiene toda la verdad y está lleno de claridad (XXXIX, 28.29: “Ya hemos propuesto a los hombres en este Corán toda clase de palabras a fin de que reflexionen. Este es un libro árabe cuya palabra no es tortuosa a fin de que los hombres teman a Dios” )... Y por supuesto, frase reiterada hasta la saciedad, Alá es “el Clemente y Misericordioso” (que se lo digan a las mujeres y a los enemigos del Islam).

Según los exegetas del Corán, Alá es nombrado con 99 nombres, unos concordes con la reiterada apelación anterior: “el que todo lo perdona, el Justo, el Equitativo, el Benévolo, el Bondadoso, etc. Pero también, oh contradicción primera, es “el que envilece”, “el que causa la muerte, el que quebranta a los que le ofenden, el que causa la muerte, el vengador...

Alá, como el Yahvé o Elohim bíblicos son, por supuesto, magnánimos. Pero el primero ni siquiera con los suyos. Alá ordena pasar a espada a quien se le oponga; en su nombre quedan abatidas las naciones; en su nombre se tortura, se quema, se saquea y se masacra con mayor frecuencia con que ordena practicar el amor.

No otra es la historia de los primeros y segundos tiempos de la expansión musulmana. La misma vida de Mahoma fue un claro ejemplo del envilecimiento que procura la crueldad.

- El Mahoma de Medina llevaba a cabo razias durante las guerras tribales
- Tomaba prisioneros de guerra que generalmente eran asesinados
- Se apropiaba de las riquezas de los vencidos
- Mandaba a sus “amigos” al frente de guerra, como David con Urías.
- Oculto en una trinchera veía cómo huían a la desbandada sus fieles seguidores
- Eliminaba a sus adversarios por medio de sicarios
- Como un Hitler cualquiera, mataba judíos a diestro y siniestro...


Desde luego que Mahoma, por todos sus hechos gloriosos, fue grande en consonancia a la grandeza de su dios, Alá. ¡Y menuda grandeza la de Alá! Grande por las victorias conseguidas y por las salvajadas cometidas por su fiel servidor.

Podríamos expurgar versículos del Corán contrarios a esa “magnanimidad” de Dios y quedaría el Libro reducido a la cuarta parte. Alá destaca por las tácticas bélicas de tal modo que pueda “castigar” (matar) a los infieles; es un dios astuto, brillante en el engaño; recurre gustosamente a la violencia y decide a quién dar muerte; elabora los castigos ignominiosos para los incrédulos; es el Señor de la venganza, apelación que aparece repetidas veces; extermina a los infieles; no tolera ninguna creencia distinta a la que él ampara... Bien es verdad que a nada nuevo suena todo esto para quien se ha embebido con el Antiguo Testamento.

Decir que el Corán contradice cualquier pensamiento racional, humano o de sentido común es definirlo como pura contradicción consigo mismo o decir una obviedad. Es el Antiguo Testamento copiado por alguien hijo de su tiempo y acomodado a sus ambiciones.
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