Cuando el drama de Arcila se hace vecino…
Lugar del crimen.
Esta tarde, 21 de abril de 2010, a las tres y media, han enterrado en Madrid a Emilio y Pilar. Él, cincuenta años, ella cuarenta y nueve. Eso decían los periódicos. Aquí, muy cerquita, pero terriblemente lejos, una madre, Cecilia, de ochenta y uno, toda bondad y ternura, que ya no tiene lágrimas para más desgracias. Hace nueve años murió su otro hijo en accidente de automóvil. Con ella está su nieta, de diecisiete años.
Mi tristeza es honda, profunda, como una tarde gris de invierno, como de hierro oxidado. La mirada se me pierde a lo lejos. No quiero hablar, sólo sentir esa pena larga, ancha, que se esparce como el aceite desparramado encima de una charca… Y no es porque sean mi familia. Pero son, eran, parte de mi vida, mi reducida vida comunitaria.
Me uno a su madre, Cecilia, 81 años, viuda de un marido con quien yo compartía gimnasio. Todavía no he podido, no he querido, estar a su lado. También se romperían mis ojos si lo hiciera. Es demasiado pronto. Percibo en su mirada que, con ellos, se ha ido su aliento vital.
Cecilia, es mi vecina. Todas las mañanas, muy pronto, cuando todavía encendemos la luz artificial para ver, nos saludamos por la ventana sin hablarnos. Un leve gesto de mano, una mirada corta y una sonrisa. Con eso basta para sentir que “ahí estamos”. Ella en el 5º, yo en el 4º de un patio interior. Es la vida comunitaria por dentro. Su afabilidad, su sonrisa dulzona y cercana es de ésas que hacen el ambiente de una comunidad, ternura que atrae como el imán.
Dirán que por qué cuento todo esto. Por desahogo. Porque el drama hecho noticia de telediarios, periódicos, Internet…, el drama impersonal, el drama leído, lo tengo aquí a mi lado. Pero no me sirve. Este otro es ahora parte de mi vida. Y porque Cecilia, esa mujer inmensa, con ojos de corazón y el corazón roto, no puede ser consolada.
Una familia que lo tenía todo en esta vida: su próspero negocio en Mercamadrid, dueños del edificio de enfrente cuya fachada acaban de pintar, Emilio al que vi hablando con los obreros hará apenas quince días; su tienda de pescado y ahumados en Madrid… ¿De qué le sirve todo esto a Cecilia?
Emilio y Pilar fueron asesinados en la madrugada del 17 de abril en un pueblecito de Marruecos, Asilah (Arcila), cerca de Tánger, donde tenían una casa en el mismo zoco de la ciudad antigua. Hoy, miércoles, a primera hora de la tarde de este 21 de abril de 2010, han sido enterrados en Madrid. La madre ha querido que su hijo reposara justamente encima del padre...
No hay paz para su descanso, pero tendrán la cuna de nuestro recuerdo donde dormitar hasta quelos vapores del tiempo se lleven inevitablemente su memoria .
Ahí arriba está la ropa tendida de la nieta, 17 años, lo único que le resta a Cecilia. Y la ventana entreabierta por donde sale a chorros el grito silencioso de la tragedia. Y yo alzo la mirada y me recojo en mi interior como un caracol al que rozara una leve hierba.
No me es dado pensar como creyente ni siquiera juzgar designios que dicen divinos. No va por ahí nuestro pensamiento, ofuscado hoy por un sentir que quiere romper y no puede. La maldad humana hecha asesino magrebí se puede cruzar en nuestro camino, en el camino de cualquiera. Pero dicen que existe la Providencia. Alguien, hoy, ha dejado caer esa palabra... ¿Cómo no pensar de alguna manera en eso que llaman “Providencia” de Dios? ¿Pero tanta?