Dudo de mis objeciones
Hace siglos, en mis primeros escarceos en Religión Digital, aporté mis TREINTA RAZONES para no creer. He vuelto sobre ellas y creo que podría añadir bastantes más, después de veinte años acudiendo a esta cita digital. Pues bien, a pesar de mi convicción, encuentro algunas objeciones a mis razones que me desazonan.
No es que dude de mis certezas, es que no encuentro explicación a actitudes distintas a las mías. Yo he dado de lado creencias que no podía asumir y por lo tanto he dado de lado a estructuras que sostienen ese batiburrillo crédulo, aunque todavía mantenga relaciones personales pertenecientes a ese mundillo.
Y ésta es mi desazón: entre los creyentes, encuentro personas buenas y sinceras. ¿Lo son por ser consecuentes con su fe? Por otra parte, he charlado con personas creyentes que saben lo que creen, que citan el Nuevo Testamento, sobre todo San Pablo, dando a entender que lo dominan, que incluso mencionan libros relacionados con la fe que sustentan. ¿Serían éstos capaces de rebatir ideas contrarias que a los demás nos parecen evidentes?
Aunque no son mayoría en el rebaño fiel y debiéramos rebajar las cifras de creyentes “informados”, hay que admitir que se dan personas sinceras en su creencia, de conducta buena cuya fe les impulsa a obrar bien... El argumento del número y calidad me desazona.
Sí, se podría responder de muchas maneras, pero aun así... Digo, en primer lugar, que estadísticamente su número no es significativo si lo relacionamos con personas buenas no creyentes. Puedo decir que dichas personas son buenas por su propia personalidad y que cualquier pretexto sirve para justificar la conducta propia. Se puede argüir que siguen criterios mamados en la niñez y nunca han sido contravenidos. Incluso, que las doctrinas de fe son atractivas estéticamente...
Al final, acepto lo que es y desisto diciendo que es a ellos a quienes corresponde pensar el “por qué creo”, decirlo y convencer al "otro". Yo aporté hace mucho tiempo mis argumentos, que volveré a traer de nuevo a este portal.
Dicho lo cual, paso a otra consideración, la formación que es rodrigón de la conducta personal. La formación debe mucho a la información y ésta puede marcar el rumbo de la conducta. Es información la recibida en la educación reglada, v.g. Universidad.
Cuando yo estudiaba Psicofisiología fue cuando me entró la primera "duda" sobre una verdad que es pilar fundamental en la religión cristiana, por no decir en todas las religiones: la "verdad" alma-cuerpo. Pero mi fe no tambaleó: era demasiado fuerte la impronta crédula en esos años.
Sería largo de relatar el proceso, pero en la información sobre el cerebro uno comprueba "físicamente” los rastros de la memoria en el axon, las áreas cerebrales de la emoción y del lenguaje, la activación de las neuronas prefrontales con el pensamiento, etc. Todo, pura biología. No hay forma científica de comprobar eso del "alma” inmortal, espiritual, infundida por Dios, generadora del pensamiento y las ideas, sede de las virtudes, receptáculo de la gracia, etc.
Es entonces cuando la duda crece y crece hasta hacerse certeza: el cuento del alma sólo se sustenta en creencias provenientes de conceptos filosóficos aristotélico-tomistas sin base alguna real... Y entonces es cuando uno da de lado una de tantas credulidades: la del binomio alma-cuerpo.
Y empiezan a caer otras y otras más, que sólo tienen consistencia si se acepta la “realidad del alma”. Sin alma no hay salvación, ni gracia, ni inmortalidad, ni cielos, ni infiernos ni eternidad.
Y luego de esas certezas, llega la evidencia de que no sólo NO pasa nada, no se hunde el espíritu, no le entra a uno la congoja vital... Nada de eso, sino todo lo contrario, se fortalece todavía más la persona. Se acepta la simbiosis con la naturaleza. La información como fuente de formación.
Y aquellos que sustentan su fe con la propia fe y les va bien creer todos esos cuentos, pues muy bien. ¿Que Ud. ha leído, profundizado, meditado a Gregorio Magno, a Crisóstomo, a San Buenaventura, a Domingo de Guzmán, a Ignacio de Loyola, a San Juan de la Cruz y a Santa Teresa? Estupendo. Yo también gocé con todo ello, pero ahora lo veo como “buena” literatura, nada más. Esta gente escribía bien. ¿Realidad en todo ello? Ninguna.