El ejército del Corpus.


Ayer se celebró "oficialmente", quiero decir religiosamente, la festividad del Corpus Christi, trasladada a domingo por la presión secular respecto al impacto laboral que producían tantos días de asueto.

Pero tal fiesta curiosamente parece, ante los ojos civiles, de quita y pon: un comodín que sirve para justificar enojos, los que producen festividades laborales que "caen" en fin de semana.

Eso, un pretexto.

Pero lo que hoy importa considerar es la festividad del Corpus a los ojos de quienes ya no comulgan con tales ruedas. Y no de molino.

Si hay una fiesta ligada a ritos que exprimen la profundidad a que puede llegar la fe, ésta es la del Corpus. Si lo decimos en castellano, quizá suene más contundente: "el Cuerpo de Cristo". Con todas las mayúsculas posibles. A fuer de sinceros, ni los mismos creyentes saben el cómo, pero afirman que "ahí" está real y verdaderamente Cristo. Lo saben porque así se lo han dicho. Apelar al "misterio" resuelve las dudas. Tal fiesta pregona a "procesión en grito" que "ahí", en ese trozo minúsculo de harina o en cualquier fragmento del mismo, vive, está presente, nos mira, nos oye, nos escucha... Cristo Salvador, el amor de los amores.

¿Fuerte, no? Algún creyente habrá que "admita" el hecho de que otros no crean tal "barbaridad". Barbaridad a ojos del pro-fano (según la etimología indica, el que se queda a la puerta de la creencia).

Para el tal "bárbaro" el hecho de ver procesionar un trozo de harina resulta ser todo menos humano. Humano tomado "stricto sensu", a saber, persona que piensa, que se rige por su capacidad racional(¡siempre la misma monserga!, está diciendo el comentarista de turno) , que no recurre a tinglados, procesiones, adoraciones nocturnas o perpetuas, a oficios santomasinos, a literaturas maravillosas... para convencerse. Sustentar un "misterio" es tarea de titanes, pero basta un ictus intelectual para decir "esto es intragable" o "el rey va desnudo".

Bien, será misterio ininteligible, pero al menos deberán admitir que existen tales bichos raros, que tienen la manía de pensar por su cuenta y ponerlo todo en entredicho. Ya esto es un dato a la hora de utilizar o secuestrar espacios comunes, el que haya personas ofendidas por violar, mancillar y usufructuar el espacio público para proclamar algo de todo punto inadmisible, algo que choca frontalmente con su sentido común. Algo, por otra parte, que buena parte de la cristiandad no admite y menos propugna su exhibición pública. No sé qué celebración adventista o pentecostalista pudiera ponerse en parangón con esta anual rutina sacra callejera.

Aún así, concedámosles a los procesionantes el ususfructo por unas horas de tales espacios. Ciudadanos son como los demás.

Porque lo que subyace es la segunda parte del asunto: ¿qué connotaciones derivan de que las Fuerzas Armadas presten su presencia, su voz y su música a tales manifestaciones de fe? ¿Es por la vistosidad? ¿Es por añadir folklore? ¿Es porque proporcionan música adecuada? ¿Es por la fascinación femenina de los trajes de gala militares?

Espero que nadie diga que sí, que es por eso. Un verdadero creyente sabrá discernir entre el rábano y las hojas y el envoltorio del bocadillo.

No, no van por ahí las coces. La implicación del Ejército implica mucho más. Ya, de entrada, retrotrae a aspectos históricos ligados al cesaropapismo o a la triple corona de la tiara pontificia. Por no aburrir, resumamos el meollo del asunto. Con la presencia de estamentos estatales

1º) el Estado secular reconoce "de facto" que está por debajo del religioso, con todas las implicaciones respecto a la jerarquía que ello conlleva;

2º) el Estado reconoce el misterio, asiente con el "visus, tactus, gustus" al hecho fundante del catolicismo tridentino y se pliega ante él;

3º) el Estado se postra a los pies de Cristo presente en la Sagrada Hostia, inclinando lábaros y haciendo gemir bombardas, trompetas, trombones, tubas, fliscornos, clarinetes y oboes al paso de la Hostia encustodiada por viriles refulgentes.


Si la presencia o no del estamento civil y militar se debiera al puro folklore y a la vistosidad que proporcionan, nada supondría para la celebración religiosa la ausencia de espadones ni mermaría la solemnidad el prescindir del elemento anecdótico de militares engalanados.

Harto colorido de "arco iris" hay en el sucederse de mitras embaculadas, sacerdotes con capas pluviales, diáconos de banderola terciada, viudas y vírgenes hermanadas, seminaristas varios, monaguillos, plebe sumisa y creyente con sus mejores trajes... portando cirios, cruces, custodias, andas, incensarios y demás trebejos sacros y hollando pistas recubieras de flores. La Iglesia puede prescindir de todo eso y debiera ser ella la que pidiera al Estado su exclusión.

La misma Iglesia debería tener la sensatez de prescindir de tales aditamentos, simplemente por folklóricos, en consonancia con el espíritu (santo y no santo) que exhaló el Vaticano II. Pero no, que la cosa no va por ahí. La cosa va por el hecho de que hay que mantener al Estado "bajo o al servicio de". Y ya que el "poco a poco" viene siendo letal, quede al menos el sentimiento populachero a resguardo de la voracidad laicista del Estado. Eso parecen decir.

Ése es el dilema que subyace: si la representación del Estado inclina sus fusiles y banderas al paso de la custodia y si en el momento álgido de la Misa suena el himno nacional, el Estado por boca o actos de sus respresentantes reconoce de facto que tal creencia tiene entidad conceptual. El estado admite la suprema potestad de lo que para muchos es una simple idea creída.

Y, ¿saben?, por éstas no ha de pasar un Estado que se considere independiente de la otra organización, a fin de cuentas particular, la Organización del Rezo. Al César lo que es del César...

Si tan grande, majestuosa, soberana y encumbrada es la "majestad que se digna pasear por las calles", debiera exigirse al Colegio de Médicos y Abogados, al Club de Bilderberg, al Sindicato de Regantes, al Círculo de Maños Insignes, al Ateneo de Madres Solteras... la presencia obligada en tal evento. Digo yo. De ser consecuentes, lleguemos al final.

Las otras cuestiones que se esgrimen --"que siempre ha sido así", etc-- no creo que nadie con dos dedos de frente pueda aportarlas como argumento. Lo mismo que tal práctica en su día nació, lo mismo puede desaparecer.

Nada que tenga el rango de representación estatal ha de someterse a una credulidad, por más que ésta sea proclamada por masas enfervorizadas. Sea el Corpus o sea el beso monárquico a la estatua de Santiago.

¿Admiten que muchos pensemos así? Pues si lo admiten, deben imaginar en consecuencia.
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