Evolución y existencia de Dios
Darwin, sin él pretenderlo, puso patas arriba las creencias cristianas más que nada por la cerrazón de los vates de la credulidad de que el mundo era como ellos decían que era, porque así lo había Dios preestablecido.
Lógicamente y en consecuencia, los crédulos laicos del XIX se sintieron concernidos y achacaron a Darwin y evolucionistas que su teoría, porque para ellos todo era mera teoría, echaba por tierra muchos de los supuestos bíblicos sobre el origen del hombre, la creación del mundo, la Providencia divina, los primeros padres, el pecado original, etc.
No sé si todavía, a estas alturas del siglo XXI, todavía hay pensadores y docentes en EE.UU. que siguen defendiendo a machamartillo la teoría creacionista, y ésta sí que es teoría. Este hecho esclarece en grado sumo la mentalidad crédula que domina en grandes sectores de la sociedad usamericana y que abunda más en aquellas sectas que surgen al rebufo de la contestación protestante. No parece que en España se dé otro tanto.
La negación de la evolución parte de un supuesto crédulo, que la Biblia es palabra de Dios. ¿Y qué dicen hoy día? Como no pueden negar lo evidente (los millones de años de la Tierra, los fósiles, los métodos de datación…), inciden en que “eso” no es óbice para sostener la veracidad bíblica y la inspiración divina de la misma; que tales datos científicos no contradicen el mensaje esencial de la Biblia; o que Dios, para comunicar su mensaje, se servía del hombre, del escriba y profeta de ese tiempo concreto, pero que hoy habría revelado su mensaje de otra manera. Aducen más simplezas por el estilo.
¿Cómo entender que Dios tenga que entrar con el calzador de la mente humana? ¿Y Dios no podría haber revelado verdades naturales también? ¿Y Dios no les podría haber sacado del error a los amanuenses bíblicos? ¿Qué Dios es ése tan extraño? Aceptar tales excusas es indicativo de mentes obtusas.
El mayor argumento que esgrimen los que en él confían es la Naturaleza, obra de sus manos que dicen los salmos. Las maravillas naturales son espejo o vía para acceder a él. Son las pruebas “naturales” de Dios, son “las evidencias” de la Naturaleza, el Cosmos, el Universo… muestran de Dios. Bien es verdad que cada vez son menos los intelectuales que acuden a esta vía argumental, pero los hay.
Quienquiera que haya superado el Bachillerato y haya buceado en los mínimos filosóficos, sabe de dónde proceden las simplezas deductivas que conducen a Dios. Parecen estar todavía en la inopia filosófica porque estos argumentos, sistematizados por Tomás de Aquino, ya hace tres siglos que dejaron de tener vigencia. Primero por pasar de la mente a la realidad; segundo porque con esos argumentos no se llega a un “Dios Padre”, quizá a un Primer Motor… que nada tendría de Dios.
Para mantener a Dios, el mismo Kant, tan creyente él, tuvo que acudir al imperativo categórico de la moralidad. Por otra parte, el sentimiento estético de la visión de la Naturaleza en toda su plenitud no puede confundirse con un argumento religioso. No, Dios no es evidente por elementos ajenos al hombre que se encuentren en la naturaleza, porque, como decimos, ese sentimiento no supera el orden estético. De tal sentimiento puede surgir, como mucho, el interés por descubrir sus misterios, muchos de ellos ocultos todavía, pero o se van descubriendo o, para quien piense un poco, quedan ahí con el marchamo de “no conocido” pero “posible de conocer”.
Es la típica argumentación del reloj que necesita al relojero. “Si yo estoy aquí, ¿quién me creó?” Esto retrotrae en el tiempo al origen del hombre. Las leyes de la evolución han dilucidado gran parte del problema, pero los crédulos no dan su brazo a torcer: vuelven de nuevo a uno de los argumentos invalidados, el de la causalidad. Siguen diciendo que no se puede regresar indefinidamente hacia atrás, hay que parar el proceso en algún punto, hay que encontrar la fuente, el origen- Y esto les remite a un Creador.
Y de nuevo otra invención, el alma. Aunque lleguen a conceder que el cuerpo humano ha llegado al estado actual y siga evolucionando, no así el alma, dicen. Dios en el momento de la concepción humana infunde, o sea, “crea” el alma. De nuevo la ingenuidad filosófica de presuponer conceptos mentales y fundar en ellos realidades. Llamamos alma a la vida y al hecho de pensar. Y no hay más. ¿Por qué tantas sublimaciones?
En la mente de un crédulo el desconocimiento de algo siempre queda cortocircuitado por la respuesta: “Dios”. Es el sempiterno “Dios lo ha querido”, “gracias a Dios”, “Dios te ha salvado, Dios te ha librado”. Añadamos la salvedad de siempre, cuando de determinados asuntos a resolver se trata: “primero se crea un supuesto, una teoría… y luego se busca la explicación”. No se formula una hipótesis, no: se da por supuesta una realidad. Es lo mismo que sucede con la génesis de la Iglesia que devino en un argumento de hecho, aquel que expresó el cardenal Cisneros con palabras no referidas a ella pero sí aplicables: “Estos son mis poderes”. ¿Y si la teoría, en este caso la del alma, es falsa, como lo es?