Experiencia y educación.

La educación, base del humanismo. Para el más elemental de los humanismos, es preciso que la persona haya adquirido una instrucción educativa algo más que básica. Sin ello resultará difícil hallar personas con criterio, con capacidad para juzgar e, incluso, suficiencia personal para desarrollar valores acordes con lo que la sociedad demanda.

Algunas veces a uno le entran ganas de abofetear al ser que, por tener micrófonos delante, aparece como lo que es y parece, un idiota. Un candidato a la presidencia de la Comunidad de Madrid se enfrentó hace años a su oponente femenina con expresiones como ésta: “Nunca tendrán que arrodillarse [los niños] ni ante la nobleza ni ante el poder”.

Podría uno tachar la expresión como tópico extraído de arengas de los años 20 ó 30; se podría tildar la frase de boutade; se podría referir uno a la demagogia facilona; se podría hablar de insulto a la inteligencia; de insulto a la nueva sociedad española que ya olvidó tales antiguallas mitineras... Pero ¡es que ofende siquiera tener que hacer el esfuerzo por combatir con mentes tan vacías que verborrea populista ha llenado!

Todo ello a propósito de la educación. Se han hecho tantas barbaridades en los años que llevamos de democracia que no extraña nada la desilusión de muchos docentes, especialmente los que conocieron años mejores. ¿Llegará un día en que se pongan de acuerdo los partidos? ¿Llegará un día en que decidan sólo personas preparadas?

Permítaseme alguna reflexión fruto de tantos años pasados en la enseñanza, la mitad de los cuales en funciones directivas. ¿Ya no se puede hablar del esfuerzo? ¿De la recuperación? ¿De la sana competitividad? Pues caminamos hacia el reino de los borregos. Detengámonos en algunos aspectos relacionados con el inmenso asunto de la educación.

La excelencia: no se puede contradecir a la vida ni a la sociedad en la que se vive. La sociedad es una búsqueda permanente de “espacio”, “alimento”, “calidad de vida” ... Eso no se consigue con igualitarismos banales. Quien enseñe al niño el buenismo, la democracia en todo, la necesidad de que las opiniones no sólo se digan sino que se impongan, tiene el batacazo vital y laboral asegurado.

Lo queramos o no, en todas las profesiones hay gente mejor preparada que otra o más decidida o con más ganas. Generalmente el que más se esfuerza o trabaja, obtiene puestos mejores. Además, nada es igualable a la satisfacción que proporciona el trabajo bien hecho. Una de mis ideas fijas que procuraba transmitir a los padres de hijos recién accedidos a Primaria era éste: “Vivimos 70, 80, 90 años, pero la vida futura se decide entre los 10 y los 22 años. ¿Es mucho pedir a los padres que vuelquen todo su ser y su actividad en los hijos en esas edades, que sean terriblemente exigentes –y cariñosos—durante estos doce años? De todas formas, sean los niños buenos o malos, a esa edad les perderán”.

El sentido de autoridad: he sido jefe durante 29 años de 30 personas; ahora dirijo un grupo cultural de 20 personas, algunas con más años y más experiencia que yo, pero sin ganas de “dirigir” el cotarro. Todos se me tiraban a la yugular a la mínima oportunidad –que la autoridad también tiene que hacerse sorda muchas veces--, pero en todos se percibía la necesidad de que la misma se ejerciera.

La gente no entiende una autoridad democrática, una autoridad compartida, un perenne referéndum en las decisiones. Es labor de la autoridad, sí, recabar información, pedir opiniones, “hacerse una idea” v.g. entre el consejo de dirección –personas que saben de qué va la cosa--... pero a fin de cuentas quien decide es uno, porque además ¡eso es lo que le piden los subordinados!

Hay profesiones en las que no se puede actuar por procedimientos democráticos: ¿Un director de supermercado recabando información de los empleados sobre dónde y cómo trabajar cada uno? ¿Un piloto recabando la opinión de los pasajeros? ¿Un director de orquesta pidiendo opinión sobre cómo dirigir tal o cual pasaje? El niño ve natural el ejercicio de la autoridad y además lo exige. Hay en todos, niños y adultos, una como innata tendencia a que las castañas del fuego se las solucione otro.  Y ese otro es la autoridad.

El fracaso escolar. En aquellos años primeros de la EGB, solucionaron el asunto bajando los contenidos educativos. Así, todos iguales, todos aprobados. Está bien el aprendizaje de “mínimos”, está bien la ayuda complementaria, están bien el refuerzo... pero no se puede poner el listón educativo “a la baja”. Se baja el listón y todos son campeones en salto de altura. 

Recuerdo un año en que el APA del colegio, para una competición de judo, ¡compró tantas medallas como participantes! ¡Todos campeones! ¿Qué pasó? Pues que los niños ni siquiera se pusieron la medalla. Algunas terminaron tiradas en el patio. Con saber que Francia está en el extranjero, ya se conoce toda Europa; con saber que una catedral tiene un estilo arquitectónico ya vale: cuál sea, ya se estudiará en la universidad o lo dirán los guías turísticos; y en matemáticas, con sumar basta, que restar es cosa de ricos y de derechas. Si a un niño –también a un adulto—se le pide 100 es posible que llegue a 40. Lo que es seguro es que, si se le pide 20, jamás llegará a 30. ¿Solución al fracaso escolar? ¡Es tan complejo el asunto que no cabe meterse en este berenjenal aquí!

La disciplina en las aulas. ¿Se puede discutir algo tan elemental como eso? Los niños no están capacitados para tomar decisiones; los niños son discentes, no docentes ni rectores; los niños aceptan de buen grado las normas... Un niño ve como algo natural entrar en el colegio a las 9:00; que se respete el trabajo de los otros; el hacer caso al profesor y cumplir lo que él dice; que haya silencio para poder atender y entender; que las malas acciones reciban reprimenda o castigo; que no se tolere la indisciplina sistemática... Otra cosa es que su indolencia le lleve a querer lo contrario. ¡Es que esto ni siquiera debería ser asunto a discutir!

¿Profesionalidad? La misma responsabilidad se le debe exigir a un niño en la proporcionalidad de sus tareas que a un físico nuclear controlando una central o a un granjero sacando el mejor partido de sus vacas. Se puede aprender jugando, pero aprender no es un juego. Existe una sensación de que la verdadera profesionalidad estudiantil comenzará en la Universidad y no es así. A partir de la Universidad sí, hay que exigir el máximo para llegar a ser verdaderos profesionales, pero éstos comienzan a serlo desde que pisan una escuela. Un ejemplo de enseñanza semi-vacía son las actividades complementarias que inundan los supuestos tiempos vacíos de los niños: yudo, kárate, música, violín... No sirven de nada si al niño no se le exige profesionalidad, si no se le pide la perfección en lo que hace.

Muchos otros asuntos se podrían apuntar sobre la educación, como la cuestión sangrante de que se conceda la venia de pasar de curso con varias asignaturas pendientes o la supresión de los exámenes de septiembre o la intromisión excesiva de los padres en el cómo y el qué de lo que se enseña... ¿Y la formación y retribución de los profesores?

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