La fábula de los dos conejos.
Traemos anecdóticamente a este foro la fábula de Tomás de Iriarte que allá hace siglos nos leían en el Colegio. Quizá a alguno le resulte novedad editorial. Copio: “Los dos conejos”.
- Por entre unas matas, - seguido de perros, - no diré corría, - volaba un conejo. De su madriguera - salió un compañero- y le dijo: «Tente - amigo, ¿qué es esto?». «¿Qué ha de ser?», responde; - «sin aliento llego...; - dos pícaros galgos -me vienen siguiendo». «Sí», replica el otro, - «por allí los veo, - pero no son galgos». - «¿Pues qué son?» «Podencos». En esta disputa – llegando los perros, - pillan descuidados - a mis dos conejos. Los que por cuestiones - de poco momento - dejan lo que importa, - llévense este ejemplo.
Parece que han menguado las disonancias o disputas doctrinales, teológicas, administrativas o pastorales de que fuimos auditores involuntarios hace ya bastantes décadas atrás dentro del estamento clerical. Hoy todo parece una balsa tranquila a la que se ha llegado por consenso o quizá por consunción. ¿O no es así?
En aquellos tiempos, me refiero a una larga etapa posconciliar, el griterío de unos y otros llegaba a la calle. Los unos defendiendo posturas intransigentes y retrógradas; los otros --hablemos en términos metafóricos--, sacaban trapos que no llegaban a sucios porque ni siquiera eran trapos; los otros apelaban a retales de mercadillo con que seguir tapando las vergüenzas mitológicas que les roían y roen; y algunos vislumbrando la manera de subsistir o ascender con remiendos, imaginando capelos a los que llegar.
Nunca tuvo más vigencia el cuento de galgos o podencos, ¡estando ya los conejos en las fauces de los lebreles! Me acuerdo ahora de aquel viaje a Sigüenza con mi llorado amigo J.Mª Berlanga –cura y amigo a fuer de buena persona— donde en un ambiente gastronómico muy agradable y en compañía de no recuerdo quién, comentaban ambos dimes, diretes, andanzas, venturas y desventuras de “otros”.
Eso sí, con maneras suaves y llenas de la más honda admonición o prevención caritativa, que es lo primero que se dice antes de entrar en suertes, cosa que también sucede hoy, se arrojan como canes hambrientos a la yugular del desvalido; se critican situaciones, prebendas, sobeos para ascender, criterios de conducta, sinecuras conseguidas o por conseguir…
En todo ello, ausente yo del meollo y representante del estamento más que laico, intentaban hacerme copartícipe de su buen hablar y de su punto de vista, incluso buscaban mi parabién respecto a criterios dignos de estar en los altares santificados por San Malaquías. Y yo, en el fondo de su desconocimiento, daba pábulo al incendio dando aquiescencia con un leve arqueo de ojos a tal consideración oportuna; sonreía con desdén hacia el desdén declarado por el otro; movía la cabeza como tratando de comprender… Pienso que todo es así, un patio de Monipodio convertido en Café Gijón de menudencias vitales, por no decir miseria del existir.
¿Y dónde nos encontramos nosotros, los que fuimos y no somos, que podríamos ser tildados de bichos raros? Somos apátridas de cualquier tertulia sacra: no somos de los unos porque percibimos a tiempo, quiero decir, antes de estirar la pata, la inmensa y monumental estafa de la inteligencia que es toda credulidad; no somos de los otros porque todo nuestro pasado se fundó en creer y vivir lo que dejamos atrás. Es más, seguimos viviendo y reconociendo que España deba todo su espíritu a la fe.
¿Qué c… pintamos, pues, en este galimatías? Quizá seamos los “quijotes” de la credulidad, cuerdos para la vida, locos para la creencia, o viceversa, que tanto monta ser loco para alancear libros de caballerías trasnochados o credulidades de baratillo, como cuerdos del SENTIDO COMÚN por el que se rige todo el que quiera y pretenda ser él, sin las muletas de la credulidad.
Mientras en la “Balsa de la Medusa” (sí, el famoso cuadro de Gericault), se mataban unos a otros por un puesto central para morir al día siguiente, allá, lejos, en la Francia de Luis XVIII bailaban al son de minuetos y paspiés. Eran dos tipos de conejos. Y llegó su Revolución. Y aquí otros especímenes de conejos: los templos están vacíos; la credulidad se sostiene no por la fe pura sino por el opiáceo de las sustituciones (Manos Unidas, tinglados editoriales, turismo basilical, turismo folklórico de lo sacro, turismo de los milagros de Fátima o Lourdes; consuelo de baratillo o consultorio pseudo psicológico de confesionario…); los criterios de conducta que provienen del púlpito ya no los sigue nadie, ni siquiera sus prosélitos; el hiato entre creencia y cuenta corriente es absoluto en todos, crédulos o no; el Papa… a dejarse querer porque parece que lo hace bien y dice siempre algo que gusta a quien gusta.
¿Para qué seguir? ¿Galgos, podencos? A lo largo de la historia, y también en nuestras historias personales, ha sucedido que la mayor unión la produce tener un enemigo común. En el caso de la Iglesia lo tienen, pero un enemigo que no les ataca, ¡les rehúye! Así no hay quien viva.