La fe ruralizada tras el letargo vacacional.
Dos largos meses de convivencia rural en un pueblo amalgamado por no más de 20 vecinos, que en estadística normalizada no da para un centenar de habitantes, dan mucho de si en cuanto a pulsar el sustrato religioso que queda en las capas del proletariado rural tras secular impregnación fideísta.
De este pueblo cada año se desligan 3 ó 4 individuos, unos en peregrinaje a la ciudad para dormitar con hijos, sobrinos o nietos, otros para eludir "compromisos contractuales" enterrando su pasado en “hóspita” tierra. Todos los años asistimos al proceso de desvinculacion del porvenir rural. Quiero decir, como Cervantes, "que se mueren".
Podría ser cualquier pueblo perdido de La Mancha, El Ampurdán, Tierra de Campos o el Valle de Cerrato.
Dos sensaciones extraigo que no llegan ni a reflexión:
1º) La honda distancia, desapego, desgana o indiferencia con que el pueblo vive los asuntos de la fe.
2º) La religiosidad anquilosada, sensiblera y, en el fondo, pagana, con que se siente la doctrina secular cristiana. Les sirven cuatro verdades de andar por casa, cinco retahilas que se recitan de memoria y pare usted de contar.
Puestos a ser reduccionistas, por aquello de la pereza veraniega que no quiere diseccionar con el bisturí de la reflexión la religiosidad popular, la vivencia de la misma se reduce, por una parte, al cumplimiento del precepto dominical y, por otra, a la vaga creencia de que “tiene que haber algo que ha creado todo esto, alguien que nos gobierna y alguien que castigue a todos los que son malos", con el añadido: "Yo no, por supuesto".
Y no hay más. Los domingos, por aquello de que no sean iguales todos los días de la semana, los lugareños se embuten sus trajes de fiesta y acuden a sestear al único centro común que puede llamarse digno... Quizá sea otra forma de evitar las farmacias: la asistencia dominical les sirve de somnífero.
Las conversaciones donde aparece la religión, cuando alguien las provoca, suenan a algo raro, distante, lejano, extraño. Y en general son para poner verdes a los sufridos curas.
En casos en que el contertulio frecuenta ámbitos religiosos, dichas conversaciones se reducen a “he conocido”, “he visto”, “he visitado”; o “tenemos que limpiar la iglesia para la fiesta”, “hay que arreglar”, “no hay presupuesto”, “qué cura más huraño”... O para comentar, quienes más relacionados viven con ese "mundillo", que a tal o cual lo han confinado en este o esotro destino.
Por eso mismo, contender aquí y ahora con doctrinas que son trapos viejos que cubren carnes "credenciales" hechas de psicología elemental –emociones, sentimientos, angustias—- o que trascienden el techo de las entendederas del vulgo crédulo –encíclicas y demás--, no deja de suscitar en mí un pensamiento tintado del más hondo escepticismo.
Porque en estos foros digitales en que lectores y comentaristas hacen gala de una cultura religiosa algo más elevada, nos topamos con esferas irreductibles:
a) La de la organización jerárquica y estamental, que con uñas y dientes defenderá privilegios, palacios, herencias, mansiones, colegios, conventos, iglesias, ermitas, camposantos, posesiones en general y sinecuras varias.
b)La esfera de los teo-dialogantes, que dando por supuesta la Santísima Trinidad, se dedican al hic et nunc sin tiempo ni ganas para contender con el contrario y con harta autosuficiencia para despreciar lo que les contradice.
c) La de los devotos fanatizados que buscan consuelo, alimento y estímulo para su vida en las sempiternas fuentes del Evangelio, Cartas paulinas, Doctrina secular y algún que otro ejercicio espiritual, ignaciano o diocesano.
d) La del vulgo crédulo que con su indiferencia da de lado a cualquier sermón, las más de las veces carente de profundidad o convicción.
¿Para quién escribir, pues?
En el fondo y en la forma admiro a todos aquellos que se asoman a las páginas de Religión Digital defendiendo o defenestrando lo que sea.
A mí, por ahora, este pueblo me ha dejado K.O.