El fundamentalismo se encarna destrozando a la persona.

Humanismo sin credos
24 jun 2016 - 09:32

La vivencia “fundamentalista” de la religión implica una vía de doble sentido, la vía del individuo que se acerca a lo religioso y la vía de regreso hacia “esa” sociedad pagana impregnada de “modernidad”.

El crédulo consecuente busca en la creencia una nueva protección frente a sus congojas; busca orientación para caminar por la selva del bienestar y la ciencia; busca dar cauce a la necesidad de sentirse miembro de la sociedad integrándose en el grupo. La creencia todavía se vive como seguridad de una tradición, la seguridad que da una autoridad aceptada, y como referente dogmático y moral, lo que emana del “libro”.

El camino de regreso de quien está impregnado de lo divino, es distinto según la incrustación de la religión en la sociedad y así, nos encontramos con las tendencias neotradicionalistas cristianas, las ultraortodoxas judías y las fundamentalistas del Islam.

Nos encontramos con “encarnaciones” fundamentalistas en el evangelismo usamericano, origen en gran parte del sentimiento vengador por la agresión salvaje sufrida aquel lejano 11 de septiembre de 2001; el pentecostalismo sudamericano; el cristianismo atomizado de África; la creciente intolerancia del hinduismo frente a la penetración islámica; la vitalidad que ha cobrado el neoconfucianismo; los neocatecumenales y opusdeístas de todo signo en la iglesia católica; y, por sus macabras actuaciones in crescendo, determinados movimientos islámicos.

Como consecuencia general, aplicable según modalidades a cada caso, siempre el “pagano” de tales incardinaciones, el ciudadano normal que sólo quiere paz, pan y seguridad frente a todos aquellos que pretenden, como vampiros, extraerle la sangre.

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