El hombre se sacude las religiones.
Cuanto más pretende la religión invadirlo todo tanto más el hombre intenta despegarse de ella como si de algo viscoso y pegajoso se tratara, arrinconándola en parcelas de individualidad.
Cuanto más trata la religión de impregnar la vida, desde la mañana a la noche, desde el nacimiento a la sepultura –y así lo sermonean sus jerarcas— más intenta el hombre delimitarla asignándole un tiempo y un lugar determinados. Incluso sus practicantes prosélitos.
Difícil entendimiento entre religión y vida diaria, la del común de los mortales. No es la vida la que busca la religión para sobrevivir, es la religión la que pretende salir "al mundo" para impregnarlo de su "aroma". La vida no necesita "religiones" para hacerse a sí misma, lo cual no quiere decir que padezca de anomia o carezca de patrones.
Incluso cuando la política busca asidero en la religión, o viceversa, el trato mutuo suele ser cual comercio carnal, mutuo provecho. Perp si prevalece la religión, la política queda engullida por el estómago depredador de las creencias. Y si es la política, la religión a la larga o a la corta queda relegada la esfera de la privacidad.
Si hablamos de simbiosis entre economía y religión, hace siglos ya que la economía se mueve por derroteros absolutamente divergentes de la religión. Es más, la misma religión no quiere saber nada de "principios religiosos" cuando de SU PROPIA economía se trata.
Si, buscando vías emergentes, la religión trata de apropiarse de la moral, la religión se ha convertido, en nuestro mundo y para la mayor parte de los creyentes, en una serie de mandamientos o prácticas. La conducta diaria se guiará por criterios estrictamente autónomos, éticos.
Si hablamos del camino paralelo que han seguido la historia y la religión, la gente percibe cada vez con mayor claridad que lo único que la religión ha ofrecido y ofrece es una visión mítica y deformada de los hechos...
Para muchos, como si de un exceso de comida almibarada se tratara, todo en la religión incita a la náusea.
Cuando el fiel creyente, el convencido, el practicante, el bienintencionado... lleva a las últimas consecuencias la vivencia religiosa, necesariamente pierde su personalidad, queda alienado con todas sus nefastas consecuencias, no es él --es Cristo quien vive en él, dirán-- porque, o bien se convierte en un personaje de pensamiento pasivo o bien se torna un neurótico fundamentalista.
Que ellos lo admitan es otra cosa.
Las excepciones son, como "el resto de Yahvé", muy pocas. Se designan a sí mismos como "el fermento y la levadura" de la masa creyente.
¿Pero la religión no utiliza panes ácimos?
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**No olviden que hoy es la festividad de Sanjosémaríaescrivádebalaguer, marqués de Peralta. Para otra visión del OPUS, pinchar aquí.