Información, criterios y quiebra de la convivencia.

Dana de Valencia, Adamuz, corrupción, crispación, partidos… temas tabúes en conversaciones de grupo. Siempre la interpretación de uno chocará con los presuntos datos que el otro maneja. ¿Todo, por “culpa” de la información? No. La actitud, el talante, el carácter de cada uno, es decir, la parte volitiva, afectiva y emotiva de la inteligencia marca la opinión.

Es de suponer que los medios de información son leales a la ética que les guía, cual es la de dar información veraz de aquello que emiten en sus escritos y en sus exposiciones; que cuanto transmiten responde a la verdad; que las conclusiones a que han llegado han sido contrastadas y sujetas a falsación, como propugnara K. Popper.

Fiados de tal seguridad, a los lectores compete asumir como cierta tal verdad, formar un juicio equilibrado y sereno de lo que sucede y dar su aquiescencia a la explicación de los hechos. Más tarde, cuando el juicio de cada uno se ha asentado, podrán juzgar con su propio criterio las opiniones o elucubraciones sobre tales hechos.  

Lo patético es que no sucede así entre los recipiendarios de información.  Nuestra sociedad, la que hoy gozamos, está sobrada de información, a veces excesiva. Llegar a la verdad no debiera suponer mayor dificultad. Sin embargo, la mayor parte de las veces tal acceso es selectivo, se escoge lo que cada uno quiere oír, amparados muchas veces en el hecho de que la verdad suele ser poliédrica y, por lo tanto, susceptible de juicios dispares.

Podríamos sintetizar en tres grupos aquellos que pretenden decirse adeptos a la verdad. Vemos individuos ávidos de información que tienen interés por el relato veraz, que contrastan datos y pareceres y que son capaces de oír a unos y a otros de manera serena, capaces de separar el rábano de las hojas.

Otros hay, sin embargo, que, con la información, buscan la opinión, una opinión que coincida con sus criterios, sus propios principios y su predisposición mental. Y buscan esa opinión emitida por los que creen ser sus gurús y sus guías, encaramados éstos en el púlpito de la fama, no porque coincidan con su modo de pensar sino porque el suyo quiere adherirse a ellos para sentirse miembros de ese selecto conjunto de detentadores de la verdad.

No vamos a tomar en consideración ese otro numerosísimo grupo de gente que no dilucida ni le importa saber si lo que le llega es verdad o no, que simplemente acepta lo que le viene sin emitir juicio propio. Tales individuos pertenecen a esa sociedad que todavía no ha evolucionado, que, por decirlo suavemente, no ha madurado, incapaz de emitir juicio crítico de lo que ve y oye.

Hay un elemento que actúa negativamente en ese acceso a la verdad, cual es que, en tal sociedad no evolucionada, suelen ser sus rectores los más interesados en que siga siendo así, sociedad infantil, sociedad ignara, sociedad no instruida y, en consecuencia, sociedad dependiente, fácil de ser engañada, predispuesta al seguidismo, obnubilada por el halo que desprende el poder.

¿Cómo poder entonces llegar a adquirir una idea cabal de lo que sucede? Tarea difícil que sólo una información extensa y contrastada podría paliar y, sobre todo, porque el individuo ha desarrollado a lo largo de su vida esa capacidad crítica a que hemos aludido.  

¿Y qué decir del sujeto al que uno consideraría culto y supuestamente informado, pero que se manifiesta de forma sectaria y sesgada, visceral y agresiva contra aquellos que no son de la propia “onda”? ¿Qué le incita a manifestarse así? ¿Por qué esa vesania contra quienes no suscriben sus postulados o tienen otra visión de tal o cual asunto?

Aventuramos hipótesis que pueden referirse a cualquiera de los tres grupos citados arriba, en especial al segundo. Influyen poderosamente criterios fijados en los primeros niveles de la vida, las ascuas y pavesas de la infancia suelen perdurar en la madurez, con actitudes sorbidas de los propios padres, confirmadas por amistades o grupos de opinión y nunca contradichas.

En etapas posteriores, el ambiente social donde uno se inscribe también configura actitudes personales: ese halo que desprenden grupos desgajados de la sociedad que se alzan contra leyes y autoridades causa admiración en adolescentes y jóvenes ya predispuestos a la rebeldía y la insurrección. Aunque se trate de un efecto relumbrón, el de la magia de ser fuerte contra la autoridad, no deja de ser vivencia dentro de un ambiente degradado, que considera la ley como tiranía, donde los salvadores ejercen atracción sobre quien les cree.

El no reaccionar y hacer crítica de la información sesgada y continuada conduce a la egolatría intelectual y a la soberbia emocional. Generalmente son los que se creen progresistas quienes se consideran “los buenos”, sin posibilidad de que los otros puedan tener razón alguna vez.

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