La irracionalidad construye catedrales.

Humanismo sin credos
02 jul 2016 - 20:45

¿Por qué hoy ni se concibe ni quedaría justificada la construcción de una catedral? La fe en lo mismo es la misma; Dios, objeto de tan grande santuario, tampoco ha cambiado; la Iglesia sigue teniendo las mismas necesidades...

¿No se construyen porque ya lo están? ¿Porque la Iglesia es más pobre? ¿Porque con tales presupuestos pueden erigirse muchos otros templos?

Ninguna de esas preguntas responde a la verdaderas causas: porque es un dispendio monumental e insultante; porque la piedad popular ha entrado en razón para entender otras razones.

Una notable excepción tenemos en España, la Sagrada Familia de Barcelona (comenzada en 1882). Su terminación no responde a otra causa más que a la turística, el monumento más visitado de España (3,9 M), por encima de El Prado y la Alhambra. Gaudí, el gran artista de genio único en el mundo, deja para la posteridad en la Sagrada Familia un monumento que es museo de su arte para el mundo. Y ya lo es sin haberse terminado.

Catedral: compárese con cualquier otro edificio de uso civil. El rendimiento de tan descomunal dispendio es bajísimo.

El único sentido que sustenta hoy la existencia y cuidado de las catedrales es la admiración, la contemplación de tanta belleza creada por artistas del pasado, la extensión a grandes masas populares del turismo... y, por supuesto, el interés crematístico de su propietaria, la Iglesia.

La finalidad primera ha dejado de existir o ha quedado en entredicho. Pero no importa. Gracias a ellas, las catedrales, la Iglesia tiene un escenario para presentarse en sociedad.

Cierto es que para los menesteres a que responden las catedrales, tan mermados hoy, bastaría el alquiler de edificios fuera de uso durante los fines de semana.

Los servidores píos de la historia justifican las catedrales diciendo que respondían al espíritu de una época, espíritu que incluso llega hasta hoy; que aliviaban el deseo de conectar con Dios; que se construían por su bien espiritual; que eran centros donde el hombre recibía alimento el alma. Dicen también que había motivos políticos, como la prestancia de la ciudad.

Todo muy cierto, pero quien propugnaba su erección, con un interés propio bien claro, era la Iglesia. Ella sugería, inducía, animaba; ella pagaba (con dinero de otros); ella extorsionaba.

La vista de tales y tan grandiosos monumentos obnubila el juicio. Todo se da por bien venido. Pero se olvidan las concomitancias.

En tiempos de tanta penuria, el desvío de tantas energía para construir lugares prescindibles, supuso un quebranto grande en la calidad de vida de las gentes. ¿No se ha dicho siempre que “primum vivere, deinde philosofare”? Pues dígase lo mismo de primum vivere, deinde orare.

Cuando el hombre padecía inmensas carencias en alimentación, sanidad, educación, ocio, ¿a qué venía tal dilapidación de energías y tal esquilmación de recursos?

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