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El miedo es el fundamento de la religión. B. Russel.

Bertrand Russel. "Por qué no soy cristiano".

"No creo que la verdadera razón por la que la gente acepta la religión tenga nada que ver con la argumentación. Se acepta la religión emocionalmente. Con frecuencia se nos dice que es muy malo atacar a la religión porque la religión hace virtuosos los hombres. Eso dicen yo no lo he advertido. Esa es la idea, que todos seríamos malos si no acogiéramos a la religión cristiana. A mí me parece que toda la gente que se ha acogido a ella es, en su mayoría, extremadamente mala. Se da este hecho curioso, cuanto más intensa ha sido la religiosidad de cualquier periodo y más profunda la creencia dogmática ha sido mayor la crueldad y peores las circunstancias. En las llamadas edades de fe, cuando los hombres realmente creían en la religión cristiana en toda su integridad, surgió la Inquisición con sus torturas. Millones de mujeres desafortunadas fueron quemadas por brujas y se practicaron toda clase de crueldades sobre toda clase de gentes en nombre de la religión.

Uno advierte al considerar el mundo a su alrededor, que todo el progreso del sentimiento humano, que toda mejora de la ley penal, que todo paso hacia la disminución de la guerra, el mejor trato a las razas de color, que toda mitigación de la esclavitud, que todo progreso moral realizado en el mundo ha sido obstaculizado constantemente por las iglesias organizadas. Afirmo deliberadamente que la religión cristiana tal como está organizada en iglesias ha sido y sigue siendo aún la principal enemiga del progreso moral del mundo. Se puede pensar que voy demasiado lejos cuando afirmo que aún sigue siendo así. Yo no lo creo. Baste un ejemplo. Serán más indulgentes conmigo si lo menciono. No es un hecho agradable, pero las iglesias le obligan a uno a mencionar hechos que no son agradables. Supongamos que en el mundo actual, una joven sin experiencia, se casa con un sifilítico. En tal caso la Iglesia católica le dice: Éste es un sacramento indisoluble. Hay que permanecer juntos durante toda la vida. Y la mujer no puede dar ningún paso para no traer al mundo hijos sifilíticos. Eso es lo que dice la Iglesia católica y yo digo que eso es de una crueldad diabólica. Y nadie cuya compasión natural haya sido alterada por el dogma, o cuya naturaleza moral no sea absolutamente insensible al sufrimiento puede sostener que es bueno y conveniente que persista ese estado de cosas.

Éste no es más que un ejemplo. Hay muchos medios a través de los cuales, en la actualidad, la Iglesia por su insistencia en lo que ha decidido llamar moralidad, inflige a la gente toda clase de sufrimientos inmerecidos e innecesarios. Y claro está, como es sabido, en su mayor parte se opone al progreso y al perfeccionamiento de todos los medios capaces de disminuir el sufrimiento del mundo. Porque ha decidido llamar moralidad a un escaso número de reglas de conducta que no tienen nada que ver con la felicidad humana y cuando se dice que se debe hacer esto o lo otro, porque contribuye a la dicha humana, estimo que no tiene nada que ver con el asunto.

La religión se basa principalmente, a mi entender, en el miedo. Es en parte el miedo a lo desconocido y, en parte, el deseo de sentir que se tiene el hermano mayor que va a defenderlo a uno en todos los problemas y disputas. El miedo es la base de todo. El miedo a lo misterioso, el miedo a la derrota, el miedo a la muerte. El miedo es el padre de la crueldad y, por lo tanto, no es de extrañar que la crueldad y la religión vayan de la mano. Se debe a que el miedo es la base de estas dos cosas.

En este mundo podemos ahora comenzar a entender las cosas y a dominarlas un poco con ayuda de la ciencia que se ha abierto paso frente a la religión cristiana, frente a las iglesias y frente a la oposición de todos los antiguos preceptos. La ciencia puede ayudarnos a librarnos de ese miedo cobarde con el que la humanidad ha vivido durante tantas generaciones. La ciencia puede enseñarnos a no buscar ayudas imaginarias, a no inventar aliados celestiales, sino más bien a hacer con nuestros esfuerzos que este mundo sea un lugar habitable en lugar de ser lo que han hecho de él las iglesias en todos estos siglos.

Tenemos que mantenernos en pie y mirar al mundo a la cara, sus cosas buenas, sus cosas malas, sus bellezas y sus fealdades, ver el mundo tal cual es y no tener miedo de él, conquistarlo mediante la inteligencia y no sólo sometiéndonos al terror que emana de él.

Toda nuestra concepción de Dios es una concepción derivada del antiguo despotismo oriental. Es una concepción indigna de hombres libres. Cuando en la iglesia se oye a la gente humillarse y proclamarse miserablemente pecadora, etc. parece algo despreciable e indigno de seres humanos que se respeten. Debemos mantenernos en pie y mirar al mundo a la cara.

Tenemos que hacer de nuestro mundo el mejor posible. Y si no es tan bueno como deseamos, después de todo será mejor que el que esos otros han hecho en todos estos siglos. Un mundo bueno necesita conocimiento, bondad y valor. No necesita el pesaroso anhelo del pasado ni la opresión de la inteligencia libre mediante las palabras proferidas hace mucho por hombres ignorantes. Necesita un criterio sin temor y una inteligencia libre. Necesita esperanza en el futuro, no el mirar a un pasado muerto que, confiamos, sea superado por el futuro que nuestra inteligencia puede crear.

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