Viene el papa... ¿a qué?

Es de suponer que dirán, como San Pablo cuando se dirigía epistolarmente a alguna de las iglesias en formación, “a confirmar la fe”. Pues quizá consiga frutos abundantes, aunque mucho nos tememos que, dado el ritual previsto, será similar a las visitas anteriores de JP2 y B16: boato, folklore, turismo de masas, donde refulgen con él las autoridades adyuvantes.

Por necesidad de organización y por la incidencia en la vida de una ciudad tan grande, será traído y llevado según protocolo programado. Dado que las cosas son así, aceptémoslas los demás tal como llegan y… a callar. Bueno es que España esté por unos días en el candelero de los creyentes.

¿Y de lo otro? ¿De propagar la fe? ¿De la conversión de las masas desafectas? ¿De si cala o no en la sociedad el mensaje salvador de que hablará? ¿De que regrese a los sacramentos esa multitud que se dice católica pero no pisa las iglesias? Cosa peliaguda de calcular y valorar.

Este papa, es un suponer, sabe la situación en que se encuentra la Iglesia española y conoce el terreno que pisa. No creo que la megalomanía del entorno y las hipérboles de fe le hagan cambiar respecto a lo que piense. ¿Y la sociedad española? ¿Qué dice, qué piensa, cuál es su juicio sobre la Iglesia patria? Nos atrevemos a opinar por cuenta y riesgo privados.

Por supuesto que la Iglesia española conoce sus problemas, los conoce muchas veces a la fuerza porque éstos se imponen, “están ahí”. Conoce los síntomas y trata de ahondar en las causas para aplicar los remedios. Lo han dicho. ¿Pero han aplicado remedios eficientes? Creemos que no. Y decimos que no porque “han echado balones fuera” (la culpable es la sociedad) o se han “automedicado”.

Siguen manteniendo afirmaciones “de fe”, del Evangelio. La Iglesia es eterna y por no dar su brazo a torcer, tales remedios se centran en seguir haciendo lo que hacía, volviendo a las fuentes, dando “palos de ciego” a problemas que racionalmente considera reales, aunque para ella inexistentes, sin saber afrontar los que realmente lo son. Navega entre soluciones que parecen oportunas, aunque equivocadas –recuperar la pureza primitiva de la fe—y soluciones “espiritualistas” o huecas –el Espíritu Santo guía a la Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella--.

Aceptamos que esas puertas del infierno sea nuestra sociedad, una sociedad que camina pasito a pasito, para no ofender excesivamente a las creencias, hacia la superación de la superchería. ¡Ya es fuerte asimilar nuestra sociedad, para ella sociedad degrada y laicista, con el “infierno”! 

Hubo un intento pretendidamente serio de cambiar el sesgo de su deriva, el Concilio Vaticano II, pero aquella suave lluvia de modernidad se diluyó en el desierto de la inoperancia, del nuevo ritualismo vernáculo, del exceso teologal “liberacionista” y obrerista y de otras derivas burocráticas. Hasta que un papa y determinadas estructuras y jerarquías pusieron las cosas en su sitio.

No. Esas “puertas del infierno” son más inocuas de que ellos pretenden. Nuestra sociedad no rechaza frontalmente a la Iglesia. Más que rechazo lo que la sociedad presenta es una "preterición", un olvido, un desdén o un dar de lado a lo que la Iglesia sustenta y practica, credos obsoletos y ritos que no dicen nada. Si no fuera por la omnímoda presencia en forma de monumentos pétreos o de exabruptos mediáticos, la mayor parte de la sociedad no sabría que la Iglesia está ahí, como la inmensa mayoría de la gente no conoce, pongamos por caso, la "Hermandad del Pan y el Huevo" madrileña.

Ese “dar de lado” que asimilan a rechazo, se manifiesta en una triple vertiente: primero, la doctrina, tanto la referida a "catecismo" como a "moralidad"; cada vez son más frecuentes las voces discordantes o enfrentadas a lo que dicen bocas en otros tiempos prestigiadas, algo impensable en tiempos de los reyes píos; impensable, incluso por cortesía, que nadie criticara a todo un papa por unas simples palabras sobre temas de procreación o sexualidad.

En segundo lugar desdén por sus directrices morales: la sociedad civil busca la autonomía aunque todavía esté dando palos de ciego en el erial de la permisividad; no admite directrices y menos de aquellos que interesadamente vendían castigos e indulgencias por presuntos pecados; ya la Iglesia ha desistido de predicar cruzadas del rosario y cursillos de cristiandad y se dedica a pregonar moralina a medio camino entre la política, la economía, la psicología y la sociología, recibida con sonrisas inmisericordes; pero cuando sus directrices se desvían un ápice de lo humano, suscitan la inmediata repulsa de prensa y opinión pública.

En tercer lugar, un leve, levísimo rechazo respecto a su presencia en la sociedad. Una pareja de profetas de Hare Krishna circulando por la Gran Vía, al punto provocaría torcimientos de cuello como si de bichos raros se tratara. No es que sea igual, pero ¿por qué curas y frailes que antes pululaban por las calles de las ciudades no quieren ser vistos como tales en sociedad y ocultan su distintivo talar? Algo indicará.

Nunca como hoy la Iglesia ha sido tan contestada. Hay razones para explicar tal rechazo --la mayor libertad de que goza nuestra sociedad, el no conceder a la Iglesia potestad para juzgar nuestro mundo--, pero la principal estriba en que las enseñanzas, análisis y remedios de la Iglesia no tienen consistencia, no “aterrizan”, no concuerdan con los problemas reales, no sirven de nada, no tienen virtualidad alguna, amén de que una sociedad sin fuerza jurídica o ejecutiva se convierte en una Casandra cualquiera. Y eso es hoy la Iglesia.

Por señalar algo que suele ser indicativo de religiosidad popular, hemos de hacer alusión a los ritos y sacramentos, misa, bautismo, funerales, I Comunión, etc. Sobre todo, cuando por precepto social se ha de asistir a los mismos, todo se percibe vacío de contenido. Han supuesto una dejación de espiritualidad que ha convertido en cáscara sin esqueleto y sin carne la vivencia de la fe, amén de que muchos de esos ritos apenas si dicen nada a una sociedad urbanita y urbanizada.

Pocos se salvan de tal cáncer, aunque todavía los hay que hacen vivencia de su conciencia y viceversa. Lo malo es que, socialmente, cuando lo hacen, despueblan las cavernas claustrales de consagrados al Señor. Muchos han tenido que desistir de sus proyectos reformistas, dándose de cabeza contra el orden establecido, contra la fijeza de criterios, contra el conservadurismo burocratizado. Como hemos señalado, algo intentó el Concilio Vaticano II para dar vitalidad humana al ritual secular, pero todo se fue degradando hasta quedar disuelto en la maraña de actividades rituales que tan buena acogida seguían teniendo entre fieles cada vez más avejentadoz.

También te puede interesar

Lo último

stats