¿Se necesita creer en Dios? ¿Quién lo necesita?

A la primera pregunta, la respuesta primera que responde a hechos sería “sí”, pero si la razón se pusiera a revolver, la respuesta podría ser “no”. Y es lo que dirían tanto las personas que se rigen por su sentido común, que es sinónimo de “razón”, como aquellas que han sufrido en sus carnes o en su entorno un grave trauma ajeno a sus propias decisiones.

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Es decir, y con pocas palabras, la razón y el mal rechazan la necesidad del subterfugio “Dios” y la remisión a tal necesidad.

En esto de Dios y los humanos, lo que rige, parece ser, es el principio de incongruencia: porque la razón asiste a todos cuantos se declaran humanos y el mal parece sufrirse y, por lo tanto, interpretarse como algo inherente a la vida, independiente de Dios. Así, Dios está ahí. Es algo omnipresente, un “omni” que es consustancial a él, como ser que todo lo sabe, que está en todas partes y que todo lo resuelve. Todas las culturas y en todos los tiempos han recurrido a tal instancia supra natural que teóricamente escapa a toda comprensión.

La segunda pregunta se refiere a quién necesita creer en Dios. Por lo que las estadísticas muestran, millones y millones de personas. Se pueden aventurar muchas razones que llevan a admitir la presencia de Dios en la mente y, subsecuentemente, en la vida de tantísimas personas. Refirámonos a algunas de esas razones, como más aparentes, sin recurrir a otras más intrincadas o enraizadas en la psicología o antropología profunda:

- El consuelo que el recurso a Dios proporciona. Consuelo que se traduce en múltiples variantes. Es el recurso suplicatorio que queda cuando de salud, justicia, resarcimiento o consuelo de cualquier tipo se trata.

- No todo en el hombre es instinto o satisfacción física de sustento, refugio o seguridad vital. Como recurso a una supuesta espiritualidad que eleva al hombre por encima de las necesidades o exigencias de la vida diaria, pensar en Dios encumbra al ser humano a su verdadera y más prominente excelencia.

- Y si descendemos a niveles más pedestres o más cotidianos, pensar, servir, ocuparse, dedicar momentos a Dios puede rellenar vacíos que el tiempo procura. Es un saber qué hacer elevado. Una actividad que obliga a algo como después de comer el mismo individuo tiene su diaria partida de mus.

- Dios es también la argamasa del imperativo social inscrito en la naturaleza humana. No podemos vivir fuera de la sociedad. Tal imperativo incita a acudir a los demás: Dios es un motivo recurrente para dar satisfacción a este impulso gregario.

- Los hechos: primero, cerca de las ¾ partes de la humanidad creen en Dios. En segundo lugar, el producto de las religiones está ahí, templos, pirámides, monumentos, monasterios… Por último, la enorme burocracia que gestiona el mundo de las religiones es algo así como un estado paralelo en todos los países del mundo.


Y de la categoría a la práctica, es decir, al mundo de los hechos: las religiones están ahí, tienen sus burocracias; son organizaciones bien engrasadas; su presencia en templos y palacios es insultantemente admirable; copan el mayor y más importante cupo de cultura preservada y a preservar…

Merced a ello, la respuesta del simple podría ser de esta guisa: “¿Cómo no va a existir Dios si le han construido esta soberbia catedral?”. Y no deja de asistirle razón a su razón, porque su cacumen camina a ras de lo que ve, de lo que le sobrepasa por admirable.

Y sin embargo podemos seguir diciendo que Dios no es necesario para vivir y entender la vida y para que los destinos de la persona los pueda regir la misma persona. Una idea que los círculos intelectuales esgrimen como deducción racional es que el recurso a Dios es un puro subterfugio, una huida subliminal o subconsciente que muestra su poder precisamente porque se admite sin el recurso a la racionalidad y a la disección de la razón o del sentido común.

Ahora bien, todo lo que se ha creado en torno a la idea de Dios no puede quedar arrumbado ni se puede hacer tabla rasa para caer en la nada de repuestos que no existen. Porque Dios explica gran parte de nuestra historia, la cultura, las realizaciones humanas con repuestos que ha mostrado su verdadera faz tanto en el pasado como en la actualidad.

Triste sino el de nuestro tiempo, cuando determinadas culturas han conseguido diseccionar lo que encierra el concepto y la praxis de Dios: sin Dios una inmensa mayoría camina por la cresta de la nada o por sendas desconocidas; con Dios el camino es de alienación vacua en algunas culturas o alienación homicida en otras. ¿Qué hacer?

1 julio 2019

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